Imperios e identidades

El sabio Platón

En el transcurso de los siglos -y en cualquier latitud- ha quedado demostrado que todo imperio o civilización llega a su apogeo y acaba feneciendo. En la actualidad -por lo general- no hay imperios en el sentido clásico del concepto. Además las actitudes imperialistas ya no están reservadas a una determinada élite dirigente. El pueblo, la antigua plebe, también las adopta. Preferentemente, en las élites, revisten la forma externa de la payasada o del malabarismo circense. No para entretener sino para seducir con vulgaridad mediante voto adhesivo. Con ausencia notable de recursos intelectuales para reportar iniciativas de suscripción común, argumentar cambios políticos consensuados, analizar problemáticas existentes, proponer soluciones reales y tomar decisiones de gobierno con autoridad, cuando es el caso, convenciendo al propio electorado y al que no lo es.

El sabio Platón

El sabio Platón

¿Cumpliendo y haciendo cumplir la ley en España, empezando por el Código Penal, guste más o guste menos a quien la incumple sistemáticamente políticamente hablando? Existe en todos los países un marco jurídico de referencia. En España recibe el nombre de Constitución. Fue promulgada previo referéndum del día 6 de diciembre de 1978. ¡Con mi voto en contra y con mi acato desde el primer día! Mi voto en contra atendiendo la reflexión de que quien fuera, primero Arzobispo de Barcelona y entonces de Toledo, el Cardenal Primado de España Monseñor Marcelo González Martín. Actitud la mía que contrasta frontalmente con la de todos aquellos y aquellas que la acatan desde entonces sólo en lo que les conviene. De sus viles desacatos institucionales hacen bandera de enganche sí o sí. De este modo, con sus sueños políticos de lo posible y mucho más allá de sus pueriles demagogias, convierten la realidad democrática existente a nivel de pueblo en una vil canallada política propia de dictadores de baja estrofa.

En todos los países la élite política está presente. En la mayor parte de ellos también está presente la implicación del pueblo. No de un modo único. En función del ordenamiento jurídico de cada sociedad determinada, el pueblo, es decir cada persona con edad jurídica para opinar, puede y debe votar. ¿Votar qué? Pues la elección personal, entre las opciones ciudadanas que se le ofrecen, para determinar cuál es la agrupación predilecta (bando o partido) de representantes políticos. Sólo una opción.

¿La identidad concreta singular de cada persona cristiana convocada a votar en las urnas queda reflejada, en parámetros mínimos, en alguna de las opciones del abanico que se le presenta? Puerilmente se asocian al pasotismo los elevados grados de abstención en un determinado plebiscito. No siempre es así. Muchas personas se abstienen porque no se ven representadas por ninguna opción. Las jerarquías eclesiásticas se mantienen neutrales, recordando asimismo qué señala el Magisterio de la Iglesia en eso de votar. En la práctica raramente existe una opción, con visos de obtener representación parlamentaria estatal, autonómica y municipal, que sea aceptablemente compatible con las exigencias del Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo. Debemos recordar siempre que el Evangelio las trasciende a todas.

A mi modo de ver recurrir al voto en blanco, cuando sabes que no tienes ningún para nadie y tienes un no habitualmente para todas las opciones, es perder el tiempo. Asumir la opción del mal menor (por lo general también opciones divorcistas, abortistas y etcétera) es declinar en conciencia el voto al mayor bien posible. Opciones de mayor bien posible por otra parte o bien inexistentes o bien sin dinero, programa, campaña y equipos para liderarlas. Son opciones de bien éstas últimas que sirven para calmar conciencias. Las de aquellos ciudadanos que votan por algo noble, sabedores que jamás este algo obtendrá unos mínimos resultados, traducibles al menos en un solo escaño o porcentaje de votos a tener en cuenta. Algunas de ellas son opciones de eslogan asumibles en cristiano. Pero en definitiva opciones de mero eslogan y punto. Tales como sí a la vida y no al aborto, sí a la familia y no al reajunte, sí y también no a la independencia, etc. Son eslóganes que podemos suscribir todos. Al día siguiente del plebiscito continúa todo igual (o peor) en orden a la presencia política de los principios fundamentales de la Doctrina Social de la Iglesia y de los Dogmas irrenunciables de Nuestra Fe Cristiana.

