Hemos de encontrar una solución

A la vista de lo ocurrido el sábado 18 en Madrid, hemos de intentar encontrar una solución, un punto de encuentro. No puede escindirse la sociedad en …

A la vista de lo ocurrido el sábado 18 en Madrid, hemos de intentar encontrar una solución, un punto de encuentro. No puede escindirse la sociedad en dos. Unos que lo que dicen,  por mucho que lo digan no son escuchados, tal vez porque  no saben explicarse bien,  y los otros que no escuchan, o no saben o no quieren interpretar lo que se les dice.
Las noticias quedan seccionadas a criterio del autor. Se magnifica lo que se quiere imponer y se ocultan aquellos aspectos que –existiendo en realidad- no apoyan la tesis del que escribe o relata. Ante un hecho objetivamente concreto, se manipula su contenido, se interpreta torticeramente y se expone de forma sesgada y subjetiva, arrancando gran parte de su significado.
Estamos dividiendo la opinión sin que nadie quiera escuchar al otro, marcando una bipolaridad que podría evitarse.
Vayamos a lo concreto, y situémonos en los hechos relacionados con la manifestación del 18.
Los organizadores, el Foro de la Familia y otras asociaciones familiaristas, impotentes ante el rechazo de sus planteamientos por el gobierno socialista –hay que dejar constancia que el Presidente del Gobierno no quiso recibirles- del caso omiso que se hace del más de medio millón de firmas recogidas para proponer una Iniciativa Legislativa Popular (ILP) de cambio del código civil, deciden salir a la calle para que se les oiga.
 
Afirman, al igual que el ex primer ministro socialista Lionel Jospin, que la humanidad no se divide entre homosexuales y heterosexuales, sino entre hombres y mujeres. Que no se trata de quitar derechos a nadie, ni ir contra el colectivo homosexual, sino de no permitir que se vacíe de contenido la institución del matrimonio, que desde siempre, ha sido concebida como la unión de un hombre y una mujer.
Por el contrario, desde las plataformas homosexuales, con el total apoyo del actual gobierno, insisten en interpretar la manifestación del día 18 como un intento de evitar que otros tengan un derecho que no perjudica a nadie, es decir el derecho de llamarse matrimonio a las uniones de dos personas del mismo sexo.
El hecho, la noticia, objetivamente ahí está: centenares de miles de personas salen a la calle para exponer unas ideas o proclamar unos principios, que no van contra el colectivo homosexual, sino a favor de la familia. Para ello, en lugar de destacar de la manifestación el arrasador apoyo popular –con lo que cuesta moverse hoy en día- o comentar y dar a conocer los manifiestos finales, para que el público que no pudo asistir supiera de que iba toda esa muchedumbre y que era lo que pedían en realidad, enfocan la manifestación con fotos de banderas españolas y obispos septuagenarios como principales protagonistas, amén de destacados políticos del principal partido de la oposición que acudían de paisano, y con titulares como “manifestación contra las bodas gay”(sic).  Es esa la realidad, o es lo que algunos quieren que se crea?
Insisto, unos hablan, en este caso en la calle y o no saben explicarlo o los informadores no quieren enterarse, y los otros, o no saben escuchar ni entender lo que se dice, o no quieren entenderlo.
Hemos de encontrar una solución, un camino exento de manipulación, que los que quieran decir algo lo expresen, y puedan llegar a entenderse.
El código civil, no prohíbe el matrimonio de los homosexuales, sino el matrimonio entre personas del mismo sexo, al igual que lo prohíbe a los que no han llegado a una determinada edad o a los que tienen un determinado grado de consanguinidad. ¿Porqué existen estas limitaciones? ¿Son acaso una discriminación? Estas limitaciones existen porque la característica del matrimonio es su orientación a la descendencia. Si la razón del matrimonio fuera otra, o si fuera únicamente una cuestión afectiva o sexual, sobrarían todas o algunas de ellas.
Dicen desde los atriles del gobierno que esta ley que permite el matrimonio a personas del mismo sexo no perjudica a nadie. Puede que no, pero tengo varias razones para opinar lo contrario.
Es de sobras aceptado unánimemente que la familia es el motor y la célula viva de la sociedad. ¿Por qué? Porque de la relación entre un hombre y una mujer (que no de dos del mismo sexo), nacen los hijos, que serán el día de mañana los que rijan los destinos de los pueblos, den solidez a las políticas agrarias y empresariales. Para qué seguir insistiendo, si no existe la procreación, nos acabamos. Y los Estados lo saben, y protegen a esa célula y les dan derechos –pues tienen un montón de obligaciones: alimentar, educar, sostener…- y a esa célula, compuesta por un hombre y una mujer con capacidad de procrear, se le llama universalmente  FAMILIA, y a la unión de los progenitores MATRIMONIO.
La unión homosexual considerada como matrimonio, desvirtúa y degrada el sentido de ésta institución, la hace más indeterminada en sus finalidades y se tiende a confundir con una mera relación sexual. Con éste nuevo enfoque, la finalidad ya no son los hijos (pues no pueden procrear) ni el afecto (hay otras uniones de convivencia que también se quieren pero no pueden casarse). El único común denominador diferenciado es la fuerza del atractivo sexual. Y esto significa el fin del matrimonio como institución socialmente valiosa, convirtiéndose el deseo sexual, por primera vez en la historia, en una institución. Así que, esta ley si creo que perjudica a alguien, a la propia sociedad.
Pero a lo que voy. ¿No podríamos llegar a un “entente cordiale”? ¿Por qué existe un ánimo morboso de enfrentar a la sociedad en dos bloques? ¿Por qué unos no escuchan y otros no consiguen que se les oiga?
 
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