Jesús

Jesús

Es ya un clásico que a lo largo de la Semana Santa se publiquen artículos de diferente factura e igual propósito, negar que Jesús sea Dios. ¿Por qué esta cuestión se mantiene viva y polémica en una sociedad tan trivializada como la nuestra? Seguramente porque se trata de una figura atrayente, pero también, porque entre buenos y malos, hay más de dos mil millones de personas que creen en Él; más que nunca en la historia y creciendo al mismo ritmo que la población del mundo. Es un gran relato de dos mil años que se mantiene muy vivo.

En los artículos de este año he observado una crítica, en general respetuosa, que como es lógico se concentra en el punto decisivo: querer (de) mostrar que Jesús no resucitó. Es lógico. Ya lo dijo San Pablo con mejores palabras: “O Cristo ha resucitado o los cristianos somos las personas más desgraciadas del mundo”.

La ciencia hace más difícil hoy negar su existencia, que era el argumento central en los siglos XVIII y XIX. Hoy el mainstream contrario a la divinidad de Jesús asume que existió, predicó unos pocos años, tuvo un grupo de seguidores y fue crucificado. Es lo mismo que sostiene el esquema cristiano con la decisiva discrepancia de la resurrección. El cristianismo es la resurrección, no sólo ella, pero si su condición necesaria, porque es la que fundamenta el anuncio de la buena nueva del Dios que nos ama y nos anuncia que estamos destinados a la vida plena sin límites, porque las dimensiones del espacio y el tiempo han dejado de existir. Este es nuestro fin si nosotros no nos empeñamos en torcerlo. Pero sin resurrección el anuncio se escurre.

Es del todo evidente que no seré yo quien pretenda demostrar que fue realmente lo que sucedió, entre otras razones porque esa es la esencia de la gracia de la fe, que no se dilucidará hasta el fin de los tiempos, cuando el signo de Jesucristo se haga presente aterradoramente. Pero, que no sea demostrable no significa que no se pueda razonar, y para hacerlo acudiré a su dimensión social.

El final de Jesús es dolorosamente trágico por la crucifixión, torturas e indignidades previas. Los apóstoles, como la gran mayoría de sus seguidores, la han abandonado, se han fugado. Sólo su madre María, María Magdalena, María -la madre de Santiago y de José- y la madre de los hijos de Zebedeo, lo acompañan a la muerte en la cruz. “Había allí muchas mujeres mirando de lejos” explica el evangelio de Mateo. Como también fueron mujeres, la misma Magdalena y la madre de Santiago junto con Salomé, las primeras en encontrar la tumba vacía, y a Jesucristo, el retornado de la muerte. Las mujeres, siempre las mujeres, como puntal del cristianismo. En ese momento, con la muerte de Jesús, el grupo dirigente, los apóstoles y sus, como mucho, dos mil seguidores en todo Israel, unos cientos en Jerusalén, desertan. Están hundidos moral y religiosamente. Todo ha terminado. El mesías era sólo un hombre que ha tenido una muerte ignominiosa. El poder del Templo y del Imperio, el principio de realidad ha ganado. Todo está liquidado. Pero en pocos días, los que van de la muerte al anuncio, recibido con incredulidad, de la Resurrección, todo cambia. Muchos discípulos solos y colectivamente se reencuentran con Jesucristo, hablan con él, y Él les habla. Y se produce la transformación radical de aquella gente atemorizada, marginal, no muy preparada, que estallaría con Pentecostés, el quincuagésimo día del tiempo Pascual, su culminación, la venida del Espíritu de Dios y el inicio de la Iglesia, La Asamblea del Pueblo de Dios. Los atemorizados discípulos salen a predicar la buena nueva. Hay encarcelamientos, mártires -el primer San Esteban, al que contribuye Pablo antes de su conversión. Se produce una diáspora y una ola evangelizadora que ya no se detendrá, a pesar de la discriminación salteada de persecuciones y mártires. Los cristianos son parias, legal e intelectualmente. Se ven continuamente desacreditados. Viven más de tres siglos en estas condiciones. Pero la represión no detiene nada. Sin disponer de grandes recursos, ni ofrecerles todavía de otra cultura, ni recurrir al poder, la revolución o la guerra (base de la expansión inicial del Islam) crecen hasta convertirse en el siglo cuarto en la mayoría del Imperio, sobre todo en las ciudades (pagano viene de labrador). El resultado final es conocido.

¿Qué sucedió para que aquel grupito de seguidores miedosos, de un rincón menospreciado del Imperio, derrotados, desmoralizados, perdidos, se transformaran en hombres valerosos hasta la muerte y eficaces portadores de la Palabra? Algún hecho extraordinario, insólito, tenía que suceder y ser bastante intenso y extenso como para transformar tanto a toda aquella gente. Y si no fue la experiencia plena, el conocimiento directo del triunfo de Jesucristo sobre la muerte ¿qué fue? No es suficiente negarlo porque entonces haría falta una explicación elaborada racionalmente mejor.

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