Los que detentan la autoridad, los elegidos para legislar y gobernar, sea por mayoría absoluta en términos matemáticos de 50+1, mayoría cualificada razonable del 75%, relativa según mayor número de votos, con pactos anteriores a un plebiscito con otras fuerzas, también con pactos posteriores en función de los resultados obtenidos, lo que pretenden es detentar el ejercicio del poder. En el mejor de los casos con voluntad e implicación de servicio al pueblo. No siempre a la totalidad del pueblo. Pues a muchos de esos dirigentes, seducidos por el poder,  les pesa más el electorado que los ha elegido y las ideologías a las que sirven. Ese electorado es, para este tipo de dirigentes, un pueblo de primera división. Si salen elegidos con mayoría desean repetir. No pueden solucionar todos los problemas. ¿Tienen programa definido de actuación? Muchos – si lo tienen – se lo callan antes del plebiscito, pues son diestros en omitir -sin transparencia informativa previa al votante- en qué asuntos van a intervenir, cómo lo harán y con qué finalidad. Raramente rectifican sus rumbos de actuación. Nunca entonan públicos mea culpa de gestión. El concepto dimisión no lo conciben. Ahora está de moda en ellos el teatrillo del famoso, en programas de audiencia televisiva tipo vodevil.

Entran en juego en todo ello los credos ideológicos. De hecho el pueblo no vota a personas “dirigentes”. Vota una opción de programa de actuación política. Vota una lista de personas que raramente conoce. Casi siempre, antes de votar, la concreción del programa se esconde. En su lugar se ofrece una especie de axioma de adhesión pueril. Se le pide al pueblo soberano que elija bando como si se tratase de competición futbolera. Las ofertas concretas habitualmente son indefinidas y descafeinadas. Es decir se esconde al votante el programa a desarrollar ante problemas concretos… y sus soluciones políticas a corto y medio plazo definidas de antemano. Las promesas pueden más que las soluciones. Ésas últimas requieren siempre un análisis previo de los problemas. Una solución no es una idea platónica. Un problema es un hecho real y jamás una idea. Difícilmente un determinado programa, si gana el partido político que lo invoca, goza de estabilidad consensuada o cuando menos aceptada  más allá de dos legislaturas o períodos electorales. Éstos quedan circunscritos a un tiempo de cuatro años. De este modo los agoreros de turno eluden el juicio del pueblo soberano que les ha otorgado el voto. También los agoreros opositores eluden el juicio de sus votantes, amparados en sus diatribas constantes e inconsistentes a los que mandan. Sucede antes del voto, durante el mandato y después de él.

Los responsables de los males que nos aquejan, según criterio de quien manda, son los que estaban antes mandando. Según criterio de quién no manda (u oposición parlamentaria) los males son “culpa” de quien manda ahora. Tanto a gobernantes actuales como a opositores actuales, la persona concreta que otorga el voto no cuenta mucho más allá del voto. Lo que cuenta para todos ellos es la fe y adhesión del votante a su partido o bando político. Siempre con un espíritu de combate y aspiración de ganador. En los países civilizados las pugnas no pasan del monólogo en sesiones parlamentarias de juego de sobremesa. Demasiadas veces insulsas y tediosas. En otros países sus señorías llegan a los tortazos físicos en sesiones parlamentarias.  Todo esto sin contar los casos de sus señorías dictadoras en base a una mayoría simple de 50 más 1. Son las que encarcelan al opositor político que no ha obtenido tantos votos.

El conjunto recibe el calificativo genérico de democracia. ¡Ejercicio supuesto de democracias distintas sin tener en cuenta la institución Democracia de la Civilización Griega! Con lecturas particularistas de la Historia sin apreciar el conjunto de la misma y sus avatares. Los errores de gobierno se repiten a lo largo de los siglos. ¿Dónde se dejan las identidades propias culturales de cada persona? ¿Y la verdad de los hechos históricos más allá del manido yo pienso, yo creo y yo digo?

