Horas en una biblioteca‘, de Virginia Woolf

Como sucede con otros grandes escritores, Virginia Woolf , fue además una gran lectora y exquisita crítica literaria. Miguel Martínez-Lage, a quien de…

Como sucede con otros grandes escritores, Virginia Woolf , fue además una gran lectora y exquisita crítica literaria. Miguel Martínez-Lage, a quien debemos algunos estudios sobre esta autora y que es un prolífico traductor, ha seleccionado una serie de textos, publicados en revistas, que dan cuenta de las inquietudes y criterios de Virginia Woolf.

 
El primer texto, que da título al libro, expone el recorrido del lector apasionado (no el erudito), que se embebe de los clásicos para desembocar en la literatura contemporánea, más cercana a la vida y desde la que se puede volver de nuevo a las obras inmortales, que están ahí como escuela para siempre aunque algo lejana.
 
A partir de ese ensayo sobre la lectura podemos testar la hipótesis de la autora en los escritos recopilados en el volumen. Son distantes en el tiempo y no todos tienen la factura acabada de los, por ejemplo, dedicados a Dostoievski, al que considera el más genial novelista. La novela, dice Virginia Woolf, no se escribe en Inglaterra como en Francia o Rusia. Sólo un Tolstoi pudo escribir siete veces Guerra y paz o Flaubert pasarse una semana pensando como describir una lechuga.
Para Woolf hay en las novelas algo que va más allá del lenguaje cuidadosamente escrito; esas páginas que pondríamos en una antología de la lengua. Comentando la de Pearsall Smith, Tesoro de la prosa en lengua inglesa, cae en la cuenta de que su gusto es infinitamente mejor que el de Smith. Porque la novela tiene una belleza que no puede encapsularse sino que se da asilvestrada. No hay que buscarla en las frases sino en los capítulos.
 
“Ahora bien, preciso es admitir que los novelistas condenan a su lengua inglesa a las tareas más menestrales. Es la lengua que ha de realizar todas las tareas domésticas: ha de hacer las camas, quitar el polvo a la porcelana, calentar el agua, barrer el suelo. A cambio goza del privilegio incomparable de vivir con los seres humanos.” Es ahí, en cuanto conocedora del corazón de los hombres, cuando la literatura se muestra como una verdadera reina.
 
De ahí que Virginia Woolf critique al joven Turguéniev que, “si pudiera contener su facultad de observación del detalle, tal vez con el tiempo tuvierea algo que ofrecernos”, y pondere en cambio a Dostoievski, para quien “un niño o un mendigo se halla tan lleno a rebosar de emociones violentas y sutiles como los poetas, o como una mujer sofisticada y mundana”. El novelista ruso desciende siempre a lo profundo del alma humana y nos sorprendemos, al leerlo, de que esas emociones que no están en lo externo ya las hemos vivido en nosotros.
En esos juicios adelanta la autora lo que será su concepción de la novela. De alguna forma todos los textos de este volumen, tomando como excusa a Conrad, a Coleridge, Melville, Kipling o Thoreau, sirven para ir delineando el pensamiento de la autora sobre el valor de la prosa y el sentido de la novela. Nos descubren una Virginia Woolf ensayista que no baja peldaños respecto a su categoría como novelista.
 
La inteligencia de sus escritos, sorprendente aún hoy, tiene también la capacidad de enseñarnos a leer. Tarea esta para la que no basta saber hilar sílabas y palabras sino que exige de la presencia de un maestro que desbroce el camino y nos enseñe a ver. Y en sus anotaciones late la afirmación de que la novela ha de ser algo sobre todo humano, lejos del lenguaje embotellado y que, las palabras, en definitiva, sirven para dejar hablar al hombre. Cumplido esto mejor si son bonitas. Pero la contraria no funciona.
 
HORAS EN UNA BIBLIOTECA
Virginia Woolf
Edición de Miguel Martínez-Lage
El Aleph
285 páginas
19,50 euros
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