Jaime Balmes: semblanza biográfica

Jaime Balmes Urpiá nació en Vic (Barcelona) el 28 de agosto de 1810, en plena guerra de la Independencia y en una ciudad que en aquel en…

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Jaime Balmes Urpiá nació en Vic (Barcelona) el 28 de agosto de 1810, en plena guerra de la Independencia y en una ciudad que en aquel entonces era un centro religioso de primer orden y que sufriría a lo largo de la vida de Balmes los efectos de la Primera y la Segunda guerra carlista.

En 1817 comienza sus estudios en el Seminario de Vic: tres años de Gramática latina, tres de Retórica y, a partir de 1822, tres de Filosofía. En 1825, en Solsona, recibe la tonsura de manos del obispo de esta ciudad, don Manuel Benito Tabernero.

El curso siguiente estudia el primer año de Teología, también en el Seminario de Vic, que abandonará para cursar los cuatro cursos siguientes de Teología, gracias a una beca que le ha sido concedida en el Colegio de San Carlos, en la Universidad de Cervera.

En 1830, y por espacio de dos años, debido al cierre de la Universidad de Cervera, estudia en Vic privadamente. Finalmente el 8 de junio de 1833 recibe el título de Licenciado en Teología. El año siguiente, el 20 de septiembre de 1834, en la capilla del Palacio episcopal de Vic, es ordenado sacerdote de manos del obispo don Pablo de Jesús Corcuera. Prosigue sus estudios de Teología e inicia los de Cánones, nuevamente en la Universidad de Cervera. Finalmente, en 1835, recibe los títulos de Doctor en Sagrada Teología y bachiller en Cánones, concluyendo un largo y riguroso proceso formativo sin el que no se puede comprender su fructífera trayectoria intelectual.

Concluidos sus estudios, realiza varios intentos fallidos para dar clases en la Universidad de Barcelona y al no conseguirlo se dedica por algún tiempo a dar clases particulares en su ciudad natal. Finalmente el Ayuntamiento de dicha ciudad le nombra, en 1837, profesor de Matemáticas (materia a la que era muy aficionado), cargo que desempeña durante cuatro años. En 1840 escribe Reflexiones sobre el celibato del clero, obra con la que obtiene el premio del concurso convocado por el periódico El Madrileño Católico, y Consideraciones políticas sobre la situación en España, en la que critica la política de Espartero. A estas obras sigue poco después Observaciones sociales, políticas y económicas sobre los bienes del clero que le da a conocer en todos los ambientes intelectuales de España.

En 1841 se traslada a vivir a Barcelona, donde residirá hasta 1844. Es a partir de este año en el que la dimensión pública de Jaime Balmes va a adquirir una enorme notoriedad. Aunque ya había llamado la atención por sus colaboraciones en diferentes diarios de la época, como La Paz, El Madrileño Católico o La Civilización, es a partir de este momento cuando despliega una enorme actividad literaria y publicista que le convertirán en figura destacada de la vida intelectual, no sólo en España, sino en toda Europa, donde serán admirados sus escritos y personalidad. Sus libros, opúsculos y artículos serán de gran influencia y aparecerán principalmente en la revista quincenal La Sociedad y en el periódico semanal El Pensamiento de la Nación, del que asumirá, además, la dirección.

En 1841 escribe La religión demostrada al alcance de los niños y Conversa d’un pagés de la muntanya sobre lo Papa; en 1842 una de sus obras mas influyentes, el tratado de filosofía de la historia titulado El Protestantismo comparado con el Catolicismo, en sus relaciones con la civilización. En esta obra Balmes despliega una poderosa argumentación en la que se funden sus conocimientos de teólogo, historiador, sociólogo y apologeta. Un pensamiento solidísimo fundado en una certeza: en sus propias palabras, “La verdad es de suyo fuerte y robusta, y como es el conjunto de las mismas relaciones de los entes, enlázase, trábase frecuentemente con ellos, y no son parte a desasirla ni los esfuerzos de los hombres ni los trastornos de los tiempos”. Podemos hacernos una idea de la recepción de esta obra a la luz del viaje que Jaime Balmes hubo de emprender a continuación a París (donde conoce a los conocidos apologistas franceses Ozanam, Dupanloup y Lacordaire) y a Londres para supervisar las traducciones al francés y al inglés de su escrito.

Su creciente influencia en los debates de la época y su labor editorial le lleva a trasladar su domicilio a Madrid en 1844. Allí, además de dirigir El Pensamiento de la Nación, inspira la fundación de El Conciliador, que dirige su amigo, el mallorquín Quadrado. Al año siguiente, 1845, realiza un nuevo viaje a París y desde allí lo hace a Bélgica, donde se entrevista con la mayoría de los obispos belgas, con el cardenal Mercier y donde tiene la oportunidad de conocer a Mons. Pecci, el futuro Papa León XIII. Ese mismo año publica la que consideramos su otra gran obra, El Criterio, un libro que alcanzó una enorme difusión e influyó en numerosas generaciones. Otras obras publicadas son Cartas a un escéptico en materia de religión, Filosofía Fundamental, Filosofía Elemental, el opúsculo Pío IX y el extenso artículo Vindicación personal, conocido también bajo el titulo de Autobiografía.

Balmes, llamado con frecuencia doctor humanus, basó su filosofía en la obra de Santo Tomás, punto de apoyo firme de todo su edificio intelectual, y se ubica en la corriente que contribuyó a la reafirmación y florecimiento de la neoescolástica. Su labor crítica se dirigió principalmente, en el ámbito filosófico, a la comprensión, análisis y refutación del empirismo inglés, del kantismo, del sensismo popularizado por Condillac y del idealismo alemán, especialmente el expuesto por Hegel.

