Josep Maria Soler, abad de Montserrat: “Nos hemos abierto más que nunca a la cultura”

“Una antena del Evangelio para que toda la sociedad se conecte”. Ésta es una de las numerosas definiciones posibles de Montserrat. La imagen de la Vir…

“Una antena del Evangelio para que toda la sociedad se conecte”. Ésta es una de las numerosas definiciones posibles de Montserrat. La imagen de la Virgen María, los monjes benedictinos, el museo, la música de la Escolania y la basílica son algunos de los nombres propios que nos conducen directamente a pensar en la montaña de referencia en Cataluña, así como en toda España y también para muchos creyentes y no creyentes de todo el mundo.

El monasterio, la persona del abad, que actualmente es Josep Maria Soler, y la fundación que gestiona toda la infraestructura coinciden en una vocación muy concreta que resume, de alguna manera, la capacidad aglutinadora de Montserrat. Nos referimos a la acogida constante a miles y miles de personas cada año para que encuentren en la montaña una paz y una espiritualidad que ayudan a hacer todo tipo de actividades, desde encuentros juveniles hasta congresos litúrgicos o monásticos, pasando por jornadas profesionales y peregrinaciones parroquiales, entre otras muchas opciones.

Para acercar a nuestros lectores a la realidad y la actualidad del gran monasterio benedictino, y humilde al mismo tiempo, reproducimos una entrevista con su abad, Josep Maria Soler, emitida el viernes 12 de noviembre en el programa Finestra Oberta de la cadena RÀDIO ESTEL, vinculada a la Iglesia en Cataluña. Son algunas reflexiones y comentarios de este monje que llegó al cargo en mayo de 2000 con el objetivo de acercar al máximo Montserrat al mundo con todas sus realidades.

-¿Qué balance haría de estos cuatro años como abad del monasterio?

-Globalmente hago un balance positivo, e incluso muy positivo. En estos momentos, en la comunidad hay vitalidad y, además, tenemos vocaciones. Después de un primer momento en que tuve que afrontar el desastre provocado por unas fuertes inundaciones, todo el santuario ha podido restablecerse, rehacerse y modernizarse.

-¿Se puede decir que cada abad imprime un estilo propio en el Monasterio? Centrándonos en los tres últimos, ¿hay alguna diferencia destacable entre los períodos de los abades Cassià Maria Just, Sebastià Maria Bardolet y usted mismo?

-Las diferencias son cuestiones de matices, porque la comunidad, que es la que marca las pautas en muchas cuestiones, es fundamentalmente la misma. Pero obviamente, somos tres personas diferentes. Eso sí, nos llevamos muy bien. Las características propias de cada uno como abad vienen motivadas, en muchos casos, por circunstancias externas al monasterio. Por ejemplo, Cassià Maria Just tuvo que afrontar toda la renovación posconciliar de la comunidad y también le tocó vivir la época de la transición democrática española, con el papel que Montserrat tenía y sigue teniendo, de alguna manera, en Cataluña. En cambio, Sebastià Bardolet vivió una época diferente, más serena a nivel de comunidad. Fue el momento de empezar a modernizar muchas estructuras de Montserrat: El cremallera se reinauguró en 2003, pero el proyecto arrancó cuando él era abad, se potenció el museo, se actualizó la Escolania y, en definitiva, se adaptaron muchas cosas a los nuevos tiempos. Y a mí, me ha tocado también una etapa diferente.

-¿Potenciar y presentar en el mundo las dos realidades actuales, la comunidad monástica (religiosa) y la Fundación Abadía de Montserrat 2025 (civil), es la principal característica de su período como abad?

-Si tuviese que poner un acento, lo cual siempre es difícil cuando se habla de uno mismo, diría que, una vez consolidadas y modernizadas ya muchas cosas de Montserrat, quizá nos hemos abierto más que nunca a la colaboración y la participación en el ámbito cultural, por ejemplo trabajando con las universidades a través de nuestro museo y la biblioteca, entre otros recursos. Todo ello ha tenido como finalidad primordial hacer presente a la Iglesia en el mundo y los ambientes de la cultura. Otro aspecto de los años que llevo como abad es seguramente una mayor obertura a las realidades de otros monasterios (lo cual es una necesidad compartida) y también en los niveles de diálogo ecuménico e interreligioso. Éstas son, a grandes rasgos, las características nuevas, pero siempre dentro de la línea de continuidad entre los tres abadiatos. Por otro lado, ahora existe una voluntad de potenciar todo lo que es la acogida a los peregrinos, pero también de difusión de Montserrat como una especie de antena del Evangelio. La acogida siempre es abierta a todo el mundo. Aquí no preguntamos a los que vienen sobre sus creencias, sino que acogemos siempre.

