Indignada, ¡y con mucha razón!

Realmente estoy indignada, muy indignada. Con una indignación profunda, interior, personal. No es una indignación de espectáculo …

Realmente estoy indignada, muy indignada. Con una indignación profunda, interior, personal. No es una indignación de espectáculo para la galería, de la que solo le interesa armar jaleo, “quemar” las calles, destrozar por destrozar. Mi indignación es la de aquellos que se sienten heridos, insultados, injustamente atacados.

Tengo 30 años y soy una persona con una discapacidad: espina bífida. No soy ‘una discapacitada’, sino una persona que tiene una discapacidad, que es algo absolutamente diferente: mi vida es tan digna y vale tanto como la de cualquier otra persona, tenga o no discapacidad. Mi esencia es ser persona, y mi circunstancia tener una discapacidad. Justo lo contrario de lo que piensan algunos. La espina bífida es una malformación congénita del tubo neural, que se caracteriza porque uno o varios arcos vertebrales posteriores no han fusionado correctamente durante la gestación, de manera que la médula espinal queda en ese lugar sin protección ósea. Como consecuencia de esta discapacidad, y de otros factores, he sufrido más de treinta operaciones, algunas de ellas muy duras. La última hace casi un año ya.

A pesar de todas las intervenciones quirúrgicas, a pesar de mi discapacidad, a pesar de todas las barreras que me encuentro día a día, a pesar de todo ello, o precisamente por todo ello, sigo luchando y lo seguiré haciendo con todas mis fuerzas cada día para salir adelante, para vencer todas las limitaciones con las que me encuentro. Con esto no pretendo que piense nadie que me considero una heroína, porque no lo soy: conozco muchas personas en las asociaciones a las que pertenezco o con las que colaboro que hacen exactamente lo mismo, que le echan mucho valor a la vida, que tienen muchas ganas de vivir y de luchar. Por eso creo que es imprescindible alzar la voz en defensa de todas las vidas humanas, porque considero que la vida de las personas con cualquier discapacidad es igual de digna que la vida de cualquier persona que no la tenga.

A mí la discapacidad no me ha impedido hacer absolutamente nada, aunque todo lo que he conseguido me haya costado más trabajo que a otras personas. He estudiado –trabajo social, integración social, terapia familiar-; tengo mis títulos –Diplomada en Trabajo Social, Técnico Superior en Integración Social-; he desarrollado algunos trabajos remunerados y muchos de voluntariado; tengo amigos y, gracias a Dios, vivo en una familia que me quiere y a la que quiero muchísimo; y todos los días encuentro algo que me hace levantarme de la cama y seguir luchando. Por ello, pienso que nadie tiene derecho a decidir que nuestra vida no es digna: simplemente, porque no es cierto. Escuchar esto me duele y pienso que es una verdadera aberración.

Como he dicho al principio, estoy indignada. Me parece injusto que se pretenda justificar el derecho a eliminar una vida humana por el hecho de que tenga una discapacidad, una enfermedad o una malformación; incluso muchas veces con la simple sospecha de que pueda ser así. No entiendo cómo se puede estar en contra de que, cuando se llegue a modificar la actual legislación del aborto –que lleva ya demasiado tiempo de retraso-, se elimine el supuesto del aborto eugenésico. Si todo aborto, todo, es radicalmente injusto, éste es además terriblemente discriminatorio, pues supone la eliminación de una vida solo por sus circunstancias personales de discapacidad o enfermedad. ¡Y de manera sorprendente es el supuesto más aceptado, entendido y justificado! ¿Cómo puede alguien creerse con derecho a decidir qué vidas son dignas de ser vividas y cuáles no lo merecen? También sangrante y discriminatorio es el caso de los abortos selectivos de niñas, una plaga que crece actualmente en Occidente, demostrando la sinrazón del aborto cuya lógica perversa no tiene límites una vez se aceptan sus “justificaciones”.

Algunos individuos nos han insultado directamente, diciendo auténticas barbaridades que en otros campos no sólo no serían aplaudidas sino que serían denunciadas y perseguidas, pero parece que hay carta blanca para atacar a las personas con discapacidad. Desde Arcadi Espada -«hijos tontos, enfermos y peores»-, pasando por Rosa Regás -«…antes de dar vida a los monstruos debería ocuparse de que no se resquebrajara la dignidad de los vivos…»-, hasta llegar a Oscar Puente -«nos obliga a tener hijos deformes»-, o a Yolanda Estrada, Concejal de Boadilla del Monte, que llegó a decir que nuestros tratamientos eran «costosísimos».

Especialmente triste y lamentable es el caso del neurocirujano Javier Esparza, que publicó dos artículos hablando de que «nadie puede obligar al sufrimiento», poniendo como ejemplo el caso de mi enfermedad. ¿Sabré yo mejor que él si sufro o no y en qué medida? ¿Sabré yo mejor que él si merezco vivir y si mi familia me quiere y somos felices o si hubiera preferido aplicar las soluciones del señor Esparza? No necesitamos su falsa compasión –«pobres niños», nos llama-, sino que nos permitan vivir. Llega incluso a proponer que se realice una clasificación nacional de malformaciones, es decir, una especie de Lista de Schindler al revés: esta lista decidiría quienes deberían ser susceptibles de ser abortados. Llega incluso a confundir la disminución de los nacimientos de niños con discapacidad –pues la inmensa mayoría son abortados directamente- con que «el número de malformaciones fetales graves disminuyó rápidamente después de la implantación de la ley de 1985», lo que dice muy poco sobre lo científico de sus posiciones favorables al aborto eugenésico. ¡Qué mala consejera es la ideología cuando se impone a la razón y la ciencia!

Me alegra pensar que, al margen de los ejemplos que hemos visto, sigue habiendo muchísima gente, la inmensa mayoría, que quiere defender a las personas con discapacidad y eliminar el aborto eugenésico, demostrando que nuestra vida es tan digna como cualquier otra.

Debemos reclamar a los poderes públicos, con el apoyo de todos los ciudadanos solidarios, que se haga todo lo posible, y aún lo imposible si hiciera falta, para conseguir que en nuestra sociedad todas las personas con alguna discapacidad podamos ser ciudadanos de primera. Necesitamos apoyos para poder atender de forma correcta a todos los que los necesiten, especialmente en el plano económico y de ayudas materiales, tanto para las personas concretas como para las asociaciones.

Para finalizar, estimado lector, permíteme unos segundos para decir que todo lo escrito anteriormente, en definitiva todo lo que he vivido, habría sido imposible para mí hacerlo o relatarlo sin la ayuda de Dios. Gracias a Él mi madre no contempló siquiera la posibilidad de abortar, porque nadie es dueño de la vida de nadie. Por ello, gracias a Dios estoy en este mundo y no me arrepiento: todo lo contrario, vivo feliz y contenta, aunque profundamente indignada ante tanta injusticia e inhumanidad.


Isabel Alastrué Agudo es diplomada en Trabajo Social y técnico superior en Integración Social

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