Su periodo en Madrid va a suponer por un lado su consagración intelectual, pero por otro va a acarrearle numerosos desengaños y sinsabores. Jaime Balmes se consagró al proyecto de lograr que la joven Isabel II matrimoniase con el hijo mayor de Carlos María Isidro de Borbón, hermano de Fernando VII y conocido como Carlos V según la nomenclatura carlista, quien para facilitar dicho matrimonio había incluso llegado a abdicar en su primogénito, Carlos Luis de Borbón y Braganza, Conde de Montemolín. De esta manera aspiraba a reconciliar a los españoles y a frenar la creciente influencia liberal y masónica sobre el trono. Pero la empresa no tuvo éxito, y a finales de 1846 se celebraba el matrimonio de Isabel II con otro de sus primos, Francisco de Asís de Borbón. Casi al mismo tiempo, el Conde de Montemolín, ahora ya convertido en Carlos VI, publicaba un manifiesto en el que alentaba a iniciar la que se conocería como Segunda guerra carlista. Pocos meses después, Balmes, descorazonado, clausuraba El Pensamiento de la Nación y abandonaba tanto el periodismo como Madrid para regresar a Barcelona.

Nombrado en 1847 consejero del nuncio Brunelli, interviene en la elección de San Antonio María Claret para la diócesis de Santiago de Cuba y publica una obra titulada Escritos políticos. Tras su desengaño político, estando dispuesto a apartarse de toda actividad polémica y viviendo retirado, los acontecimientos que estaban sucediendo en los Estados Pontificios y la penosa situación en que, a causa de ellos, se encontraba el Pontífice, le impulsaron a tomar de nuevo la pluma para acudir en defensa del mismo. Pero las críticas contra su Pío IX arreciaron, causándole no poco quebranto moral, especialmente debido a que muchas de las voces que se alzaron para atacarle eran católicas, sabedores de que era más fácil atacar a Balmes que no directamente al propio Papa. Más allá de la polémica del momento, Jaime Balmes nos deja en este opúsculo una importante vindicación del Papado, definido del siguiente modo: “El pontificado no debe ser considerado como un hombre, sino como una institución”. No de otro modo lo han contemplado los cristianos ortodoxos a lo largo de los siglos y sin entenderlo así todo lo referente al mismo queda emborronado y confuso. Señalar, finalmente, que en este escrito encontramos la reacción, una de las primeras, de Balmes ante el naciente comunismo (el Manifiesto del Partido Comunista se había publicado en febrero de 1848) y en la que vuelve a mostrarse clarividente y profético: “la horrible doctrina del comunismo, como la llaman, en alto grado contraria a los mismos derechos naturales, que, una vez admitida, acabaría de raíz con todos los derechos y propiedades y hasta con la misma sociedad humana”. No exageraba.

Jaime Balmes fue nombrado socio de la Academia de Religión de Roma y socio de honor y de mérito de la Academia Científica y Literaria de Profesores, de Madrid, así como miembro de la Real Academia Española, de la que no llegó a tomar posesión debido al agravamiento de su enfermedad, una tisis pulmonar tuberculosa. El 27 de mayo se traslada con sus hermanos desde Barcelona a su ciudad natal, Vic, donde muere el 9 de julio de 1848. Antes, no obstante, de su fallecimiento, tiene conocimiento, hallándose aún en Barcelona, de las noticias que llegaban desde la capital de Francia y que conformarían la revolución de 1848. Como escribiera su biógrafo, el P. Casanovas, “a pesar de la enfermedad que le devoraba y del trabajo abrumador en que se había empeñado de traducir al latín la Filosofía Elemental, tomó la pluma para vaciar en el papel el mundo de ideas que fulguraban en su mente como los relámpagos de su tempestad”. En este escrito, publicado póstumamente, vuelve a mostrar su finura analítica y su madurez intelectual: tras mostrar el suicida camino en que se había embarcado la monarquía francesa en 1830, denuncia a los “fabricantes de constituciones, que se han creído capaces de fabricar también monarquías” y señala la debilidad inherente de estos experimentos del liberalismo decimonónico, ignorantes de las verdaderas bases de la autoridad. Finalmente, en frase nacida para ser acuñada y aplicada sin cesar, concluye Balmes que “bien pronto han venido los acontecimientos a demostrar con su lógica irresistible que a los pueblos no se les gobierna con mentiras”. Después de su muerte se publicaron también Escritos póstumos (1850), Poesías póstumas (1850) y Calendari Català (1905).

Desde el 4 de julio de 1865 sus restos descansan en el panteón erigido en el centro del claustro de la Catedral de Vic. De su innegable influencia y autoridad baste citar lo que escribía Menéndez Pelayo medio siglo después de la muerte del pensador vigatán a propósito de sus escritos políticos: “Lo que contienen de personal y transitorio es tan poco que más bien parecen escritos en previsión de lo futuro que en crítica de lo presente. Graves, doctrinales unas veces, otras finamente cáusticos, modelos de habilidad polémica y de fuerza dialéctica, pertenecen, literariamente hablando, a un género de periodismo que ya pasó y del que hoy apenas nos queda vestigio ni recuerdo”. Como síntesis de su significación queremos traer aquí las palabras del historiador M. Grabmann, quien definiría, de manera merecidísima, a Jaime Balmes del siguiente modo: “defensor genial de los principios católicos, tanto en el terreno de la Filosofía como en el de las cuestiones políticas y sociales; pensador profundo y vigoroso, familiarizado con la especulación doctrinal de Santo Tomás, pero influido al mismo tiempo por las ideas de Leibniz y de la escuela escocesa; piadoso sacerdote, hijo amantísimo de la Iglesia y defensor infatigable de sus derechos en la vida social”.

