Hogares luminosos y alegres

Cuando cada semana, aquí en Granada, junto a la Clínica la Salud, en la reunión que tengo con el Opus Dei, se llega a ese punto d…

Cuando cada semana, aquí en Granada, junto a la Clínica la Salud, en la reunión que tengo con el Opus Dei, se llega a ese punto del examen espiritual que dice: “procuro, cada día, hacer de mi hogar un hogar luminoso y alegre”, en ese momento una espina afilada que produce un intenso dolor atraviesa mi alma, y mi pensamiento se va a tantos hogares en los que se vive un desconcierto generalizado y terrorífico; muchos hogares que son: lodazales de inmundicia, guarida de ladrones, estercoleros repletos de vicios y de desencanto; y cada vez el virus de la corrupción se generaliza y el olor inunda la sociedad y el clamor del dolor es incesante y se sufre y mucho y los niños se intoxican en su: cuerpo, alma y espíritu y los padres aterrados por lo que sucede sienten el escalofrío de la sinrazón.

Papá echa la culpa a mamá y mamá a papá y las desavenencias del desajuste amoroso aumentan. Los jóvenes reviven con pavor, un día y otro, la triste experiencia vivida, y viendo lo que ven estos jóvenes acaban yendo a su aire. El amor se rompe y la tristeza inunda nuestras vidas. De las voces se pasa al empujón y del empujón al grito y del grito a la ofensa y al insulto y del insulto a la violencia y de la violencia a la amenaza y de la amenaza, tremenda e inhumana, a la ruptura, y la ruptura nos lleva a la denuncia y la denuncia como una bomba certera y rotunda acaba con el hogar. Así, el hogar, que era un nido de amor, se rompe en mil pedazos y la persona delicada sufre y llora, y el aparentemente valiente sigue vociferando, y los niños –en su debilidad- sienten frío en el alma, y los viejos miran al cielo esperanzados y ansiosos de la llegada del más allá. El cielo enrojece de rabia y la naturaleza declina su hermosura y aparecen ensangrentadas las estrellas. Ni tan siquiera Dios se explica lo sucedido; y Dios se lo pregunta a José, que es padre, para que le expliqué, pero él se encuentra sobresaltado. Y Dios, confuso, acude a María y María llora y llora ante lo tremendo de la desolación. Jesús, al fin, acude muy, muy pensativo y como no puede más ofrece su Gracia; es la Gracia de Dios que todo lo vence.

En el horizonte, un horizonte gris, se dibuja, aunque difuminada, la esperanza. El cielo abre sus puertas y la luz llega de nuevo a ese hogar, y a ese otro, y a aquel hogar lejano. Renace un nuevo amanecer y la Gracia sobreabunda, y se “fábrica” bellamente de nuevo la felicidad. El niño salta de alegría, y la niña juega, y el amor vuela de balcón a balcón. Y Dios -ese Dios cercano que nos ama- saluda a unos y otros. El hombre, aplacada ya la mezquindad de la insensatez, da un sorbo a la copa de vino, y la mujer agradecida reza y reza. Y las casas, todas las casas del mundo se pintan de colores, pues a todas ellas ha llegado la paz; Jesús en ellas se hizo presente.

Como profesor, como padre, como ciudadano, he podido comprobar en muchas ocasiones, con dolor, estas tremendas rupturas que hacen tambalear nuestras vidas. Como cristiano, como catequista, como hombre de fe, he podido comprobar muchas familias que se abren a la esperanza. Hay fórmulas para la desunión y fórmulas para la unión; hoy por desgracia abundan las desuniones, pues hay muchos empeñados en que así suceda, pero cada uno tenemos y podemos elegir. Nosotros, cuando se pueda y con todas nuestras fuerzas, apostemos por la unión, por la cercanía, por el cariño, por la ternura, por la paz, por la concordia y el diálogo tan necesarios para construir una sociedad en la que siempre y ante todo venza el amor.

A la semana siguiente, de nuevo aquí en Granada, junto a la Clínica la Salud, en aquella reunión, de nuevo Juan Mateo llega a ese punto: “procuro, cada día, hacer de mi hogar…” y en ese momento esa espina afilada de antaño se transforma en esperanza, pues soy consciente de que ese Dios que es ante todo Amor: Ama y puede. Y nosotros con Él también. Todos podemos pues nos lleva la fuerza del Amor.

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