Identidades débiles: hay un interés

El sociólogo norteamericano Marshall Berman sostiene que una de las consecuencias del crecimiento de la burguesía, altamente emparentado con el progre…

El sociólogo norteamericano Marshall Berman sostiene que una de las consecuencias del crecimiento de la burguesía, altamente emparentado con el progreso científico y técnico que hiciera expandir la producción y con ella el capital, ha sido la disolución de las identidades.

La rueda producción-consumo-capital, exige la dialéctica de la construcción-destrucción-construcción, sin la cual se detendría. No es económicamente rentable producir bienes duraderos y si duran hay que convertirlos en desechos poniendo en órbita un nuevo producto, más atractivo.

Nuestra organización económica no sólo evoluciona y transforma profanando las coordenadas objetivas con que se relacionaba el hombre sino al mismo sujeto que las diseña.

Nuestra organización productiva necesita de hombres con identidades débiles, fácilmente adaptables a los cambios vertiginosos de las reglas del juego económicos. Sostiene el sociólogo polaco, Zygmunt Bauman, que este radio de movilidad creciente es una novedad histórica.

La movilidad exige capacidad de adaptación. La capacidad de adaptación, maleabilidad. Una persona con una identidad muy sólida no se adapta a todos los entornos, ni a todas las situaciones. Una persona arraigada a su terruño natal no está dispuesta a marcharse de él para siempre. Una persona con unos criterios morales sólidos no acepta cualquier estrategia para ganar dinero para la empresa.

En nuestro sistema económico y social, se requiere de personas con identidades débiles, capaces de moverse de aquí para ella, de cambiar de chaqueta cuando sea necesario, sin tener que purgar los remordimientos.

De acuerdo con los últimos cálculos, un joven estadounidense con un relativo nivel de educación puede esperar cambiar de empleo al menos once veces en el transcurso de su vida laboral. La flexibilidad es el eslogan de la época, que cuando es aplicado al mercado del trabajo presagia el fin del empleo tal y como lo conocemos, y anuncia en cambio el advenimiento del trabajo regido por contratos breves, renovables o directamente sin contratos, cargos que no ofrecen ninguna seguridad por sí mismos sino que se rigen por la cláusula de hasta nuevo aviso. La vida laboral está plagada de incertidumbre.

Hace veinte años Ulrich Beck publicó su célebre obra La sociedad del riesgo. En ella afirma que en la modernidad avanzada la producción social de riqueza va sistemáticamente acompañada de la producción social de riesgo.

Si la sociedad industrial giraba en torno a cómo repartir la riqueza, la sociedad de la modernidad reflexiva afronta principalmente el problema de cómo repartir los riesgos producidos sistemáticamente en el proceso avanzado de modernización, de modo que ni obstaculicen el proceso de modernización, ni sobrepasen los límites de lo soportable a nivel de recursos naturales, pero también a nivel de grupos humanos y a nivel del individuo.

Se debe recordar que la globalización del riesgo no significa igualdad global de riesgo, sino todo lo contrario. La contaminación persigue al pobre y las economías dogmáticas de libre mercado impulsadas desde los años ochenta por las grandes instituciones del sistema económico mundial, han exacerbado los riesgos y los problemas ambientales y sociales, aumentando la suma de miseria humana.

Esa producción social de riesgo afecta de lleno a la vida de las personas y se arraiga en los comportamientos socialmente construidos y difundidos tanto como en las instituciones de las que la sociedad se dota para regular y estabilizar su propio funcionamiento y progresión. Como consecuencia de ello, se vive, permanentemente, en una situación de incertidumbre.

El sistema actual pide, al parecer, una virtud bien determinada: la capacidad de adaptación a los cambios. Una demanda de readaptación permanente sólo puede ser satisfecha si el sujeto carece de cualidades demasiado definidas que representarían un obstáculo en el proceso.

La buena vida estriba en experimentar y en volver a comenzar una y otra vez. La gente que se incorpora a nuestro mundo tiende a retrasar y a aplazar lo más posible todo tipo de formas de compromiso: el tipo de estudios que quieren seguir, el tipo de trabajo que querrían llevar a cabo o la empresa para la que preferirían trabajar, el cónyuge, la familia por fundar; todos esos pasos, en fin, que en su momento parecía necesario dar para avanzar en el camino de la autenticidad.

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