El protestantismo comparado con el catolicismo, en sus relaciones con la civilización

Quizás la obra más ambiciosa, aquella en la que Jaime Balmes volcó su profundo conocimiento de la teología, de la filosofía, de la historia y de la sociología fue El Protestantismo comparado con el Catolicismo. Como la coda al título anuncia, “en sus relaciones con la civilización”, el libro no se limita al análisis del protestantismo, sino que su alcance es mucho mayor y permite a Balmes desplegar una completa, ordenada y razonada filosofía de la historia que supone al mismo tiempo una poderosa argumentación en defensa de la religión católica y sus benéficos efectos en la sociedad que han dado lugar a la civilización en su más alto significado, la civilización cristiana. Bien claro lo deja el autor: “Aquí no hay medio: las naciones civilizadas o serán católicas o recorrerán todas las fases del error; o se mantendrán aferradas al áncora de la autoridad o desplegarán un ataque general contra ella”.

Inicia Balmes su argumentación abordando el objeto inmediato de su obra, el protestantismo, y contraponiéndolo al catolicismo. La debilidad esencial del protestantismo estriba en su variabilidad intrínseca, y citando a su admirado Bossuet, remacha en fórmula lapidaria: “Tú varías, y lo que varía no es la verdad”. De hecho, así como la continuidad es nota de la Iglesia católica, la tendencia irresistible a la división es lo propio del protestantismo: “Mirado en globo el protestantismo, sólo se descubre en él un informe conjunto de innumerables sectas, todas discordes entre sí y acordes sólo en un punto: en protestar contra la autoridad de la Iglesia”. Pero esta tendencia, que es a la vez lo más característico del protestantismo, no es accidental, sino que nace de lo más hondo del mismo, pues “La religión cristiana, tal como la explican los protestantes, es una opinión y no más; es un sistema formado de mil partes incoherentes y que pone el cristianismo al nivel de las escuelas filosóficas”. Y así, por pura deducción, Balmes extrae de este principio la conclusión lógica, que vemos confirmada por la realidad histórica de la misma evolución del protestantismo y que aún hoy en día actúa con la misma poderosa exigencia: el protestantismo, por su propia concepción doctrinal, marcada por el principio del “libre examen” y por el rechazo a toda autoridad magisterial, es inestable por naturaleza y sólo puede dar lugar a la indiferencia o al fanatismo, extremos entre los que se debate la vida de las sociedades que caen bajo su égida. Balmes lo expresa así: “Apelando el protestantismo al solo hombre en las materias religiosas, no le quedaban sino dos medios de hacerlo: o suponerle inspirado del cielo para el descubrimiento de la verdad, o sujetar todas las verdades religiosas al examen de la razón: es decir, o la inspiración o la filosofía. El someter las verdades religiosas al fallo de la razón debía acarrear tarde temprano la indiferencia, así como la inspiración particular o el espíritu privado había de engendrar el fanatismo”.

En cuanto a su contraparte, el catolicismo, Balmes expondrá cómo la Iglesia ha luchado por presentar siempre una fe razonable, desarrollando así argumentos muy queridos y defendidos por el Papa Benedicto XVI. En efecto, dirá Balmes, y podría decir perfectamente el Papa reinante, que “La iglesia, en sus combates con la herejía, ha prestado un eminente servicio a la ciencia que se ocupa en conocer el verdadero carácter, las tendencias y el alcance del espíritu humano”.

Junto a su defensa de la razón, otra de las grandes aportaciones benéficas del influjo de la Iglesia católica será su defensa del libre albedrío, sin el cual nuestras sociedades se habrían instalado en el inmovilismo fatalista de tantas civilizaciones antiguas y de algunas contemporáneas. Así lo explica Balmes, señalando cómo incluso en los países en los que el protestantismo ha sido hegemónico, por bendita inconsecuencia o por restos de sensatez católica, la doctrina que niega el libre albedrío humano no ha sido llevada a sus últimas consecuencias: “Bien sabido es que uno de los primeros y más capitales errores de Lutero y Calvino consistía en negar el libre albedrío. Las costumbres europeas la han despreciado, la legislación no la ha tomado por base y la sociedad no se ha dejado dominar ni dirigir por un principio que zapaba todos los cimientos de la moral y que, si hubiese sido aplicado a las costumbres y a la legislación, hubiera reemplazado la civilización y dignidad europeas con la barbarie y abyección musulmanas”. E insiste, reafirmando el papel de la Iglesia católica como garante de la libertad: “Así fue como la Iglesia católica, rechazando esos funestos errores difundidos por el protestantismo, preservaba a la sociedad del envilecimiento que consigo traen las máximas fatalistas, se constituía en barrera contra el despotismo que se entroniza siempre en medio de los pueblos que han perdido el sentimiento de su dignidad, era un dique contra la desmoralización que cunde necesariamente cuando el hombre se cree arrastrado por la ciega fatalidad como por una cadena de hierro”.