-Los encuentros de animación para jóvenes, las vigilias de oración, muchas reuniones interdiocesanas de movimientos y sesiones de liturgia son algunas de las actividades que tienen el monasterio como marco. Y es que Montserrat siempre ha sido sinónimo, como usted ya apuntaba ahora, de acogida a personas y grupos, unidos en muchos casos por la fe. Desde la condición de anfitrión, ¿como definiría usted la acogida?

-La acogida es una realidad fundamental en la tradición monástica, ya desde antes de San Benito y concretamente a partir de su aportación. Por otro lado, Montserrat ha intentado, a lo largo de la historia, vivirla y ponerla en práctica de muchas maneras. Pienso, por ejemplo, en la época del final del franquismo, cuando hubo un encierro de intelectuales que protestaban por el conocido proceso de Burgos. En aquel momento, el Papa Pablo VI pidió al abad de entonces, Cassià Maria Just, que la comunidad recibiese a todos los que llegasen, ya que era necesario aclararlo al haber gente que no lo entendía. Pero aquella actitud ya venía de la tradición monástica y de la misión eclesial que teníamos confiada. Para mí, la acogida es, como nos recuerda San Benito, vivir el misterio de un encuentro. Nuestro fundador nos dice que, cuando acogemos, tenemos que ver a la persona de Cristo que está presente en el otro, tanto si es creyente como si no (podríamos decir hoy en día). Y esto implica una actitud de hacer que ese otro se sienta bien, intentar hacerse cargo de su situación, escucharlo, ayudarlo, quizá contribuir a curar las heridas que lleva y animarle a vivir. En definitiva, se trata de una atención lo más personalizada posible, aunque sea a base de recibir grupos.

-¿Por qué Montserrat es el gran punto de referencia para todos los catalanes más allá incluso de las creencias religiosas? ¿Y cómo valora usted el hecho que muchas personas no creyentes o no cristianas vean la importancia social de la montaña y el monasterio?

-El hecho de que sea un punto de referencia para todos los catalanes tiene varias razones. Entre ellas destacaría que Montserrat, al margen de ser un monasterio y un santuario, ha procurado siempre estar muy abierto a la realidad de Cataluña. De hecho, si se estudia la historia de Montserrat, se ve claramente que va paralela a la historia del país, por ejemplo en momentos de crisis o de florecimiento cultural. Seguramente es a los historiadores o a los sociólogos a quienes correspondería explicar por qué se produce esto. Por otro lado, por la misma característica de arraigo a la Iglesia y a Cataluña, Montserrat ha defendido la lengua catalana, la identidad y la cultura en momentos de dificultad, lo cual ha convertido a la montaña en un lugar respetable que, además, tuvo sus puertas abiertas en épocas complejas como la dictadura franquista, precisamente amparándose en el Concordato con la Santa Sede vigente entonces. Por eso acogíamos a grupos políticos, sindicales y cívicos de diferentes signos e ideologías, pero siempre con el deseo de llegar unos y otros a conseguir una sociedad democrática en el momento en que ello fuese posible.

-¿Le preocupa que Montserrat pueda ser considerado más un lugar turístico que un santuario o un lugar religioso?

-Sí. Me preocupa mucho. Tenemos que intentar que no sea sólo un sitio turístico. Como decía un monje que ahora ya no está entre nosotros, tenemos que procurar que quien sube a la montaña como turista baje como peregrino. Y es que Montserrat tiene un marco natural, que es la montaña, y una dimensión cultural, como la biblioteca, la Escolania o el museo, dos pilares que favorecen la parte más turística. Pero nuestro trabajo pastoral se centra en un objetivo primordial, que ya cité antes: ser una antena del Evangelio, respetando a todos pero proponiendo a Jesucristo como persona a través de la devoción popular a la Virgen María como modelo.

-Tanto al abad como a la comunidad, ¿qué aportan las numerosos peregrinaciones que se organizan cada año (muchas veces a pie) hasta Montserrat?

