Juan Pablo II como defensor de la vida y la dignidad

Juan Pablo II, el Grande, nos ha dejado. En momentos como éstos, a todos se nos agolpan recuerdos, emociones, vivencias. Recuerdo especialmente en est…

Juan Pablo II, el Grande, nos ha dejado. En momentos como éstos, a todos se nos agolpan recuerdos, emociones, vivencias. Recuerdo especialmente en estos días su fuerte apretón de manos, mis manos entre las suyas, y las palabras que lo acompañaron cuando, al saber mi dedicación a Pro Vida, me dijo “Bene, bene, benissimo”. Esto fue en Roma, hace más de veinticinco años.

 

Qué fuerza en sus palabras, con ocasión de un seminario de la Federación Internacional del Derecho a la Vida celebrado en Roma en 1986:

 

“Lo que se necesita es la audacia de decir la verdad claramente, sencillamente y con valentía, pero nunca con odio o falta de respeto hacia las personas. Debemos estar firmemente convencidos de que la verdad libera a la gente. Lo que constituye la primera fuente de libertad y justicia no es nuestra persuasiva argumentación o la elocuencia personal, por útiles que puedan ser, sino la verdad misma. Ser, pues, pro vida, defender el derecho a la vida significa apoyar la verdad, especialmente la verdad sobre el don divino de la dignidad y valor de todo ser humano. Resulta muy estimulante ver cuanta gente de buena voluntad, por todo el mundo, acepta de todo corazón la verdad, cuando se le presenta con hechos y con razonamientos convincentes científicos y morales.”

 

Diez años después, en un congreso, nos decía:

 

“La vida, que de siempre ha sido acogida y deseada como un gran bien por la Humanidad, además de constituir el valor fundamental y primario para cada persona, debe ser hoy reafirmada, asimilada y reconquistada por una cultura que, en caso contrario, tiene el riesgo de cerrarse en sí misma y de autodestruirse o de reducir la vida a una mercancía de consumo de la sociedad del bienestar.”

 

Y en otras ocasiones ha insistido:

 

“No tiene futuro una sociedad incapaz de valorar debidamente la riqueza que representa un hijo que nace, y de apreciar la vocación de la mujer a la maternidad”.

 

“Deseo reafirmar que el respeto a la vida desde su concepción hasta su muerte natural constituye el momento esencial de la cuestión social moderna. La falta de dicho respeto en las sociedades desarrolladas tiene graves consecuencias en los países en vías de desarrollo, donde aún se insiste en las perniciosas campañas antinatalistas y se nota sobre todo en el ámbito de la procreación humana artificial y en el del debate relativo a la eutanasia”.

 

Siempre he admirado que el Papa, antes de elaborar un documento, consultase a expertos profesionales en la materia de que se tratara. No es de extrañar, pues, que recomendase a quienes propiciamos actividades a favor de la vida humana, una preparación profunda en el ámbito de las temáticas médica, ética, jurídica y social.

 

La lucha en defensa de la vida puede ganarse sólo si al entusiasmo y a la valentía de cuantos participan en ella se añade una preparación específica en estos campos. En particular, se requiere una formación en el importante campo de la bioética, destinada, ante todo, a los agentes sanitarios, pero también a cada uno de los ciudadanos.

 

Ya en el discurso que en febrero de 1979 hizo a los participantes en el Congreso Europeo de Movimientos por la Vida, nos había dicho:

 

“Lucháis para que se reconozca en todo hombre el derecho a nacer, a crecer, a desarrollar armoniosamente sus propias capacidades, a construir libre y dignamente su propio destino trascendente.

 

Vuestro empeño consiste, en primer lugar, en una acción inteligente y asidua, para sensibilizar las conciencias acerca de la inviolabilidad de la vida humana en todos sus estadios, de forma que el derecho a ella se reconozca eficazmente en las costumbres y en las leyes, como valor fundamental para cualquier convivencia que quiera llamarse civil; ese empeño se expresa, después, en la valiente toma de posición contra cualquier forma de atentado a la vida, venga de donde venga; se traduce, por último, en el ofrecimiento desinteresado y respetuoso, de ayudas concretas a las personas que encuentran dificultades para conformar su propio comportamiento con los dictámenes de la conciencia.

 

Que no os desalienten las dificultades, las oposiciones o los fracasos que podáis hallar en vuestro camino. Lo que está en juego es el hombre, y cuando lo que se juega es eso, nadie puede encerrarse en una actitud de pasividad resignada si no es abdicando de sí mismo”.

 

Sí. Estoy reviviendo emociones. Y al mismo tiempo mente y corazón se reafirman en la doctrina de Juan Pablo II, es decir, la doctrina de la Iglesia.

 

Dolors Voltas Baró, presidenta de la Federación Española de Asociaciones Pro Vida

 

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