El Protestantismo comparado con el Catolicismo es obra riquísima y excede nuestro propósito resumirla aquí, pero no queremos dejar de pasar por alto algunos comentarios, sembrados aquí y allá, que asemejan estallidos de clarividencia y que demuestran, más si cabe, la brillantez del autor y de su obra. Sirva como ejemplo esta afirmación que, si no fuera porque pecaríamos de anacrónicos, diríamos que recoge ecos chestertonianos: “No, mil veces no: un individuo puede ser irreligioso, la familia y la sociedad no lo serán jamás. La sociedad, y cuenta que no digo el pueblo ni la plebe, la sociedad, si no es religiosa, será supersticiosa, si no cree cosas razonables, las creerá extravagantes, si no tiene una religión bajada del cielo, la tendrá forjada por los hombres”.

Tras un primer bloque en el que, como hemos visto, Balmes disecciona el protestantismo en comparación con el catolicismo y muestra cómo cada sistema da lugar a un tipo de sociedad diferente y contrapuesta, el resto de su obra se dedica a analizar en profundidad la civilización cristiana, aplicando a muy diversas cuestiones y materias el siguiente enunciado, que constituye la base de este escrito balmesiano: “La religión católica ha civilizado las naciones que la han profesado, y la civilización es la verdadera libertad”. Del desarrollo de este tema nace una poderosa apología de la religión católica, a partir del convencimiento, demostrado una y otra vez a lo largo de la historia, de que “Es imposible que la sociedad permanezca por largo tiempo en un orden de cosas que esté en oposición con las ideas de que está imbuida”.

Este análisis se aplica, en primer lugar, frente al paganismo que rodeaba al cristianismo naciente, lo que da pie a Balmes a estudiar el papel de la doctrina católica en la erradicación de aquella institución, la esclavitud, tan arraigada en la sociedad y que había llegado a ser considerado natural y evidente, pero que estaba en contradicción con la doctrina de la dignidad humana que los cristianos predicaban. Así, Balmes escribirá que “La diferencia capital entre nuestra civilización y las antiguas con respecto al individuo consistía en que el hombre como hombre no era estimado en lo que vale. Lo que faltaba, sí, era la comprensión de toda la dignidad del hombre, era el alto concepto que de nosotros mismos nos ha dado el cristianismo”.

Otra de las grandes cuestiones que el cristianismo modificará desde sus cimientos y que tendrá profundas consecuencias es la concepción del poder político que nace del cristianismo y que, nos atrevemos a decir, será una de las causas más decisivas en la génesis de nuestra civilización al limitar su esfera de actuación. Esta concepción la explica Balmes de este modo: “Necesario como es un orden social al que esté sometido el individuo, conviene, sin embargo, que éste no sea de tal modo absorbido por aquel de manera que sólo se le conciba como parte de la sociedad, sin que tenga una esfera de acción que pueda considerársele como propia. A no ser así no se desarrollará jamás de un modo cabal la verdadera civilización. El cristianismo contribuyó sobremanera a crear esa esfera individual en que el hombre, sin quebrantar los lazos que le unen a la sociedad, desenvuelve todas sus facultades. De la boca de un apóstol salieron aquellas generosas palabras que encierran nada menos que una severa limitación del poder político, que proclaman nada menos que este poder no debe ser reconocido por el individuo cuando se propasa a exigirle lo que este cree contrario a su conciencia”.

A partir de aquí, Balmes irá desgranando los efectos del catolicismo en una multitud de campos, casi todos objeto de polémicas y en los que nuestro autor irá demostrando cómo ha sido el influjo del catolicismo el que los ha ido sanando y los ha hecho capaces de dar frutos benéficos. Además de la esclavitud, se aborda el papel de la mujer, la Inquisición, los institutos religiosos, el poder civil o la relación entre la doctrina católica y las formas políticas. Cuestiones todas ellas de enorme actualidad entonces y que no han perdido ni un ápice de su interés en nuestros días, a los que la obra de Balmes aporta argumentos sólidos y sosegados a un tiempo, en los que su erudición se pone al servicio de la verdad.

Sin ánimo de ser exhaustivos, en lo que se refiere a la concepción de la mujer, Balmes mostrará cómo tanto el matrimonio cristiano como la virginidad de las religiosas fueron dos poderosas fuerzas que transformaron la noción que de la mujer se tenía en la Antigüedad, ennobleciéndola como nunca se había imaginado hasta entonces. Escribe Balmes que “Antes del cristianismo la mujer estaba oprimida bajo la tiranía del varón, poco elevada sobre el rango de esclava; como débil que era, debía ser condenada a ser la víctima del fuerte. Vino la religión cristiana, y con sus doctrinas de fraternidad en Jesucristo y de igualdad ante Dios, sin distinción de condiciones ni sexos, destruyó el mal en su raíz, enseñando al hombre que la mujer no debía ser su esclava, sino su compañera. Desde entonces la mejora de la condición de la mujer se hizo sentir en todas partes donde iba difundiéndose el cristianismo, y en cuanto era posible, atendido el arraigo de las costumbres antiguas, la mujer recogió bien pronto el fruto de una enseñanza que venía a cambiar completamente su posición”.