-Las peregrinaciones tienden a aumentar y la basílica, sobre todo los fines de semana, está cada vez más llena. Esta realidad supone un enriquecimiento mutuo, e incluso una evangelización mutua. A los monjes nos hace un bien muy grande ver que los peregrinos suben con fe, con cierta austeridad y buscando una renovación de su fe o, al menos, una palabra que les anime a continuar viviendo su compromiso y su vida. Por otro lado, y esto no es mérito de los monjes, Dios se sirve de la comunidad para movilizar a muchas personas, a ayudarlas a discernir los caminos que deben seguir, aconsejar… Y detrás de todo esto, como creyentes, nosotros vemos la mano de Dios y la Providencia que hace que unos y otros seamos signos positivos.

-Se han dicho muchas cosas, en los últimos años, sobre el origen de la imagen de la Virgen de Montserrat y sobre la devoción a la Moreneta. ¿Como define normalmente usted esta advocación de María cuando se dirige a alguien que no la conoce?

-A partir de los estudios que se han realizado, los orígenes están ahora bastante claros. Pero al margen de esto, para definir la imagen, yo diría que es María como trono de la sabiduría divina, que es Jesucristo. Es la Virgen quien presenta a su hijo, como también la interpretó Juan Pablo II cuando visitó Montserrat el 7 de septiembre de 1982. Pero por otro lado, aun teniendo presente su color moreno y su vestimenta dorada, me gusta verla como un reflejo de la esposa del Cántico de los Cánticos y del Salmo 44, dos textos bíblicos que la liturgia ha aplicado a la Madre de Dios. Creo que el autor de la imagen de Montserrat quería evocar estas dos figuras bíblicas en el momento de plasmar la silueta de María, para que quien la venere o la contempla dé el paso de pensar en la persona más amada por Dios pero, por otro lado, también un modelo, símbolo, o icono de la misma Iglesia, que está llamada, a su vez, a ser esposa de Cristo en un gesto de comunión.

-Entre febrero y marzo de 2001, técnicos de la Generalitat completaron un estudio físico y un análisis radiológico de la imagen de la Virgen de Montserrat. Se trata de una aportación importante, ¿verdad?

-Es la primera vez que se ha hecho un estudio científico serio de la imagen. Y más allá de lo que reflejaron los medios de comunicación en aquel momento (centrándose en el color de la cara, si era originariamente blanco o moreno), lo importante es que la imagen de la Virgen (la del niño Jesús es posterior porque desapareció) es la original del siglo XII y, por tanto, la misma que han venerado tantos santos. Para mí, esto es lo fundamental.

-El 15 de junio, la Santa Sede anunció la división de la archidiócesis de Barcelona, que pasa a ser ahora una nueva Provincia Eclesiástica. De acuerdo con esta reorganización, Montserrat queda integrada en la diócesis de Sant Feliu de Llobregat. ¿Cambia algo en el monasterio con esta reubicación?

-En el interior del monasterio, no. Las comunidades benedictinas somos autónomas y estamos exentas de la dinámica diocesana. Por tanto, en este sentido, no cambia nada a nivel interno. Lógicamente, a nivel jurídico, lo que cambia es que dejamos de ser de la diócesis de Barcelona y pasamos a Sant Feliu. Pero yo quería subrayar que ahora afrontamos un cambio y que estamos dispuestos a colaborar con el nacimiento y el desarrollo de una nueva diócesis, todo un reto.

-Usted mismo firmó, pocos días después del anuncio de la división, un comunicado en el que mostraba “sorpresa” ante la decisión de la Santa Sede. ¿Cuál es su visión, personal y como abad, de toda la reorganización?

-Mostré mi sorpresa porque, por un lado, el propio cardenal Ricard Maria Carles (ahora arzobispo emérito de Barcelona) había dicho que no era el momento de hacer la división. Por otro lado, yo intuía la reacción de muchos sacerdotes y laicos, como así se ha producido, en forma de preocupación, a veces de decepción, y de no haberse sentido suficientemente escuchados. Y finalmente, expresé mi sorpresa porque preveía que una división sin preparación conllevaría muchas dificultades prácticas, que son las que realmente están encontrándose en estos momentos a la hora de distribuir los bienes, los servicios y otros asuntos, a pesar de que se mantienen focos comunes interdiocesanos. En definitiva, no es misión fácil. Seguramente habría sido mejor prepararlo antes y materializarlo después. Pero en todo caso, una vez que se ha hecho de otra manera, lo que tenemos que hacer es ponernos a trabajar para que esta división vaya bien porque, posiblemente en el futuro, el hecho de que la figura del obispo sea más cercana a las comunidades cristianas, así como a sacerdotes, diáconos y fieles en general, será muy positivo. Por tanto, hay que trabajar con entusiasmo para hacer crecer estas tres Iglesias diocesanas.

