Homosexualidad y vida virtuosa

Empecemos el tema con dos apuntes históricos de tiempos antiguos: un hombre virtuoso, el filósofo griego Sócrates, mártir …

Empecemos el tema con dos apuntes históricos de tiempos antiguos: un hombre virtuoso, el filósofo griego Sócrates, mártir voluntario de las virtudes cívicas que prefiere morir a traicionar sus deberes de ciudadano, cuya vida conocemos a través de los escritos de Platón, que nos narra cómo los discípulos de Sócrates comentan llenos de admiración que hallándose el filósofo en una ocasión de caer en la práctica homosexual, tan extendida en su sociedad, duerme como un niño y conserva su pureza y castidad. Dos aspectos a destacar: Sus discípulos se admiran de su virtud y, por otra parte, implícitamente, tildan de vicio la práctica homosexual, a pesar de ser tan habitual en la Grecia de su tiempo.

El segundo apunte viene relatado en el libro autobiográfico Las Confesiones de San Agustín, que nos cuenta que, estando él asediado por la pasión sensual por las mujeres, su amigo Alipio caía en el vicio contrario. También da cuenta de que Alipio se vio arrastrado a tomar parte activa, o sentida, en el cruel espectáculo de los gladiadores que en sus luchas a muerte en el circo constituían la inhumana diversión del pueblo romano. Pero, cuando Agustín abandona su pasión sensual y opta por una vida casta de entrega a Dios y a sus semejantes, también Alipio le secunda abrazando la continencia y castidad y alejándose del sádico placer de las luchas de gladiadores, iniciando una vida recta de retiro, oración y amor a Dios y a sus hermanos.

Y dos consideraciones: filósofos con la sola guía de criterios naturales consideran virtuosa la castidad. Y la castidad es plenamente venerada por el cristianismo. En cambio, muchos que hoy en día se consideran filósofos o científicos vituperan esa virtud y la llaman ‘represión’. A otro tanto equivaldría llamar al espíritu de paz represión de los instintos de venganza. Y al igual que el hacedor de paz, el sembrador de concordia en su entorno, experimenta alegría interior al ver la armonía entre sus compañeros y familiares, así el casto goza de la alegría íntima del amor limpio que se eleva sobre consideraciones mezquinas.

La castidad completa que la fe cristiana pide tanto a heterosexuales no casados como a quienes tienen tendencias homosexuales, produce en ambos una alegría y paz que el que se deja llevar por el estruendo del mundo no experimentará.

Así pues, encaminar a los homosexuales por la vía de la continencia y el dominio de sí, al igual que a los heterosexuales no casados, es llevarles hacia la alegría íntima en esta y la otra vida, alegría que da el amor limpio y desinteresado.

Por otra parte, como nos muestra el caso de Alipio, quien experimenta pulsiones de tipo homosexual o incluso se ha deslizado a esa práctica puede llegar a ser virtuoso y también santo.

Y, en cambio, torpedear o negar a la persona que libremente considere viciosa y antinatural la citada práctica, el esfuerzo que desea emprender por dominar su tendencia que él cree desordenada, es negarle la felicidad legítima y posible a que libremente aspira, e imponerle, eso sí, en nombre de no se sabe qué libertad, las cadenas del pensamiento tiránico dominante.

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