Horizontes más allá del laboratorio

La ciencia experimental ha alcanzado un cúmulo enorme de saberes. Desde los mismos, el ser humano ha construido radios y computadoras, coches y…

La ciencia experimental ha alcanzado un cúmulo enorme de saberes. Desde los mismos, el ser humano ha construido radios y computadoras, coches y aviones, abonos y medicinas, rascacielos y depuradoras de agua, quirófanos y juguetes de plástico.

Muchos saberes científicos se colocan en un ámbito, por ahora, puramente teórico. Conocer, por ejemplo, la edad o las dimensiones de una estrella no tiene consecuencias prácticas, al menos inmediatas. Otros saberes permiten aplicaciones que pueden mejorar la vida humana, o que también pueden ponerla en peligro: basta con dar una mirada a los “progresos” de la tecnología militar.

Más allá de esos saberes científicos, existen temáticas que escapan a la mirada del microscopio o a los análisis químicos. Hablar de verdad, de justicia, de belleza, de espiritualidad, de religión, de ética, es posible solo si reconocemos una capacidad racional que permite ir más allá de lo que es alcanzable con mediciones empíricas.

Por eso no podemos vivir encerrados en lo experimental, ni despreciar las reflexiones de la filosofía porque esta se mueva en un horizonte que da preferencia a los razonamientos puramente intelectuales. Al contrario, la misma investigación científica necesita la ayuda de pensadores que ayuden a comprender qué es justo y cómo orientar los nuevos descubrimientos hacia el verdadero bien de la humanidad.

Además, en el corazón de cada ser humano se esconde un deseo profundo de vida espiritual. Necesita cariño y acogida, está abierto al servicio generoso a los más necesitados, dirige su mirada al misterio de la muerte y a lo que ocurra más allá de la tumba.

Muchos de nosotros podemos continuar en la vida gracias a los progresos tecnológicos de los últimos siglos. Pero más allá de esos progresos, muchos de nosotros tenemos que reconocer que nuestra existencia surge desde amores (el de nuestros padres y el de tantos amigos y educadores) que no pueden ser explicados por la simple frialdad de datos que sirven para describir fenómenos físicos, pero no experiencias espirituales.

Necesitamos, por lo tanto, reconocer la importancia y la necesidad de horizontes que van más allá y más lejos de lo que se realiza, día a día, en los laboratorios. En esos horizontes también se asoma, respetuoso y discreto, un Dios que funda todo lo que existe y que da un valor maravilloso a cada ser humano, al dotarlo de un alma espiritual llamada al amor en el tiempo y en lo eterno.

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