Individuo, velocidad e imágenes

Vivimos en continuo cambio, desplazando emociones, borrando imágenes, aglutinando recuerdos, seleccionando memoria, adaptando y modificando esp…

Vivimos en continuo cambio, desplazando emociones, borrando imágenes, aglutinando recuerdos, seleccionando memoria, adaptando y modificando espacios. Los vaciamos, los conectamos, los borramos, los redecoramos, los estructuramos en función de unos ideales.

Intentamos que estos espacios adquieran una autonomía propia, pero no siempre este objetivo es alcanzado. Este continuo vaivén y la frecuencia con que nos desplazamos de un lugar a otro está en función de la rapidez del tiempo y de la historia. Se produce una interacción entre el individuo, el espacio y la historia. Así, cuanto más rápida es la adaptación de la historia a la sociedad actual, menor es la permanencia y arraigo del individuo al lugar.

Vivimos en una época en la que el individuo percibe el tiempo como la aceleración de la historia. Es la época de lo inmediato, de lo instantáneo. Los hechos se suceden tan deprisa que, apenas han hecho su aparición, se convierten en historia. En el decir de Marc Augé, tenemos “la historia en los talones”.

El encadenamiento de los acontecimientos que se suceden en el mundo y la rapidez con que los vivimos, junto a la facilidad para reemplazarlos hace que tengamos la sensación de que las cosas pasan sin ser vividas o experimentadas. Se da la paradoja de que el exceso de velocidad no guarda la misma proporción a la hora de vivir los acontecimientos. Así resulta que cuanto más deprisa de suceden, menor tiempo para vivirlos, compartirlos y disfrutarlos.

Todo se acelera. El mundo se hace más pequeño. El individuo experimenta como crece su desarraigo. A través de los medios de comunicación, las distancias parecen diluirse. Nos llegan imágenes de sucesos ocurridos en lo más recóndito del mundo que nos dan una visión instantánea e inmediata de los hechos. O, al menos, eso es lo que creemos.

Un ejemplo son los múltiples reportajes televisivos sobre los atentados a la Torres Gemelas. A pesar del tiempo transcurrido, son imágenes que no sólo logran transformar la historia en presente, sino que permiten vivirlo de forma simultánea. Es más, tenemos la impresión de que dichos acontecimientos son simultáneos a la emisión de las imágenes. No sólo vemos el mundo a través de una pantalla, sino que incluso nuestra relación con los otros se hace cada vez más a través de imágenes.

Más aún, incluso recurriendo a la manipulación de imágenes se puede llegar a transmitir una realidad ficticia como ocurrió en la ceremonia de apertura e inauguración de los Juegos Olímpicos de Pekín. Cuando todo el mundo se imaginaba que dicho acontecimiento estaba teniendo lugar en el mismo momento en que se estaba retransmitiendo, la noticia no se hizo esperar cuando, apenas transcurridos cuatro días, se daba a conocer que algunas de las actuaciones y presentaciones no sólo habían sido grabadas con anterioridad, sino que se trataba de imágenes suplantadas.

Este hecho es uno de tantos ejemplos que pueden corroborar la idea de que cualquier imagen por inmediata y real que parezca al ser transmitida, puede perfectamente ser fruto de la manipulación y falsa realidad.

Aunque resulte paradójico, este tejido de redes acaba resquebrajando las relaciones humanas para dar paso a una sociedad que sustituye el diálogo por las imágenes, que le niega su existencia y, de existir, se trataría de un diálogo mudo. Un ejemplo claro de fragmentación de las relaciones humanas y donde el diálogo es inexistente lo encontramos en la retransmisión de partidos de fútbol o en las máquinas de video-juegos. Aunque se trate de lugares compartidos, el individuo se abstrae a todo lo que le rodea debido a la fuerte influencia que ejercen sobre él dichas imágenes. El individuo se siente tan absorbido por ellas que la posibilidad de establecer diálogo es prácticamente inexistente y, si se produce, sería sobre las propias imágenes.

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