Por último, sabedores de que no podemos agotar aquí la riqueza de esta obra, nos detendremos en un aspecto que puede aplicarse tal cual a los tiempos que vivimos. En lo que se refiere a la limitación del poder político, clave en el florecimiento de la libertad y de las numerosas sociedades intermedias entre el Estado y el individuo que están en la base de nuestra civilización, Balmes advierte que “Una de las reglas de conducta de la Iglesia católica ha sido el no doblegarse jamás ante el poderoso. Cuando ha proclamado una ley la ha proclamado para todos sin distinción de clases”, algo inédito en la historia pasada. Otro de los aspectos abordados, que no ha perdido nada de su actualidad, es el de la idea de tolerancia, que algunos quieren presentar como si fuera la virtud suprema, siempre sometida al ataque de los católicos, que de este modo se constituirían en paradigma por excelencia de la intolerancia. Error supremo, si es que consideramos la tolerancia en su justa acepción; si por el contrario concebimos la tolerancia como indiferentismo, como el relativismo más rampante, lógico es que los católicos sean el baluarte de la razón y se nieguen a abrazar tan disolvente actitud. Escribe Balmes al respecto: “Algunos se imaginan que la tolerancia es propia de los incrédulos y la intolerancia de los hombres religiosos, pero esto es un error. ¿Quién más tolerante que San Francisco de Sales? ¿Y quién más intolerante que Voltaire? La tolerancia en un hombre religioso, aquella tolerancia que no dimana de la flojera en las creencias y que se enlaza muy bien con un ardiente celo por la conservación y la propagación de la fe, nace de dos principios: la caridad y la humildad. Rousseau ha dicho que es imposible vivir en paz con gentes a quienes se cree condenadas, nosotros no queremos ni podemos creer condenado a nadie mientras vive, pues que por grande que sea su iniquidad, todavía son mayores la misericordia de Dios y el precio de la sangre de Jesucristo”.

Jaime Balmes dejó escrito cuáles fueron los motivos que le inspiraron a escribir El Protestantismo comparado con el Catolicismo: “El temor de que se introdujera en mi patria el cisma religioso, la vista de los esfuerzos que se hacían para inculcarnos los errores de los protestantes, la lectura de algunos libros en que se establecía que la falsa reforma era favorable al progreso (referencia a Guizot y su Historia de la civilización europea), me inspiraron la idea de trabajar una obra en que se demostrase que ni el individuo, ni la familia, ni la sociedad nada le debían al protestantismo bajo el aspecto religioso, bajo el aspecto social, bajo el político y literario”. Alumbró así la que Menéndez Pelayo consideraba la obra más importante del siglo XIX, con la que salía airoso de la misión planteada y nos legaba uno de los escritos críticos más sistemáticos contra el protestantismo y una airosa vindicación de la Iglesia católica y de su benéfica influencia en las sociedades.

El criterio

La otra gran obra de Jaime Balmes es El Criterio, libro más filosófico (en él se aborda una de las cuestiones que Balmes reputaba fundamentales, la de la certeza), y por ello mismo más intemporal, pero al mismo tiempo eminentemente práctico, pues trata de filosofía práctica. Este libro, sumamente sólido y orientador para las decisiones de todo tipo que hay que tomar a lo largo de la vida, ha educado a varias generaciones de españoles cultivados y aún hoy en día se lee con gran provecho. A su influjo se debe la caracterización de la filosofía de Balmes como "filosofía del sentido común".

Obra riquísima y enjundiosa, su norte, que además da título al libro, se sintetiza en dos breves frases iniciales, que por sencillas no están menos cargadas de profundas consecuencias: “Criterio es un medio para conocer la verdad. La verdad en las cosas es la realidad”. Así pues, de lo que se trata es de explicitar un medio para pensar bien: “El pensar bien consiste, o en conocer la verdad, o en dirigir el entendimiento por el camino que conduce a ella. La verdad es la realidad de las cosas. Cuando las conocemos como son en sí, alcanzamos la verdad; de otra suerte, caemos en error”.

Se entiende la suma importancia de pensar bien, operación vital si queremos acertar en los caminos de la vida. Pero cuidado, pensar bien no es precisamente lo que algunos “sabios” de este mundo hacen: “Si deseamos pensar bien, hemos de procurar conocer la verdad, es decir la realidad de las cosas. ¿De qué sirve discurrir con sutileza, o con profundidad aparente, si el pensamiento no está conforme con la realidad? Un sencillo labrador, un modesto artesano, que conocen bien los objetos de su profesión, piensan y hablan mejor sobre ellos que un presuntuoso filósofo que en encumbrados conceptos y altisonantes palabras quiere darles lecciones sobre lo que no entiende”. Y Balmes no había contemplado el mundo académico de nuestros días. Precisamente porque estamos en el ámbito del conocimiento práctico, éste “ha de abrazar también los pormenores de la ejecución, que son pequeñas verdades, por decirlo así, de las cuales no se puede prescindir, si se quiere lograr el objeto. Échase pues de ver que el arte de pensar bien no interesa solamente á los filósofos, sino también a las gentes más sencillas”.

Sigue la obra señalando, de modo muy aristotélico, que se puede distorsionar el conocimiento de la realidad por defecto o por exceso, algo que el mesurado Balmes intentó evitar, con éxito, a lo largo de toda su producción intelectual. Pues “El buen pensador procura ver en los objetos todo lo que hay, pero no más de lo que hay. Ciertos hombres tienen el talento de ver mucho en todo; pero les cabe la desgracia de ver todo lo que no hay, y nada de lo que hay. Una noticia, una ocurrencia cualquiera, les suministran abundante materia para discurrir con profusión, formando, como suele decirse, castillos en el aire. Estos suelen ser grandes proyectistas y charlatanes. Otros adolecen del defecto contrario; ven bien, pero poco; el objeto no se les ofrece sino por un lado; si éste desaparece, ya no ven nada. Estos se inclinan a ser sentenciosos y aferrados en sus temas. Se parecen a los que no han salido nunca de su país; fuera del horizonte a que están acostumbrados, se imaginan que no hay mas mundo”. Se deja ver en estos fragmentos el tono que Balmes emplea a lo largo de la obra, que conjuga la precisión y el rigor analítico, con el comentario, siempre breve y fulminante, que no desdeña para nada el uso del humor.