¿Se imaginan Vds. el sometimiento a referéndum de la viabilidad política de nuestra adhesión vital a la Fe Cristiana en la defensa firme de la Unidad, Santidad, Universalidad y Apostolicidad de la Iglesia fundada por Nuestro Señor Jesucristo? Si saliese en las urnas un no, el camino de militancia cristiana sería el del ostracismo político, ganando la santidad personal si fuera preciso con la dádiva del martirio. Dios no quiere que en la vida social política se deje fuera al cristiano. Tampoco quiere que la propia identidad de uno mismo sea definida por otros que piensan, asienten, sienten y quieren de forma distinta a la propia. Obtener más votos o más escaños no debiera ser sinónimo de imponer a los demás lo que tú piensas, crees, raramente razonas, más raramente dialogas, pero sientes mucho en tú corazón o en tu epidermis.  Hacer de un sentimiento propio, razonado o no, una bandera política de enganche para el prójimo sin atender sus razones, es la aberración corriente.

La Democracia ideal se fue al traste cuando el discurso sabio existente para el buen gobierno de la Ciudad dejó paso a la habladuría agorera real. Pienso que ahora es un buen momento para reflexionar acerca del Mito de la Caverna plasmado en el Libro VII de La República del sabio griego Platón. Ascender con esfuerzo, en soledad propia e incomprensión social ajena, en pos de la Luz del Bien – sin atender las propias sombras (y menos las ajenas) reflejadas en la paredes cavernarias-  es la hoja de ruta política del Evangelio. También es la ruta de los hombres y mujeres sabios, aunque no hayan descubierto todavía en sus vidas los beneficios de la gracia santificante. Es misión del hombre y mujer de bien regresar a la Caverna para ser faro entre sus congéneres. ¡Faro de santidad si es persona cristiana!

Ir a contracorriente es esto. Tarea que en política está llamado a recorrer todo cristiano que realmente lo sea. Los agoreros viven del aplauso adulador. También de sus zancadillas y mentiras dialécticas; los cristianos, de la satisfacción del deber cumplido al servicio de la Verdad por el bien del prójimo, tratando siempre que sus aportaciones broten del querer de su alma, aplicando en ello la inteligencia al servicio de la Caridad, iluminada por la Fe y la Esperanza.

Si puedes encontrar para los que deben obtener el mando una condición que ellos prefieran al mando mismo, también podrás encontrar una república bien ordenada, porque en el Estado sólo mandarán los que son verdaderamente ricos, no en oro, sino en sabiduría y en virtud, riquezas que constituyen la verdadera felicidad. Pero dondequiera que hombres pobres, hambrientos de bien, y que no tienen nada por sí mismos, aspiren al mando, creyendo encontrar en él la felicidad que buscan, el gobierno será siempre malo, se disputará y se usurpará la autoridad, y esta guerra doméstica e intestina arruinará al fin al Estado y a sus jefes. (Cf. La República o el Estado, Colección Austral, volumen 220, página 211, 15ª edición, 1982, Editorial Espasa-Calpe S.A.)

Con calma atiendan en 47 minutos la siguiente reflexión. Belleza, Justicia y Bondad. Atributos de la perfecta Idea onírica frente a la limitada Realidad entitativa. Platón tenía un solo problema: el de haber nacido siglos antes de Jesucristo en el paganismo, sin contacto alguno con el pueblo de Israel. Tenía una gran virtud: Enseñó a pensar y a dialogar. Fundó la Academia (de pago) en el año 387 antes de Jesucristo. Unos quince siglos más tarde la Cristiandad, gracias a los descendientes sabios islámicos de Ismael instalados en Al-Ándalus (en la Córdoba cristiana y califal), tuvo conocimiento de un sabio discípulo de Platón. Se llamaba Aristóteles y fundó el Liceo. Éste fue maestro de Alejando Magno y sus clases eran gratuitas. Hasta el siglo XIII sus obras no fueron conocidas. Debemos su preservación a la actitud sabia dialogante en lo intelectual de Tomás de Aquino… con el Islam que dialogaba en lo intelectual. Los Santos Padres de la Iglesia no tuvieron conocimiento de la obra de Aristóteles. En el siglo XIII la Cristiandad sí lo tuvo. Aquella que no estaba para dominios temporales en las famosas cruzadas.

https://www.youtube.com/watch?v=LAjyQvQKDXA

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