Ideología, cultura y comercio

Las ciudades iluminan sus calles principales cuando comienza diciembre. Suele coincidir casi con el arranque litúrgico del Adviento, tiempo de preparación, espera y esperanza. Las luces civiles sirven de recordatorio a los creyentes para vivir ese tiempo litúrgico, calificado como fuerte por los expertos.

Los adornos de los barrios tienen objetivos más bien comerciales: no preparar la venida del Señor que redime, pero sí tantos eventos familiares insertos en antiguas tradiciones: las compras contribuirán a la alegría de todos, especialmente de los más jóvenes.

No deja de ser, sobre todo para madres y abuelas, un tiempo de más trabajo. Sin grandes agobios, porque prevalece el sosiego. Ciertamente, caminamos hacia días de paz, aun sin recordar viejas épocas con sus treguas de Navidad.

No suelo hacer caso a los que intentan romper la tranquilidad con acciones o argumentos cansinos contra las costumbres cristianas. Casi todos proceden de fundamentalistas: obsesos del laicismo o de identidades nacionalistas insuficientemente pensadas. O, simplemente, de responsables del marketing de empresas conocidas, capaces de afirmar en carteles del metro que les gusta la Navidad con imágenes que nadie asociaría con esas fiestas: un perro bonito y amigable –no “pastor”-, con una especie de cuernos de alce…

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