-Hablemos un poco de los monjes benedictinos. Cada monasterio de la orden tiene una gran autonomía, pero siempre siguiendo la Regla de San Benito. ¿Cómo explicaría usted esto en pocas palabras, si es posible?

-Es un poco difícil explicarlo en pocas palabras. En todo caso, la Regla de San Benito es un texto adaptable a diversas épocas y circunstancias, lo cual ha hecho que un escrito del siglo VI mantenga su vigencia en el XXI mientras otras reglas monásticas se han ido quedando por el camino. La de San Benito no es tanto un texto que marque unas normas de vida para cumplir, sino sobre todo un escrito que indica un camino y una experiencia espiritual, lo cual es adaptable a todos los tiempos. El proyecto de San Benito es, pues, de autonomía para cada comunidad. Incluso en el siglo VI, ya prevé una autonomía de cada monasterio mucho mayor de lo que hoy es posible a nivel social, con el objetivo de que cada monje pueda centrarse en lo esencial. En todo caso, lo que quiere el fundador es que la comunidad no tenga injerencias negativas procedentes de fuera. El abad tiene, también por ello, una autoridad con la ayuda de un consejo de gobierno que le ayuda. La historia ha demostrado, además, que también era bueno que los monasterios se ayudasen unos a otros. Y ello ha permitido encontrar una estructura que, por un lado, respeta la autonomía de cada monasterio pero también hace que podamos enriquecernos mutuamente.

-¿Cuántos monjes viven en estos momentos en el Monasterio de Montserrat?

-En estos momentos, algo más de 70. Pero además, tenemos dos casas que dependen de nosotros, lo que significa otros 15 monjes: el Miracle (en la diócesis de Solsona) y Cuixà (en la diócesis francesa de Perpiñán), así como algunos religiosos que viven en Roma.

-¿Cuáles son las principales diferencias entre los monjes de Montserrat y los de otros monasterios benedictins d’en cualquier parte del mundo?

-Cada monasterio tiene su propia personalidad. Ahora bien, en Montserrat, se dan unas características que, sumadas, dan a este monasterio una fisonomía seguramente única dentro de la orden benedictina: Es un monasterio unido a un santuario mariano que ha llegado a convertirse en un centro de cultura y, como ya se sabe, en un punto de referencia para los catalanes. Otro elemento característico, que convierte a Montserrat en un lugar único, es tener una Escolania muy famosa, con niños que han alcanzado un nivel bastante alto.

-¿Cómo está ahora la Escolania?

-A nivel musical, pasa por un buen momento. Sin embargo, constatamos que hay menos candidatos a entrar ahora que en otras épocas. Y como siempre seleccionamos a los cantores según su nivel y exigimos ciertos conocimientos musicales, así como la capacidad de adaptación, parece lógico dentro de que nos hace reflexionar.

-Muchos recuerdan la fuerte tromba de agua que afectó gravemente al Monasterio de Montserrat aquel sábado de principios de junio de 2000. ¿Fue el peor momento que usted vivió como abad?

-Sólo hacía tres semanas que me habían elegido abad y, ciertamente, fue uno de los peores momentos. Pero visto ahora en perspectiva, y teniendo en cuenta que en aquel momento no hubo ninguna desgracia personal (porque se produjo a las 6 de la mañana), aquella tromba de agua hizo posible una serie de renovaciones a nivel de santuario (tiendas, espacio audiovisual, etc.) que a lo mejor no habríamos hecho. Al quedar destruido todo esto, modernizamos estos espacios. El momento fue difícil y doloroso, incluso con cierta oscuridad sobre el futuro, pero ahora lo vemos como una ocasión que ha ayudado a mejorar Montserrat.

-Hace poco que se ha inaugurado el renovado y ampliado Museo de Montserrat. ¿Qué aporta este museo a la vida del monasterio?

