‘Hijo de todos los pueblos’, por Pramoedya Ananta Toer

Ananta Toer (Java, Indonesia 1925), es candidato permanente al premio Nobel y si aún no lo ha conseguido se debe a que los equilibrios de fuerzas polí…

Ananta Toer (Java, Indonesia 1925), es candidato permanente al premio Nobel y si aún no lo ha conseguido se debe a que los equilibrios de fuerzas políticas y los estrategas que utilizan la cultura al servicio de intereses bastardos, no lo consideran oportuno.
 
El premio Nobel de Literatura, con alguna notable excepción, como en el caso del húngaro Kerstéz, tiene mucho de premio y poco de literario. Pero Pramoedya Ananta Toer reúne cualidades suficientes para hacerse con el preciado galardón, a lo que se une su origen sudasiático, que cumple con las tasas de colorido y cosmopolitismo que gusta a este tipo de eventos.
Hijo de todos los pueblos es la historia de Minke, y el retrato de Java a través de los ojos de Minke. Tiene algo de novela catártica, que es la transformación del personaje, casado con la hija de una concubina nativa y colono holandés. Ese mestizo, orgulloso de su formación a la europea y que escribe excelentes artículos en holandés, se ve obligado a conocer de cerca la realidad de su país y a empezar a pensar en javanés y malayo.
 
Su mujer es reclamada por el tutor legal y repatriada a Holanda, donde muere. El matrimonio es negado por una ley que ignora a los indígenas y todo para que la herencia no cambie de manos y pueda seguir sujeta a la metrópoli.
 
Esa historia, que tiene algo de policíaca y mantiene el interés de la trama se combina con el viaje al interior de la isla y el descenso de Minke a la realidad de su pueblo. Así, con notable finura narrativa somos llevados a la explotación de la colonia por parte de las empresas azucareras, a descubrir a los campesinos a los que roban las tierras o el drama de las mujeres entregadas como concubinas.
 
El hedor de ese mundillo donde la política está al servicio de las multinacionales, con un descaro que hoy se ha superado, llega a nuestras narices y nos deja la auténtica fragancia de los imperios coloniales cuyo único motor fue económico.
 
El imperio británico, y los holandeses que también hicieron sus pinitos, sólo exportó capitalismo. Y ya se sabe que, lejos de la metrópolis, no era necesario ocultar la extorsión que podía herir la fina sensibilidad de las damas de clase alta.
Así, la reclamación de la maltrecha herencia de la mujer, es la imagen de la queja contra el expolio y el imperio frío del capital. Con ironía señala el autor que la reina es accionista de las empresas navieras porque también ella, para sobrevivir, debe entrar en el mundo del capital. El señor dinero lo mueve todo.
El lector disfrutará con estas páginas que no tienen el sabor de lo subversivo sino que rezuman auténtico deseo de justicia. Punto de equilibrio que pocas veces se alcanza pasándose de un exceso a otro. Porque el texto no es ideológico ni propone quimeras inalcanzables sino que describe la herida, con todos sus matices purulentos, incluyendo las mejoras sociales, del mundo colonial.
Sorprende, eso sí, el afán por recordar el ideal de la Revolución Francesa. La tan traída cantinela de la fraternidad y la igualdad hiere los oídos. Pero es el ideal de estado que subyace bajo estas páginas. Al final Europa también es la responsable de exportar sistemas políticos. Pero es que los últimos siglos de la historia no han sido una traición a la Revolución sino sus hijos legítimos. Y eso también sería bueno tenerlo en cuenta.
 
Salvo eso la novela es espléndida, con buen ritmo, precisión de lenguaje y con capacidad para captar la atención del lector y sumergirlo en una deliciosa lectura.

HIJO DE TODOS LOS PUEBLOS
Pramoedya Ananta Toer
Trad.: Gloria Méndez
Destino
Barcelona 2004
351 páginas.
 
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