Heinrich Böll: literatura del escombro

Criticaba la frontera turbia donde, como las aguas de ríos portentosos, se juntan religión, política y sociedad

Heinrich Böll publicó su obra entre 1949 y 1983. En 1972 recibió el premio Nobel, “por una obra que, combinando una visión a ojo de pájaro de su época con una fina mano para la creación de personajes, contribuyó a renovar la literatura alemana”. Böll era un católico de Colonia. Criticaba la frontera turbia donde, como las aguas de ríos portentosos, se juntan religión, política y sociedad. A disgusto con las instituciones eclesiásticas, en 1976 anunció públicamente que dejaba la Iglesia, haciendo hincapié en que no abandonaba sus creencias.

Como parece ser la suerte de los premios Nobel, Böll tuvo breves años de fama que no le valió para transfigurarse en clásico. La fama lo escupió de su boca como a chicle cuando perdió el sabor. Su obra se divide en dos etapas: la primera, con novelas como Casa sin amo (1954) y Billar a las nueve y media (1959), desarrolla los sentimientos de desolación, horror y desesperanza de una patria destrozada por la guerra. En la segunda etapa, de Opiniones de un payaso (1963) o El honor perdido de Katharina Blum (1974), un Böll maduro narra la vida en un mundo narcotizado con convencionalismos. Parece que no hay nada inmortal en estas novelas, escritas cuando, con las Olimpiadas de Munich y el Mundial de 1974, medio mundo celebraba la resurrección de la exitosa República Federal Alemana, gobernada por Konrad Adenauer y la Unión Demócrata Cristiana.

Böll era católico. En otras palabras, tenía sensibilidad para el pecado. Su Alemania, que observa al microscopio con humor ácido, está llena de hipocresías y fariseos. Böll no escribe de la asquerosidad supurante de la gangrena del hombre. Su tema es las pelusas morales en el ombligo, las manchas de sudor en las axilas espirituales, las lagañas en los ojos del alma. Examina con poder de introspección la farsa de una patria exteriormente religiosa, cuajada como el sebo de la uña del dedo gordo del pie, entre protestantes y católicos.

Opiniones de un payaso levantó polémica por su visión negativa de los demócrata-cristianos y las élites intelectuales y políticas que hacían ostentación de su cristianismo, romano o luterano. Böll era un católico que escribía mientras en Roma los obispos estaban reunidos en el Concilio Vaticano II. Eran tiempos de gran esperanza pero también de gran desesperación, de depresión profunda y hondo entusiasmo. En la obra de Böll se puede percibir ese olor tan peculiar del espíritu católico: pesimismo y optimismo que conviven sin neutralizarse.

En estos tiempos de memoria de muy corto plazo, Böll y su Nobel pasaron, como pasaron las Olimpiadas de Munich y el Mundial de 1974, e incluso la efervescencia pública y notoria del Concilio. Sin embargo, perder el recuerdo sobre un hecho no implica que el hecho haya sido insignificante. Como en la historia de esa Europa que resurgió de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial, como en los documentos de esa Iglesia que nació de nuevo para poder estar en el mundo moderno, tal vez todavía haya algo de sustancia en la obra de Heinrich Böll, que narra la agonía de personajes que buscan, entre nimiedades y minucias, sostenerse contra una transición que no cesa.

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