‘Hasta que el cura nos separe‘: cursos matrimoniales como Dios manda

El título en inglés es "License to Wed", algo así como "licencia para casar". Seguro que usted, querido lector, conoce sacerdotes …

El título en inglés es "License to Wed", algo así como "licencia para casar". Seguro que usted, querido lector, conoce sacerdotes que casan parejas sin la necesaria formación. Es más, muchos conocemos parejas que se casan sin formación alguna. Para conducir un coche hay que pasar difíciles exámenes, pero para fundar una familia en tiempos de desvinculación y "matrimonio-basura" la sociedad no exige nada, a pesar de que vale la pena invertir socialmente en matrimonio. El matrimonio -a poco que se hagan cuentas- es la fórmula que más beneficia a la sociedad, y la web FamilyFacts incluso da un listado de "10 ventajas del matrimonio y la familia natural sobre cualquier otra opción" .
 
Los cineastas empiezan a ver que hoy -incluso a nivel narrativo, o como parábola, fábula- sólo hay una figura de verdad preocupada por el bien del matrimonio y la pareja: el cura. Así lo veía el director italiano Alessandro d’Aletri en Casomai hace pocos años (con su inolvidable cura reventador de falsas bodas) y así parece verlo aquí el director Ken Kwapis.

Todo empieza cuando Ben (John Krasinski) y Mandy (Sadie Jones) se conocen, se enamoran y dan el "siguiente paso, ir a vivir juntos". ¿Es que la película fomenta la cohabitación? No. Cuando llega el momento de pensar en boda y acuden al popular reverendo Frank (Robin Williams), éste les dice bien claro que las parejas que han convivido antes de casarse tienen mucho más riesgo de divorcio (es cierto, ver los datos en  http://www.forumlibertas.com/frontend/forumlibertas/noticia.php?id_noticia=4230  ) .

Más aún: el reverendo les exige abstenerse de relaciones sexuales unas semanas, hasta la boda. Es una petición muy común en EEUU, donde se habla mucho de la "segunda virginidad", una oportunidad de vivir castidad prematrimonial para quienes han decidido dar un paso de compromiso como es el matrimonio aunque antes llevasen una vida sexual activa. Mandy está dispuesta, mientras que Ben intentará saltarse la norma, sin saber que el reverendo y su monaguillo han puesto micrófonos en el piso y les espían.

Cuando aparezca el reverendo en el piso, les sienta y les ponga a hablar de sexo, Mandy se enfurecerá con Ben: después de haberse acostado tantas veces "¡la primera persona que me pregunta qué es lo que me gusta en la cama es mi cura!" Y esto es hurgar en una herida real: efectivamente, sucede en muchas parejas que han practicado mucho sexo sin haber hablado de sexo… o que tienen sexo pero no intimidad, no se conocen íntimamente. El sexo distrae de conocerse, y así se casan millones de desconocidos que nutren las estadísticas de divorciados.

Ben y Mandy conocen sus cuerpos desnudos… pero no se conocen ellos como personas, sino sólo sus fachadas. Bastarán un par de dinámicas de grupo para  que afloren los rencores y manías que ocultaban uno y otra, sin darles la importancia que sí tienen.

En realidad, estos novios no se conocían aunque compartiesen pìso y cama
El reverendo Frank maneja a sus parejas de novios como un maestro titiritero. No está del todo claro si es católico o episcopaliano high-church: siempre de clergyman, su iglesia cuenta con un coro gospel y no muestra estatuas de santos, pero en el despacho tiene una foto en la que aparece junto a Benedicto XVI y en su casa tiene iconos. Se maneja bien con los niños, con el beisbol, la batería… un super-hombre. Ben buscará trapos sucios en su pasado con poco éxito. Toda la terapia de Frank lleva a un punto: en realidad no os conocéis y por lo tanto no podeis aceptaros.

La película es divertida y hace pensar. Triunfan unos feísimos bebés-robot que el reverendo Frank entregará a los novios para quie aprendan "lo que viene después": también es divertida la visita a la sala de partos de un hospital, con sus gritos y padres histéricos que gritan "pónganme la epidural".

Los terribles bebés-robot, para ir entrenándose

Aunque alguna prensa cristiana en EEUU ha escrito reseñas gruñonas, molesta con el tono a veces irreverente, para el espectador español es una (rarísima) ocasión de ver (por fin) un cura como personaje positivo, inteligente, eficaz y sensible. Y una crítica a como se lleva la preparación para el matrimonio en las parroquias españolas. En España, en el 2006 hubo 155.475 rupturas, lo que supone un incremento del 4,25% respecto al 2005 (¡y del 52% con respecto al año 2000!).
 
Muchas parejas de personas alejadas de la práctica acuden a la Iglesia para casarse. Están dispuestas a hacer cola de 6 y 10 meses por un restaurante o ermita, y también estarán dispuestas a cursos matrimoniales largos, serios y exigentes, incluso evangelizadores, si la parroquia se pone firme y dice "aquí lo hacemos así". La Iglesia tiene una gran responsabilidad en este sentido. También el resto de la sociedad, pero dado el actual nivel de individualismo pedir peras al olmo cansa. Necesitamos más reverendos Frank.  
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