Kant en la mente de Ratzinger (II)

En Spes salvi, Ratzinger se refiere a dos opúsculos menores escritos por Inmanuel Kant en su ancianidad (& 19). El primero, titulado, La vi…

En Spes salvi, Ratzinger se refiere a dos opúsculos menores escritos por Inmanuel Kant en su ancianidad (& 19). El primero, titulado, La victoria del principio bueno sobre el mal y la constitución de un reino de Dios sobre la tierra, fue publicado en 1792 y el segundo, El final de todas las cosas, editado en 1795. Son dos textos breves de la última etapa de la vida del gran pensador de Königsberg que moriría en la ciudad que le vio nacer, en 1804.

En otros discursos, Ratzinger ha demostrado ser un perspicaz lector del autor de la Crítica de la razón pura (1781), pero en la última encíclica, no sólo se refiere a él, sino que le cita para avalar alguna de sus ideas fundamentales.

Kant, uno de los pensadores paradigmáticos de la Aufklärung germana, defiende la autonomía del ser humano frente al poder religioso y político y su capacidad para pensar por sí mismo y para buscar el pleno desarrollo de su ser y de la sociedad a través del uso público de la racionalidad.

Ratzinger no critica Kant en esta encíclica, tampoco analiza la fundamentación de su ética. Recoge, simplemente, una hipótesis de trabajo que el mismo Kant elabora en el opúsculo de 1795.

Kant constata que en el proceso de la Ilustración de los pueblos, la fe racional suplirá paulatinamente a la fe eclesiástica. La salida del estado de minoría de edad que representa para Kant la Ilustración, conlleva, necesariamente la crítica racional de la religión y la depuración de los elementos mitológicos, supersticiosos e infantiles de la fe eclesiástica.

Dice que las revoluciones pueden acelerar los tiempos de este paso de la fe eclesiástica a la fe racional. El autor de la Crítica se refiere explícitamente a la revolución francesa de 1789 que tuvo lugar durante su vida.

Observa Kant, que el horizonte final de la historia tal y como se concibe en la Ilustración se transforma radicalmente respecto al Antiguo Régimen. Ya no se espera un mundo en el más allá, un reino de amor trascendente, sino una sociedad racionalmente constituida y articulada a partir de los valores de la libertad, la igualdad y la fraternidad.

“’El reino de Dios’ del que había hablado Jesús -dice Benito XVI- , recibe aquí una nueva definición y asume también una nueva presencia; existe, por así decirlo, una nueva ‘espera inmediata’: el ‘reino de Dios’ llega allí donde la ‘fe eclesiástica’ es superada y reemplazada por la ‘fe religiosa’, es decir por la simple fe racional” (& 19).

“Kant -afirma Ratzinger- toma en consideración la posibilidad de que, junto al final natural de todas las cosas, se produzca también uno contrario a la naturaleza, perverso. A este respecto, escribe:

‘Si llegara un día en el que el cristianismo no fuera ya digno de amor, el pensamiento dominante de los hombres debería convertirse en el de un rechazo y una oposición contra él; y el anticristo (…) inauguraría su régimen, aunque breve (fundado presumiblemente en el miedo y el egoísmo). A continuación, no obstante, puesto que el cristianismo aun habiendo sido destinado a ser la religión universal, no habría sido ayudado de hecho por el destino a serlo, podría ocurrir, bajo el aspecto moral, el final (perverso) de todas las cosas’” (& 19).

He aquí la cita más larga de la última encíclica de Benito XVI. No es una cita de un documento del Concilio Vaticano II, ni de un documento pontificio anterior. Se refiere a una hipotética posibilidad histórica, a un futurible.

Kant, como buen pietista luterano, tenía gran estima por Jesús, concebido como maestro moral y por el valor de la religión, dentro de los límites de la razón, como señala en otro de sus celebrados opúsculos, La religión dentro de los límites de la razón (1793). De ningún modo es un autor ateo y, menos aún, antirreligioso como en ocasiones se ha querido ver en él.

Kant apuesta por la racionalidad en la vida práctica, como Ratzinger defiende la racionalidad de la fe frente al fanatismo y el fundamentalismo ciego. El polémico discurso de Ratisbona es claro respecto a este punto, pero Ratzinger hace ver, siguiendo a Kant, que el cristianismo debe fecundar la racionalidad, pues si algún día desapareciese del orden del mundo, se derivarían las peores atrocidades, sólo gobernaría el miedo y el egoísmo.

Amparándose en el más grande de los pensadores ilustrados, Ratzinger muestra como el cristianismo es fundamental para el pleno desarrollo de las sociedades y que su total olvido o ausencia significaría entrar en una vereda que sólo podría llevarnos a un perverso final.

Ratzinger no afirma que vivamos ya en este período final y, menos aún, que el anticristo haya colonizado nuestro mundo, pero la referencia a Kant, tan larga y precisa, no es, baladí. Apuesta por la esperanza, una esperanza que se funda en la fe, pero que no es un grito desesperado.

No puede calificarse su pensamiento de apocalíptico, porque no afirma en ningún lugar que estemos ya en el más perverso de los mundos posibles o como dijera, en un tono más suave, el pensador judío Hans Jonas, más cerca del perverso final. Es verdad que, según algunos analistas, vivimos ya, plenamente en la era del miedo (líquido), como Zygmunt Bauman afirma, o en la sociedad del yo (Gilles Lipovetsky), pero Ratzinger no confirma en ningún lugar que la hipótesis kantiana se haya hecho ya realidad. Le cita largamente, pero, ni siquiera comenta el texto kantiano.

En definitiva, Ratzinger no niega el valor de la Ilustración, ni el uso público de la racionalidad, ni el espíritu de emancipación y de crítica que definen a la Modernidad. Sin embargo, afirma que también el espíritu ilustrado debe someterse a autocrítica para alcanzar su plena madurez.

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