La alegría de crecer

El mundo de la fe es para muchos cristianos, desconocido. Muchos ignoran la riqueza de su bautismo, desconocen su filiación divina y pueden lle…

El mundo de la fe es para muchos cristianos, desconocido. Muchos ignoran la riqueza de su bautismo, desconocen su filiación divina y pueden llegar a pensar que, para ellos, la fe tiene un valor meramente opcional, libre de toda exigencia y confundiéndolo muchas veces con devociones externas y ritos que no corresponden a compromiso personal alguno. Se pierde así la auténtica alegría de creer.

El Santo Padre Benedicto XVI, gran conocedor del mundo que nos ha tocado vivir, ha querido proclamar un Año de la fe (ll de octubre de 2012 a 24 de noviembre de 2013) para que todos los fieles comprendan con mayor profundidad que el fundamento de la fe cristiana es “el encuentro con una Persona que da un nuevo horizonte a la vida…”

Realmente la fe no es solo la aceptación de unas verdades por la autoridad de quien las afirma. Es antes que nada la aceptación de la persona que nos enseña dichas verdades. Santo Tomás expresa que la fe es siempre “creer algo a alguien”. De quien sea ese alguien dependerá la mayor o menor intensidad y seguridad de la fe. En la fe sobrenatural ese alguien es Dios, revelado en Jesucristo que, al ser Dios, verdad infalible, no puede engañarse ni engañarnos.
Es una virtud sobrenatural, está fuera de las posibilidades del hombre, pero requiere la colaboración humana. Recordemos las palabras de S. Agustín: “Dios que te hacreado sin ti, no te salvará sin ti”.
Pero la fe no es excesivamente intelectual. No se trata de estudiar solamente los dogmas y aceptarlos sin reservas, sino que se necesita la ayuda de la gracia de Dios y la conversión integral del hombre que compromete la vida entera.
También hay que subrayar que la fe no es tampoco puramente sentimental, lo que se entiende como una reacción emocionada ante un misterio o imágenes (romerías, procesiones…) De esta forma los dogmas y prácticas religiosas tendrían validez solo en cuanto sirvieran al sentimiento, actuandoentonces no por un convencimiento estudioso sino solo por el sentimentalismo, tan difundido hoy en nuestra sociedad.
El Catecismo de la Iglesia Católica o su Compendio son buenos instrumentos para el aprendizaje o redescubrimiento de la fe. En su primer capítulo el Catecismo se inicia con un título muy sugestivo: “El hombre es “capaz” de Dios”. El Creador eleva al hombre a una gran dignidad y le considera apto para dialogar con El.
Hay que decir también que la fe no es solo necesaria para conseguir la vida eterna, sino que en esta vida, teniendo fe, se suavizan los problemas, se descubre la auténtica alegría y la autoestima sube voltios: ¡hijo de Dios!
En una homilía pronunciada por el Papa, hace ya algún tiempo, afirmaba: “La fe no es algo que produce miedo, sino todo lo contrario; es fuente de auténtica felicidad, quien cree no está nunca solo”. Pero creer “¿es algo razonable?” se preguntaba. “Nosotros creemos en Dios. Esta es nuestra decisión de fondo. Desde la Ilustración, al menos una parte de la ciencia se empeña con tesón en buscar una explicación del mundo en la que Dios sea superfluo. De este modo, Él debería convertirse en algo inútil para nuestra vida. Pero, cada vez que podía parecer que ya casi se lograba, volvía a ser evidente: ¡no cuadran las cuentas!” “Las cuentas del hombre, sin Dios, no cuadran, y las cuentas del hombre, con todo su vasto universo, sin Él no cuadran”.
Por tanto, decidirse por Dios es la opción más rentable de la vida humana. Así lo entendieron los santos, verdaderos gigantes de la fe que, pese a todas las contrariedades y sufrimientos que tuvieron que padecer, fueron los más felices durante su vida terrenal.
(“¿Un santo triste? Un triste santo (santa. Teresa de Jesús)” y lo continúan siendo, de una forma indescriptible, eternamente en el cielo.
Solución práctica: Si quieres ser feliz, ten fe, si quieres ser muy feliz, ten más fe y si quieres ser muy muy feliz ¡emborráchate de fe!
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