Israel, su entorno y la violencia

Hay que partir del origen: la creación del Estado de Israel. No es justo presentarla como un hecho colonizador. Lo cierto es que fue un retorno a casa…

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Hay que partir del origen: la creación del Estado de Israel. No es justo presentarla como un hecho colonizador. Lo cierto es que fue un retorno a casa.
 
Si las obras se valoran por sus resultados lo que Herzl, el fundador del sionismo, legó con el estado de Israel, es en líneas generales, positivo. Un país que siempre ha vivido en un régimen democrático, que ha prosperado económicamente a pesar de vivir continuamente amenazado por las guerras de exterminio.
 
Desde el mismo momento de su independencia acordada por Naciones Unidas, los países árabes del entorno han intentado suprimirlo del mapa: la guerra de los Siete Días, la de Yom Kippur…
 
¿Cómo viviríamos nosotros si en 60 años hubiéramos pasado tantas guerras como ellos dirigidas a exterminarnos como pueblo? Colocarse en la piel del otro es necesario para comprenderlo.
Israel no nació a expensas del pueblo palestino, porque esta realidad como entidad nacional o política no existía. Era los restos esquilmados de un Imperio Otomano en decadencia bajo mandato del Reino Unido. Ese era el territorio donde se desarrollaron las bases para construir el actual estado judío.
 
En su contra se ha forjado una conciencia palestina y, de esta forja, surge un derecho nacional, el de ser ellos mismos. Pero aun deben aprender que su realización solo es viable con la paz y la colaboración con Israel. Y ese es uno de los problemas de fondo porque la conciencia de palestinidad se ha construido demasiado y durante mucho tiempo como una negación del otro sujeto, del estado judío.
 
Esta masa humana empobrecida es proclive a la manipulación política ya, los flujos económicos que acuden desde Riad para alimentar el fundamentalismo sunita de Hamas. Antes lo fue el nacionalismo laico y socialista de la hoy aburguesada gente de Al Fatah y el máximo del FLP.
En este escenario en el que Egipto y Jordania han cambiado su posición inicial por la del diálogo y el entendimiento, existen dos actores, dos regímenes dictatoriales de clara voluntad expansionista: Siria e Irán.
 
Teóricamente son adversarios, pero están unidos por el mismo fin de hegemonizar su papel en la zona, a expensas del enemigo judío. Para ello utilizan un intermediario, Hezbolá, alimentado de tanto dinero que puede permitirse el lujo de mantener un ejército profesional de 5.000 hombres y dotado de miles de cohetes de corto alcance, y centenares de medio alcance. Su potencial en tierra es tan elevado que resultaría difícil de vencer por un ejército como el español en sus actuales circunstancias.
 
Y como protagonista necesario de la tragedia, el Líbano. Zona de influencia de Siria que ha intervenido una y otra vez con todos los medios legítimos o sangrientos. Con un gobierno en el que Hezbolá dispone de dos ministerios. Un país donde el ejército solamente controla una parte del territorio porque la otra está en manos de la milicia Chiíta. En todas estas fracturas internas, estas anomalías, se encuentra la causa del problema. Si el Líbano fuera un estado bien constituido, esta guerra no habría estallado.
Y ahora la causa del actual conflicto.
 
Israel se retira de Gaza. Al cabo de un tiempo se producen ataques con misiles Kasam. Después, el ataque a unos militares en territorio de Israel y el secuestro de uno de ellos. Pocos días después, por el otro extremo, se inicia la ofensiva de Hezbolá. Las tropas chiítas bombardean el sur de Israel y consiguen secuestrar a otros dos soldados. Estalla la tragedia.
 
Es cierto que los ataques de Israel matan a víctimas civiles. También los otros, 400 libaneses contra 40 judíos. Pero la justicia no se imparte a través del número, al menos no únicamente, sino a través de las causas y su desarrollo.
 
Israel se está defendiendo, seguramente con un exceso, su derecho a existir ante un enemigo que ha trastocado las lógicas militares, porque en lugar de proteger a los suyos como primera misión, los utiliza como carne de cañón. Mezcla sus soldados con la población civil, utiliza casas y mezquitas en medio de las poblaciones como depósitos de cohetes y munición, emplea las ambulancias como un medio para trasladar sus tropas.
 
Es escandalosa la destrucción de Beirut, las muertes de tantos inocentes. Nadie puede dudar que esto debe terminarse. Pero no puede hacerse de cualquier manera, dejando intactos y en sus posiciones a Hezbolá. Sin su desarme efectivo y su desaparición como grupo armado no hay solución posible.
Europa debe plantearse seriamente si su futuro tiene viabilidad si permite desarrollar un potente núcleo militar del Islamismo totalitario encabezado por Irán y dotado de capacidad nuclear y reservas de petróleo.
 
Europa debe reflexionar sobre si puede permitirse demasiadas alegrías con un eje que intenta perfilar Chávez con Irán y que se atreve, incluso ahora, a buscar una alianza con Bielorrusia. Chávez, Castro, Evo Morales y unas tendencias al populismo de corte fascista en América Latina. Todo eso podría parecer una parodia cómica si no se tratase de gente que se está armando hasta los dientes.
Mientras, en España gozamos de un discurso superpacifista, cuando somos una de las principales potencias exportadoras de armas.

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