Hacia una nueva libertad

La realidad es que vivimos en una España injusta y anacrónica, sometida continuamente al ataque de los corruptos, de los mentecatos y de…

La realidad es que vivimos en una España injusta y anacrónica, sometida continuamente al ataque de los corruptos, de los mentecatos y de los nuevos ricos legalmente constituidos y amparados por el poder.

En un terreno muy importante como es la educación, por ejemplo, tenemos una enseñanza poco operativa dirigida por unos cuantos desaprensivos que desde su ignorancia hacen una proclama para seguir defendiendo el analfabetismo y la incompetencia. Los sindicalistas estudiantiles de hoy junto con los poderes que lo dirigen están sumergiendo la labor educativa en el desaliento de la inoperancia. Cuando veo a los estudiantes manifestarse con estruendo y prepotencia, me pregunto: ¿a qué salen?, ¿por quién salen? y ¿para que salen?, y cuando estos mismos protestan, delante de tal o cual institución, de nuevo me pregunto: ¿a quién le protestan? Para mí las manifestaciones estudiantiles son una clara manifestación del analfabetismo español: nadie sabe por qué, ni para qué, pero ahí están, increpando y, sea o no necesario, destruyendo.

No se sí se han anclado bien los pilares de la democracia, pero lo que es cierto es que la libertad se tambalea, la honestidad también se tambalea y la credibilidad en este ambiente de descrédito está en grave peligro. Todo se hunde en el fango y cada día más la ética democrática se desdibuja ante el terrible y desacreditado mundo financiero, ante la desigualdad de los españoles, ante la indignidad a la que está sometida la persona. Y cada día más resalta como oro puro la riqueza de los ricos, que a su vez son cada vez más y más ricos.

Y aquí nadie genera trabajo, ni nadie genera mano de obra, ni nadie genera mejoras sustanciales. El turismo deja algo de ingresos pero se va pronto; y el agua deja una tierra espléndida, pero de nuevo el calor llega y todo se seca. Nuestros corazones llenos de desaliento y nadie hace nada; la crisis sigue y una generación de jóvenes se pierde y la siguiente espera con miedo; los ricos amplían sus graneros y los harapientos famélicos se desesperan; en las grandes urbes muchos establecimientos cierran y cierran y la gente se lamenta; aquel sin dinero pero intentando pagar su hipoteca; el niño llora viendo el dolor en las caras de sus padres, y los abuelos desfallecen ante el peso de la tristeza.

Uno desesperado no puede más y sale a la calle y, ante la mirada atónita de la gente, asciende por el mástil, es la plaza del pueblo, asciende para colocar el crespón negro en la bandera de España. ¡Porque España está triste! ¡Está triste de ver como sus hijos caen y caen: deprimidos, desalentados, tristes y agónicos! Caen fulminados por la descarnada y pobre realidad, y mientras caen gritan: “España se muere” y los líderes sin enterarse siguen galopando buscando una nueva dote para su ostentosa opulencia, y se oye de nuevo: “España se muere”, la libertad se acaba y la esclavitud comienza. Y ante esto no cabe más salida que un digno, aunque duro, y forzoso destierro. La tierra prometida ya no está aquí, la democracia ha acabado con ella, y tenemos que salir buscando un nuevo maná, un nuevo maná que nos espera lejos, quizás muy lejos de nuestras queridas fronteras. Fronteras que se quedarán en nuestra mente como recuerdo inolvidable de un ayer que pasó.

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