Aquellos que piensan bien, aquellos que tienen criterio, son caracterizados por Balmes del siguiente modo: “Un entendimiento claro, capaz y exacto, abarca el objeto entero; le mira por todos sus lados, en todas sus relaciones con lo que le rodea. La conversación y los escritos de estos hombres privilegiados se distinguen por su claridad, precisión y exactitud. En cada palabra encontráis una idea, y esta idea veis que corresponde a la realidad de las cosas”.

A continuación, una vez dejado claro en qué consiste pensar bien, Balmes aborda la cuestión de cómo se debe enseñar a pensar bien. En efecto, estamos ante un tratado práctico que no aspira a permanecer en el reino de lo teorético, al contrario, sin negarle su importancia, al ser base y fundamento de la acción y sin el cual ésta avanza sin norte, desciende al terreno de la aplicación concreta. Y aquí El Criterio nos deja una serie de observaciones que bien harían los padres y educadores de hoy en día (o más bien de siempre) en estudiar y aplicar. En primer lugar atendiendo a la siguiente advertencia: “El arte de pensar bien no se aprende tanto con reglas como con modelos. No por esto condeno todas las reglas; pero sí sostengo que deben darse con más parsimonia, con menos pretensiones filosóficas, y sobre todo de una manera sencilla, práctica: al lado de la regla el ejemplo”. Y en lo que se refiere a los medios para pensar bien, Balmes señala algo que nuestra época multimedia y fragmentaria parece haber olvidado “La atención es la aplicación de la mente a un objeto. El primer medio para pensar bien es atender bien”. En consecuencia, y aplicando de nuevo aquello tan aristotélico del justo medio, “Es de la mayor importancia adquirir un hábito de atender a lo que se estudia o se hace. Tan lejos estoy de considerar la atención como abstracción severa y continuada, que muy al contrario cuento en el número de los distraídos, no sólo a los atolondrados sino también a los ensimismados. Aquellos se derraman por la parte de afuera, estos divagan por las tenebrosas regiones de adentro; unos y otros carecen de la conveniente atención, que es la que se emplea en aquello de que se trata”.

El Criterio, por su propia naturaleza está trufado de observaciones de gran interés para los más diversos campos de la vida, por lo que de su lectura siempre se puede extraer gran provecho. Nos es imposible comentarlos todos, ni siquiera la mayoría, pero sí nos detendremos en algunos que nos han llamado la atención de modo especial. Por ejemplo, cuando aborda la cuestión eterna de la elección de carrera. Aquí Balmes apunta lo siguiente: “Cada cual ha de dedicarse a la profesión para la que se siente con más aptitud. Juzgo de mucha importancia esta regla; y abrigo la profunda convicción de que a su olvido se debe el que no hayan adelantado mucho más las ciencias y las artes. La palabra talento expresa para algunos, una capacidad absoluta; creyendo equivocadamente que quien está dotado de felices disposiciones para una cosa lo estará igualmente para todas. Nada más falso; un hombre puede ser sobresaliente, extraordinario, de una capacidad monstruosa para un ramo, y ser muy mediano y hasta negado con respecto a otros”. Y sigue señalando que “El Criador, que distribuye a los hombres las facultades en diferentes grados, les comunica un instinto precioso que les muestra su destino: la inclinación muy duradera y constante hacia una ocupación, es indicio bastante seguro de que nacimos con aptitud para ella. Los padres, los maestros, los directores de los establecimientos de educación y enseñanza, deben fijar mucho la atención en este punto”.

Pero nos equivocaríamos si considerásemos El Criterio como una colección de consejos, que los hay, y de gran provecho; Balmes basa su obra en sólidos fundamentos que expone con una claridad meridiana y sobre los que basa un método dirigido siempre a ese fin de conseguir pensar bien. Como cuando trata de la clasificación de los actos de nuestro entendimiento: “Para mayor claridad, dividiré los actos de nuestro entendimiento en dos clases: especulativos y prácticos. Llamo especulativos los que se limitan a conocer; y prácticos los que nos dirigen para obrar. Cuando tratamos simplemente de conocer alguna cosa, se nos pueden ofrecer las cuestiones siguientes: 1ª. si es posible o no; 2ª. si existe o no; 3ª. cuál es su naturaleza, cuáles sus propiedades y relaciones. Las reglas que se den para resolver con acierto dichas tres cuestiones, comprenden todo lo tocante a la especulativa. Si nos proponemos obrar, es claro que intentamos siempre conseguir algún fin; de lo cual nacen las cuestiones siguientes: 1ª. cuál es el fin; 2ª. cuál es el mejor medio para alcanzarle”. Y continúa Balmes: “Ruego encarecidamente al lector que fije la atención sobre las divisiones que preceden, y procure retenerlas en la memoria; pues además de facilitarle la inteligencia de lo que voy a decir, le servirá muchísimo para proceder con método en todos sus pensamientos.

Cuando la naturaleza habla en el fondo de nuestra alma con voz tan clara y tono tan decisivo, es necedad el no escucharla. Solo algunos hombres apellidados filósofos se obstinan a veces en este empeño; no recordando que no hay filosofía que excuse la falta de sentido común, y que mal llegará a ser sabio quien comienza por ser insensato”.

Y a propósito de estas reglas para pensar bien, a los que sostienen aquel dicho de “piensa mal y acertarás”, Balmes replica que “la experiencia nos enseña que el hombre más mentiroso dice mucho mayor número de verdades que de mentiras, y que el más malvado hace muchas mas acciones buenas o indiferentes que malas. El hombre ama naturalmente la verdad y el bien; y no se aparta de ellos sino cuando las pasiones le arrastran y extravían”.

