Ideología de Género, aumento de la desigualdad y debilitación del estado del bienestar

Esta contradicción se hace patente hoy en términos cuantitativos que afectan la capacidad de crecimiento económico y de mantenimiento del estado del bienestar. La sociedad desvinculada y su estadio superior ideológico, la doctrina Gender, es generadora de costes sociales crecientes que poseen fuertes externalidades negativas, que dan lugar a costes de transacción, públicos y privados, y costes de oportunidad, que erosionan las tasas de crecimiento y dificultan la sostenibilidad del sistema público de bienestar. Este impacto es más grande en la medida que lo es el sistema de bienestar, porque se produce una “socialización” de los costes. Por lo tanto, el impacto negativo de la doctrina Gender es más grande en Europa que en los Estados Unidos.

La capacidad de afrontar este aumento de los costes sociales a largo plazo depende de la productividad de cada sociedad. Cuanto más productiva es, más alegrías Gender se puede permitir. Esta doctrina y la cultura de la desvinculación son relativamente recientes y por lo tanto, sus efectos se están produciendo sobre todo en este siglo. Por otro lado, las productividades eran muy elevadas a lo largo de la segunda mitad del siglo XX y por lo tanto, era fácil integrar sus efectos. Pero, progresivamente los márgenes para asumirlos se van agotando en la medida en que el crecimiento de la Renta Nacional a largo plazo se adormece, siendo una de sus causas el envejecimiento de la población, sobre todo debido a la carencia de nacimientos, más que por el aumento de la esperanza de vida, que solo explica una tercera parte del crecimiento de la tasa de envejecimiento. Y precisamente la carencia de natalidad, una tasa de fertilidad nítidamente por debajo de 2,1 hijos por mujer en edad fértil, es una característica de la sociedad desvinculada que muchos países intentan compensar con éxito como Francia, o sin él, como Alemania, con un fuerte gasto público. El progresivo envejecimiento determina una media de edad de la población más grande, y esto comporta también una reducción de la productividad.

Una baja tasa de crecimiento y natalidad da pie a dos consecuencias. Una es el aumento de la desigualdad; la otra, las restricciones en el estado del bienestar y el aumento de la presión fiscal, sobre todo a cargo del IVA, que a su vez aumenta la desigualdad. Es patente, en el caso de España y todavía más en el de Cataluña, donde las rentas del primer quintal registran una aportación fiscal total más grande que la del segundo, tercero y cuarto con más ingresos superiores, y resulta solo ligeramente inferior al del último quintal, el de las rentas máximas.

De acuerdo con la primera y segunda ley de capitalismo, siguiendo a Piketty, la participación de las rentas del capital en la renta nacional (α)  es directamente proporcional a la tasa de ahorro de la economía (S), y la tasa de regreso del capital o tasa de ganancia (r) es inversamente proporcional al crecimiento de la economía (g) y de la población (n).

La doctrina Gender incide negativamente sobre el crecimiento por dos vías: la de las diversas afectaciones demográficas con repercusión sobre la economía y el aumento de los costes públicos que afectan la atribución de los recursos de capital. Un más bajo crecimiento económico y demográfico, ecuación que describe la Europa actual, constituye una condición objetiva que favorece la desigualdad.

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