-Aporta una riqueza cultural y nos posibilita una apertura al mundo de la cultura. Por un lado, la Iglesia ama la cultura, la custodia y la pone al alcance de la gente, y por otro lado la propia cultura que genera la Iglesia permite a esta gran institución entrar en diálogo fecundo con el mundo cultural no confesional (o laico, según la terminología italiana). Además, a nosotros, el museo nos permite poner al alcance de los que suben a la montaña este patrimonio que es de la comunidad. Tras esta ampliación, esperemos que, dentro de unos años, podamos ofrecer y presentar al público algunas colecciones nuevas que todavía no están visibles.

-La actualidad marca también espacios como éste. ¿Qué piensa usted de las últimas iniciativas del Gobierno central, o de la Generalitat, que afectan a la familia, la moral, la enseñanza o incluso el derecho a la vida?

-Yo haría una distinción sobre la enseñanza, particularmente en Cataluña. Desde la inauguración del VI Congreso de la Escuela Cristiana, donde coincidieron la consejera de Educación y el arzobispo de Barcelona, se ha empezado a manifestar claramente una voluntad de llegar a un pacto de enseñanza entre la Generalitat, el Parlamento y el mundo educativo, incluidos los centros cristianos. Se trata de que los programas educativos y la enseñanza de la materia religiosa no estén a merced de los gobiernos de turno. Y esto que ha empezado a realizarse es un modelo de lo que debería hacerse también en el resto de España. Los otros temas que usted me plantea son muy complejos y, a veces, tengo la impresión de que se tratan muy superficialmente, sobre todo en ciertos medios de comunicación. Afectan a cuestiones muy serias, como la dignidad de la persona, la antropología, el concepto de persona humana que tenemos, la psicología, la biología… No se puede frivolizar todo esto. Sería necesaria una reflexión serena y honesta, en el sentido de no provocar necesidades generales que no lo son tanto, y también está muy bien que la Iglesia haga oír su voz. Me parece, y veo que es el talante de muchos obispos, que lo mejor es hacerlo con tranquilidad, intentando convencer a partir de lo que nosotros creemos sobre la persona humana desde la fe cristiana, pero no imponer.

-Acabamos con una pregunta personal, pero quizás interesante o, como mínimo, curiosa. Usted viajaba, en la primavera de 1997, en el tren que sufrió un grave accidente en la estación ferroviaria de Huarte Arakil (Navarra), una tragedia para muchas familias. Aquella experiencia, afortunadamente, no tuvo consecuencias para usted. ¿Pero qué recuerda?

-Iba de viaje a un monasterio del País Vasco. Recuerdo varias cosas, pero me gustaría destacar dos: La primera es una experiencia personal. Yo iba en el primer vagón, que es el que quedó enganchado en la máquina, y me di cuenta de que el tren había descarrilado. Los cristales de la parte contraria a la mía iban rompiéndose cuando tocaban con los palos de la catenaria mientras la gente gritaba. El recuerdo que yo tengo, ante mi propia sorpresa, es el de pensar que podía ser el final de mi vida, pero con serenidad y sin miedo. Era el lunes de Pascua, y la primera idea que me vino a la mente es que, el día antes, había celebrado la Vigilia Pascual y que a lo mejor aquello que acaba de vivir en la liturgia podía experimentarlo en mi propia vida. Toda esta vivencia personal fueron unos segundos, incluso unos minutos, porque no sabía en aquél momento si el tren se precipitaría o pasaría algo peor. La segunda experiencia fue ver cómo ya, luego, los otros vagones quedaron, uno encima de otro, convertidos en un amasijo de hierro. De ahí se iban sacando heridos y, sobre todo, muertos. Por tanto, fue algo que me enseñó mucho sobre la relatividad de la vida. Di en aquel momento, como sacerdote, la absolución “sub conditio” a los moribundos.

Por otro lado, al día siguiente, vi la fotografía de todos los muertos. Y recuerdo que, entre los retratos, estaba una pareja joven, un chico y una chica a quienes yo había visto varias veces pasar, durante el viaje, con mucha alegría. Esa imagen me transmitió la debilidad de la vida humana, que para un creyente reafirma la idea de que hay otra dimensión de plenitud que va más allá de la vida. Y finalmente, ya unos días después, en un artículo de prensa, leí esta reflexión: Dios ayudó a todos los que salieron ilesos. Pero yo añadiría: Y a todos. Dios no es contrario a los que murieron, y su amor fue el mismo para los unos, los que murieron, como para los otros, los que se salvaron.

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