El capítulo titulado “Algunas reglas para juzgar de la conducta de los hombres” es un prodigio de sabiduría y sentido común. Baste aquí enumerar las reglas, cuyos enunciados son ya suficientemente indicativos, dejando para una lectura del original su desarrollo y explicación: “1ª: No se debe fiar de la virtud del común de los hombres puesta a prueba muy dura. 2º: Para conjeturar cuál será la conducta de una persona en un caso dado, es preciso conocer su inteligencia, su índole, carácter, moralidad, intereses y cuanto puede influir en su determinación. 3ª. Debemos guardarnos de pensar que los demás obrarán como obraríamos nosotros”.

El Criterio aborda también cuestiones de índole práctica que exceden el comportamiento particular, como cuando analiza el papel de los periódicos, a los que dedica una serie de observaciones que mantienen toda su validez a día de hoy y mueven a un sano escepticismo respecto de la opinión publicada. Por ejemplo cuando señala algo que todos hemos experimentado en alguna ocasión: “Creen algunos que con respecto a los países donde está en vigor la libertad de imprenta, no es muy difícil encontrar la verdad, porque teniendo todo linaje de intereses y opiniones algún periódico que les sirve de órgano, los unos desvanecen los errores de los otros, brotando del cotejo la luz de la verdad. «Entre todos lo saben todo y lo dicen todo; no se necesita mas que paciencia en leer, cuidado en comparar, tino en discernir y prudencia en juzgar.» Así discurren algunos. Yo creo que esto es pura ilusión: y lo primero que asiento es que ni con respecto a las personas ni las cosas, los periódicos no lo dicen todo, ni con mucho, ni aun aquello que saben bien los redactores, hasta en los países más libres”. Y esto lo escribía quien dirigió una publicación y conocía el oficio bien por dentro. Continúa Balmes con una observación que adquiere máxima actualidad en los periodos electorales: “Hasta en política, no es verdad que los periódicos lo digan todo. ¿Quién ignora cuánto distan por lo común las opiniones que se manifiestan en amistosa conversación de lo que se expresa por escrito?”.

De gran interés y penetración son las reglas que para el estudio de la historia nos ofrece El Criterio. Son todas ellas de una sensatez aplastante y, de aplicarse, serían de gran utilidad para comprender la historia por encima de prejuicios ideológicos tan extendidos en nuestros días. No nos resistimos a citarlas aquí: “Regla 1ª: Es preciso atender a los medios que tuvo a mano el historiador para encontrar la verdad, y a las probabilidades de que sea veraz o no. Regla 2ª: En igualdad de circunstancias, es preferible el testigo ocular. Regla 3ª: Entre los testigos oculares, es preferible el que no tomó parte en el suceso y no ganó ni perdió con él. Regla 4ª: El historiador contemporáneo es preferible; teniendo empero el cuidado de cotejarle con otro de opiniones e intereses diferentes. Regla 5ª: Los anónimos merecen poca confianza. Regla 6ª: Antes de leer una historia es muy importante leer la vida del historiador. Regla 7ª: Las obras póstumas publicadas por manos desconocidas o poco seguras, son sospechosas de apócrifas o alteradas. Regla 8ª: Historias fundadas en memorias secretas y papeles inéditos; publicaciones de manuscritos en que el editor asegura no haber hecho más que introducir orden, limar frases, o aclarar algunos pasajes, no merecen mas crédito que el debido a quien sale responsable de la obra. Regla 9ª: Relaciones de negociaciones ocultas, de secretos de estado, anécdotas picantes sobre la vida privada de personajes célebres, sobre tenebrosas intrigas y otros asuntos de esta clase, han de recibirse con extrema desconfianza. Regla 10ª: En tratándose de pueblos antiguos o muy remotos, es preciso dar poco crédito a cuanto se nos refiera, sobre riquezas del país, número de moradores, tesoros de monarcas, ideas religiosas, y costumbres domésticas”.

Un medio para conocer algo es también conocer aquello que no es; en el caso de nuestro objeto, el pensar bien, será de gran utilidad conocer los modos de pensar mal, los errores en los que nuestro intelecto puede caer. Aquí Balmes se muestra fino psicólogo y conocedor del hombre. Como por ejemplo cuando señala que “Entendimientos por otra parte muy claros y perspicaces, se echan a perder lastimosamente por el prurito de desenvolver una serie de ideas que, no representando el objeto sino por un lado, acaban por conducir a resultados extravagantes”. Asimismo nos advierte del peligro de precipitarnos en nuestros juicios, pues “Es calidad preciosa la rapidez de la percepción; pero conviene estar prevenido contra su efecto ordinario, que es la inexactitud”. Y sigue, puntualizando: “Los falsos axiomas, las proposiciones demasiado generales, las definiciones inexactas, las palabras sin definir, las suposiciones gratuitas, las preocupaciones en favor de una doctrina, son abundantes manantiales de percepciones equivocadas o incompletas y de juicios errados”.

