Han vuelto los sofistas

Heráclito el Oscuro aseguraba que, bajo la aparente contienda que contemplamos en la realidad, reina una armonía que todo lo iguala. Que…

Heráclito el Oscuro aseguraba que, bajo la aparente contienda que contemplamos en la realidad, reina una armonía que todo lo iguala. Que los extremos se tocan, vaya. Y decía también que todo acaba volviendo, que lo que ha sido volverá a ser, que nada dura para siempre pero nada pasa tampoco para siempre: es el filósofo que descubrió el día de la marmota. Hoy, cuando los sabios se nos han muerto y no podemos ya subirnos a otros hombros que los de sus cenizas, cobra Heráclito una actualidad insospechada: nos despertamos con la noticia de que los bufetes importantes, y los bufetes menos importantes, y pronto serán todos los bufetes, imparten a sus abogados cursos de oratoria para que puedan salir airosos del trance de convencer a un jurado que es, por definición, lego redondo en materia jurídica. Dicen oratoria, pero es claro que el sentido que le dan es el de retórica: cómo hablar para persuadir. Si en algún momento podemos asistir al eterno retorno, es ahora, cuando nos encontramos en el periódico con la prehistoria del Derecho tal como lo veníamos entendiendo hasta ahora.

Veinticinco siglos hace que los atenienses dieron con la democracia. Accedió entonces el ciudadano corriente a la Asamblea, donde se trataban los asuntos públicos, y donde el éxito requería la capacidad de convencer. Pero la educación tradicional de los jóvenes helenos consistía en leer, escribir, sumar, restar, multiplicar, tocar la cítara o la flauta y hacer deporte; nada más. No se estudiaba el arte de persuadir, que era lo que necesitaban para alcanzar sus fines políticos. ¿Quién podría enseñarles?

Los sofistas, claro. Los sofistas, que eran metecos y no podían ejercer en la Asamblea los derechos de los ciudadanos, se ofrecían a enseñar, a cambio de dinero, la “virtud política”, el arte de convencer de una cosa -o de su contraria, llegado el caso- la habilidad para arrastrar al que escuchaba a favorecer la propia causa. Esto, que hacía temblar a Aristóteles, para quien la línea que separa la democracia de la demagogia es mucho menos que tenue, resultaba extremadamente útil en un tiempo en que no existían los abogados ni los jueces, y era el propio acusado el que tenía que sacar adelante su inocencia convenciendo a un grupo de ciudadanos que tenía la misma formación jurídica que él: ninguna.

Tuvimos que esperar hasta la llegada del pueblo romano, violento como muchos pero pragmático como pocos. Roma se empeñó en someter la violencia a reglas y desarrolló su más precioso legado: el Derecho Romano. Tan precioso que seguimos estudiándolo hoy, dos siglos después de que Napoleón le diese la vuelta, y que afirmaba, con palabras de Ulpiano, que “Justicia es dar a cada uno lo suyo”. Esta afirmación, que puede parecer insignificante, no lo es en absoluto: nos dice que la Justicia no consiste en arrastrar a los ignorantes, que cada uno tiene, antes de que nadie se lo dé, algo que es "suyo", y que nosotros nos hacemos justos al reconocerlo e injustos al negarlo.

Eso, ya digo, era antes. Porque hace ya tiempo que nosotros desvinculamos la justicia de la realidad, de modo que esto de ahora es sólo el colofón: la noticia de clases particulares de retórica para abogados nos confirma lo acertado de la intuición de Heráclito: existe una armonía que subyace a la aparente contradicción entra la justicia griega y la romana, una armonía que deja un regusto de venganza de la primera. Pero significa algo más: el desmantelamiento del Derecho Romano, que es uno de los tres pilares de la civilización a cuyo dormitar asistimos. Los otros son la religión cristiana y la filosofía griega: no es posible exagerar la pérdida de convicciones religiosas ni el desprestigio actual de la razón. Seguimos viviendo de las tres como por inercia, aprovechándonos de la herencia que nos han dejado nuestros mayores. Pero ya no conocemos los resortes, los principios intelectuales, morales y religiosos en los que se fundan. Y por eso, cuando se produce un fallo, una insuficiencia en el sistema social que ha nacido de ellos, no somos capaces de repararlo y vamos perdiendo progresivamente las raíces, las vigencias, la coherencia interna.

Lo grave del asunto es que la alternativa que Heráclito nos propone es el eterno retorno, el tiempo que gira en círculos incesantes. Volver a empezar, iniciar otra vuelta a la noria. No es una vuelta lo que aburre: lo que aburre es el día de la marmota, porque significa la imposibilidad de mejorar, el fin mismo de la historia que se derrumba sola, después de tanta vuelta, como se derrumbaron las murallas de Jericó mareadas por el ejército de Josué.

Me quedo con Ulpiano.

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