Justicia e impunidad: para echarse a reír o a llorar

Uno de los mayores males que aquejan a la sociedad española no ocupa ningún lugar destacado en el ranking de problemas que, periódicamente, aparecen e…

Uno de los mayores males que aquejan a la sociedad española no ocupa ningún lugar destacado en el ranking de problemas que, periódicamente, aparecen en las encuestas de opinión. Se trata del estado de la justicia. Su situación es tal que constituye a la vez un problema económico –es una de las causas de la poca competitividad española- social y político.

El problema de la justicia en España es tan grande que, necesariamente, necesita de otros ‘colaboradores’ para que se haya producido. Son los gobiernos y la oposición, los diputados y senadores, quienes han adoptado siempre medidas insuficientes o equivocadas.

Hace poco, un destacado abogado en ejercicio, José María Loperena, que ha escrito un libro que no tiene desperdicio, El circo de la justicia”, declaraba que “los jueces substitutos son un peligro público”. Una afirmación trágica, pero nadie parece dispuesto a desmentirlo y mucho menos a enjuiciarlo por ello, posiblemente porque es muy exacto.

Desidia llama a desidia

Es muy exacto ésto y también lo es que no hay ninguna medida de la productividad y la eficacia real de los jueces, mermadas por la insuficiencia de medios de la administración de la justicia; porque, la desidia llama a la desidia.

Pero, no se trata solamente de jueces, de medios, ni tan siquiera de la politización extrema a la que se encuentra sometido el tercer poder que limita su independencia y, por consiguiente, daña notablemente la calidad, ya de por si baja, de nuestra democracia. No se trata solo de esto, sino también de lo inadecuado de las propias leyes y de la forma en que se aplican.

Un ejemplo claro es la impunidad con que actúan los okupas en este país como consecuencia de cómo se aplica la ley.

Otro fenómeno que deja absolutamente indefenso al ciudadano es el de las nuevas bandas que invaden domicilios privados, agreden violentamente a sus dueños para conseguir su botín, e incluso no dudan en acudir al secuestro cuando lo consideran necesario. Una violencia desmedida que te entra en casa en el momento más imprevisto.

En realidad, doloroso es decirlo, el garantismo de la justicia española actúa en contra del ciudadano, que hoy está indefenso ante la violencia y el delito. Lo peor de todo es que este garantismo buenista y ñoño choca luego con la incapacidad por falta de recursos y voluntad de aplicar verdaderas políticas de reinserción.

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