Inteligencia, dame el nombre exacto de las cosas

En una conferencia cuaresmal, que hace poco más de una semana tuvo lugar en la Parroquia de la Purísima Concepción de Barcelona, …

En una conferencia cuaresmal, que hace poco más de una semana tuvo lugar en la Parroquia de la Purísima Concepción de Barcelona, monseñor Xavier Novell, obispo de Solsona, comentaba que para evangelizar hoy es preciso, antes que nada, despertar la primera fe, el primer interés por Jesús. Porque es una realidad bien conocida que muchos jóvenes ya no se inician en la fe de la mano de sus padres. También señalaba que es preciso leer lúcidamente la situación social y cultural de aquellos a quienes queremos evangelizar, con el fin de adaptar nuestro lenguaje. He recordado sus palabras en este último domingo en que, por causa de una gripe, me apunté a la misa de la 2 de TVE. El padre Valls nos habló del decálogo, precisamente en términos muy acertados y adecuados a la Nueva Evangelización y al contexto en que ésta debe producirse.

En lo que se refiere al contexto, es muy frecuente oír hablar de derechos, pero más raramente de obligaciones, si bien ello no es óbice para la existencia de una frustración generalizada de cuyos motivos nadie da cumplida razón. Por lo demás, las únicas obligaciones y prohibiciones que se reconocen son las impuestas por la tiranía de lo “políticamente correcto”. Por eso, nada podía estar más indicado que lo que hizo el padre Valls al comentar la primera de las lecturas, a saber, dar la vuelta a los mandamientos para mostrar su verdadera cara, que es el Dios vivo que nos espera con los brazos abiertos. Así, hizo notar que, tras cada prohibición, se descubre un sí a la vida, a la familia, a la justicia, al respeto, a la verdad…, un programa de amor, en definitiva, para que nuestra alma no acabe adulterada al servicio de intereses que nos esclavicen. Y de esta forma podamos ser libres, sirviendo y alabando a Dios, que no a los ídolos, como son el mercado, el dinero, el poder…, que ya hemos visto adónde nos conducen.

Ciertamente, el cumplimiento de la ley de Dios no es ni debe verse como un fin en sí mismo, sino como un instrumento para que el hombre realice su vocación de servicio, inseparable de su condición de hijo de Dios. En el Evangelio, Jesús echa del templo a quienes lo utilizaban para lucrarse y, por una vez, Él que era manso y humilde lo hace violentamente, porque, como nos dice, el celo por la casa de su Padre le consumía. Por ese mismo celo les anuncia allí mismo, como signo de la autoridad y del sentido con que hacía aquello, que podían destruir el templo (su cuerpo), que Él lo reconstruiría en tres días.

También el obispo Novell nos recordaba que, al igual que Jesús, nos debemos siempre a una doble fidelidad, a Dios y a los hombres. En Jesús, esa doble fidelidad acaba en la cruz y la resurrección, también anunciadas en el episodio del templo. Queda así manifiesto que la ira de Jesús no se dirige contra aquellos mercaderes y cambistas, como pudiera parecer, sino contra la ceguera que les impedía darse cuenta de lo verdaderamente importante. Y tan importante como para testimoniarlo el mismo Cristo en una muerte de cruz.

Una visión de la Ley de Dios como un plan para amar y ser amados, según nos propone el decálogo en la acertada lectura del padre Valls, es y debe ser compatible con la exigencia y el esfuerzo que tanto el Evangelio como nuestra naturaleza demandan para realizarlo. Es decir, lo que Dios nos ha revelado debe ser transmitido sin edulcoraciones ni subterfugios. Sólo la verdad nos hará libres y, por tanto, como decía el obispo Novell, debemos procurar, teniendo en cuenta el momento y las circunstancias de cada hombre, que toda la verdad de Dios entre en su corazón y transforme su mentalidad.

El decálogo, puesto en relación con el ejemplo vivo de Jesús, es un programa de vida que hoy se nos presenta más que nunca, si cabe, como especialmente necesario y oportuno. Hace tan solo unos días la izquierda de este país protagonizaba un lamentable espectáculo ante la inminente derogación de su bochornosa ley del aborto. Reivindicaba los “derechos sexuales y reproductivos” de las mujeres, que, dicho en román paladino, se resumen en el derecho a matar al feto, porque nos han dejado claro ellos mismos que ni siquiera contemplan el derecho a la maternidad. No menos eufemísticos e igual de claros son “los derechos de las personas ante el proceso final de la vida”, sobre los que hace poco se hizo público que siguen en la agenda de todo un “Comité de Bioética” compuesto por diez sabios que nombrara el anterior Gobierno.

Visto pues que la moral utilitaria de los paladines de la muerte nos sigue acechando con sus desvaríos, ofrezcamos a todos “Decálogo” y más “Decálogo”. Porque Dios es amor, porque amar es dar vida (sic, afecto, presencia, compañía, ayuda, alegría, ilusión…) y en su grado máximo dar la vida por los demás; porque amor con amor se paga y porque donde no hay amor ponga usted amor y sacará amor. Verdades todas demasiado conocidas, pero al mismo tiempo demasiado olvidadas.

Voy a terminar con unos versos muy conocidos de Juan Ramón Jiménez que invitan a alejarse del descamino de unos hombres que, pervirtiendo el lenguaje, obran fuera de Dios y aún de ello hacen vano y reiterado alarde:

“ ¡ Inteligencia, dame

el nombre exacto de las cosas !

…Que mi palabra sea

la cosa misma,

creada por mi alma nuevamente.

Que por mí vayan todos

los que no las conocen, a las cosas…”

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