Intervencionista e intervenido

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Querer legislar acerca de los juegos de los niños en las guarderías, con especiosos y falaces argumentos de lucha contra los juegos sexistas en nombre de una igualdad mal entendida es una prueba más del irreprimible deseo intervencionista del Gobierno. El designio de este presidente de querer cambiar la sociedad de arriba abajo, en un trabajo confeso de ingeniería social, nos acerca peligrosamente a un Estado totalitario en el que la democracia es mera fachada.

Pero no resulta nada claro que exista, en los partidos que configuran la sociedad política de la España actual, el propósito de frenar la deriva de este progreso que avanza en dirección equivocada a mi entender, ni tampoco que alguien proponga un programa de regeneración de los valores auténticamente democráticos en los que cada persona sea libre y responsable de su propia vida, sin sometimiento al paternalismo asfixiante de un estado-providencia, y los políticos hayan de responder de su gestión equivocada ante los ciudadanos y ante la justicia. En la Atenas democrática los políticos podían ser condenados al ostracismo.

En lugar de marchar hacia una sociedad abierta y libre, estamos siendo triturados por un Estado intervencionista que, a su vez, es un Estado intervenido por los órganos de la Comunidad Europea, por otras naciones más fuertes, por los grupos de presión financieros, tanto nacionales como internacionales, que luchan por sus propios intereses y no por el bien común.

También presionan sobre el Gobierno, aunque quizá con su complicidad y beneplácito, los organismos, conferencias, comisiones o agencias, apoyadas económicamente por poderosos lobby que, a la sombra de la ONU sin que realmente tengan ningún poder jurídico sobre los países miembros, ejercen una avasalladora influencia sobre las políticas demográficas, tratando de implantar la contracepción y el aborto como “necesarios” para salvar el planeta o silenciar a cualquier grupo religioso que se oponga a sus designios. Especialmente a la Iglesia católica que entiende muy bien la neutralidad religiosa de los gobiernos, pero que se opone a la difusión del laicismo como religión del Estado, con sus dogmas y sus sacrificios humanos (aborto, eugenesia, eutanasia, etc.). Para qué hablar de las dudosas historias sobre el cambio climático o las energías renovables y sus beneficiarios.

Pienso que la sociedad civil tendría que movilizarse en un impulso de libertad de los individuos y de los grupos intermedios en una búsqueda del bien común, regidos por el principio de subsidiariedad sin esperar de la sociedad política otra cosa que unas leyes claras y duraderas que nos sirvan de marco, y la adopción de medidas solidarias para atender a quienes no tengan capacidad para vivir dignamente.

De la concurrencia de muchos egoísmos no puede salir nunca ningún equilibrio social, pero de la acción responsable de ciudadanos educados en auténticos valores es de esperar una sociedad mejor. Ya que como todas las personas podemos ser tentadas por el egoísmo y caer en el abuso o la corrupción, es necesaria una justicia de verdad independiente, ocupada por los mejores ciudadanos.

¿Cómo podremos librarnos de un Estado intervenido e intervencionista? Ésa es la tarea a la que están convocados todos los que se sientan ciudadanos de una sociedad abierta.

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