Un caso particular de error, el que Jaime Balmes denomina “entendimientos torcidos”, es especialmente acertado y vuelve a demostrar el fino olfato psicológico del filósofo de Vic: “Hay ciertos entendimientos que parecen naturalmente defectuosos, pues tienen la desgracia de verlo todo bajo un punto de vista falso o inexacto o extravagante. En tal caso no hay locura, ni monomanía; la razón no puede decirse trastornada, y el buen sentido no considera a dichos hombres como faltos de juicio. Suelen distinguirse por una insufrible locuacidad, efecto de la rapidez de percepción, y de la facilidad de hilvanar raciocinios. Apenas juzgan de nada con acierto: y si alguna vez entran en el buen camino, bien pronto se apartan de él arrastrados por sus propios discursos. Sucede con frecuencia ver en sus razonamientos una hermosa perspectiva que ellos toman por un verdadero y sólido edificio; el secreto está en que han dado por incontestable un hecho incierto, o dudoso, o inexacto, o enteramente falso; o han asentado como principio de eterna verdad una proposición gratuita, o tomado por realidad una hipótesis; y así han levantado un castillo que no tiene otro defecto que estar en el aire. Impetuosos, precipitados, no haciendo caso de las reflexiones de cuantos los oyen, sin mas guía que su torcida razón, llevados por su prurito de discurrir y hablar, arrastrados, por decirlo así, en la turbia corriente de sus propias ideas y palabras, se olvidan completamente del punto de partida, no advirtiendo que todo cuanto edifican es puramente fantástico, por carecer de cimiento”. La causa de este defecto intelectual no es teorética, sino que para Balmes nace de una causa moral: “Reflexionando sobre la causa de semejantes aberraciones, no es difícil advertir que el origen está mas bien en el corazón que en la cabeza. Estos hombres suelen ser extremadamente vanos; un amor propio mal entendido les inspira el deseo de singularizarse en todo; y al fin llegan a contraer un hábito de apartarse de lo que piensan y dicen los demás, esto es, de ponerse en contradicción con el sentido común”.

Ya hemos visto, pues, como otra posible fuente de errores es la influencia del corazón sobre la cabeza, esto es, los efectos de las pasiones sobre el entendimiento. Para ejemplificar este particular, Balmes lo aplica a los juicios políticos, un ámbito que observamos que no ha variado lo más mínimo desde que estas líneas fueron escritas: “¿Están en el poder nuestros amigos políticos o aquellos que más nos convienen, y dan algunas providencias contrarias a la ley? «Las circunstancias, decimos, pueden más que los hombres y las leyes; el gobierno no siempre puede ajustarse a estricta legalidad: a veces lo más legal es lo más ilegítimo; y además, así los individuos como los pueblos, como los gobiernos, tienen un instinto de conservación que se sobrepone a todo; una necesidad a cuya presencia ceden todas las consideraciones y todos los derechos.» La infracción de la ley ¿se ha hecho con lisura, confesándola sin rodeos, y excusándose con la necesidad? «Bien hecho, decimos; la franqueza es una de las mejores prendas de todo gobierno; ¿de qué sirve engañar a los pueblos, y empeñarse en gobernar con ficciones y mentiras?» ¿Se ha procurado no quebrantar la ley, pero se la ha eludido con una cavilación fútil, interpretándola en sentido abiertamente contrario a la mente del legislador? «La ocurrencia ha sido feliz, decimos, al menos se muestra tan profundo respeto a la ley, que no se le desmiente ni en la última extremidad. La legalidad es cosa sagrada, contra la cual es preciso no atentar nunca; no hace poco el gobierno que no pudiendo salvar el fondo, deja intactas las formas. Si algo hay de arbitrariedad, al menos no se presenta con la irritante férula del despotismo. Esto es precioso para la libertad de los pueblos.» Los hombres del poder ¿son nuestros adversarios? El asunto es muy diferente. «La ilegalidad no era necesaria; y además, aun cuando lo fuese, la ley es antes que todo. ¿Adónde vamos a parar, si se concede a los gobiernos la facultad de quebrantarla, cuando lo juzguen necesario? Esto equivale a autorizar el despotismo; ningún gobernante infringe las leyes sin decir que la infracción está justificada por necesidad urgente e indeclinable.» El gobierno, ¿ha confesado abiertamente la infracción de la ley? «Esto es intolerable, exclamamos: esto es añadir a la infracción el insulto; siquiera se hubiese echado mano de algún ligero disfraz… es el último extremo de la impudencia, es la ostentación de la arbitrariedad más repugnante. Está visto, en adelante no será menester andarse en rodeos; no hiciera más el autócrata de las Rusias.»

Para acabar, del inagotable manantial de enseñanzas que constituye El Criterio, permítasenos resaltar dos ideas finales que nos parece que constituyen el coronamiento del prudente edificio que Balmes ha ido construyendo a lo largo de ésta su obra. En primer lugar, la necesidad de tener ideas fijas: “Las reflexiones que preceden, muestran la necesidad de tener ideas fijas y opiniones formadas sobre las principales materias; y cuando esto no sea dable, lo mucho que importa el abstenerse de improvisarlas, abandonándonos a inspiraciones repentinas. Se ha dicho que los grandes pensamientos nacen del corazón, y pudiera haberse añadido, que del corazón nacen también los grandes errores”. En segundo lugar, la advertencia de que la moral es la mejor guía del entendimiento práctico: “Lo recto y lo útil a veces parecen andar separados; pero no suelen estarlo sino por un corto trecho; llevan caminos opuestos en apariencia, y sin embargo el punto a que se dirigen es el mismo. No lo dudemos: el arte de gobernar no es más que la razón y la moral aplicadas al gobierno de las naciones; el arte de conducirse bien en la vida privada, no es más que el Evangelio en práctica”. Y acaba Balmes con una reflexión que bien podría aplicarse a la crisis en que estamos sumidos en la actualidad: “Ni la sociedad ni el individuo olvidan impunemente los eternos principios de la moral; cuando lo intentan por el aliciente del interés, tarde o temprano se pierden, perecen, en sus propias combinaciones. El interés que se erigiera en ídolo, se convierte en víctima”.

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