La alegría de las Carmelitas

Vista desde fuera y para quien no tenga mucha fe, la vida de los religiosos de clausura resulta difícil de entender. Más de uno piensa q…

Vista desde fuera y para quien no tenga mucha fe, la vida de los religiosos de clausura resulta difícil de entender. Más de uno piensa que serán personas que huyen del mundo quizás porque les ha ido mal, por algún desengaño o por no enfrentarse a los problemas de la vida ordinaria. Para quienes no llegan a tanto, sugiere como mínimo la imagen de lo severo, seco, triste, una vida mortificada llena de pena, en la que sólo se espera como contraprestación el premio en la vida eterna. Sin duda los religiosos esperan llegar al cielo, pero conocer a algunos de ellos muestra precisamente lo contrario de lo dicho antes: la profunda alegría que impregna a estas personas. Santa Teresa decía que “un santo triste es un triste santo” y animaba a sus monjas a “andar alegres sirviendo”.

Mantengo relación frecuente con las Carmelitas del convento que se encuentra en Jesús, un barrio de Tortosa. Su acogida cordial a las personas que las visitan, su afabilidad de trato aunque se manifiesta tras la reja o el torno, su ánimo alegre tanto entre las más jóvenes como en las de más edad evidencian cuán lejos de aquella casa está la tristeza, el desánimo, la aflicción. Uno se da cuenta que viven muy cerca de Dios. Están en la línea de santa Teresa, que transmitía una alegría contagiosa.

Llama también la atención cómo conocen la vida a pesar de que no estén en la calle. Se les podría aplicar aquello que escribió el periodista británico Malcom Muggeridge en su biografía de la Madre Teresa de Calcuta: “Tiene la inestimable ventaja de no ver nunca la televisión, de no oír la radio y de no leer los periódicos, por lo que tiene una visión clara de lo que sucede en el mundo”. Como periodista me impacta. No sería adecuado que una persona que vive en medio del mundo no estuviera al tanto de los acontecimientos de cada día, pero no puedo por menos que reconocer que una gran parte de la información que circula es ruido, espuma, que nos esconde lo principal.

Quinto Centenario de Santa Teresa

El 15 de octubre han empezado las celebraciones del Quinto Centenario del nacimiento de Santa Teresa de Jesús. La santa andariega, fundadora. Durarán todo un año, en el que se va a poner mucho énfasis en revitalizar el enorme patrimonio espiritual, literario y social que representó Santa Teresa. Se celebra con mayor o menor intensidad en todas las diócesis de España y en una treintena de países. Constará de catequesis, retiros, encuentros culturales, exposiciones, ejercicios espirituales, rutas turísticas, peregrinaciones, etc. Evidentemente, el centro estará en Ávila, Alba de Tormes y las poblaciones por las que anduvo la santa.

En su mensaje con motivo del Quinto Centenario, el Papa Francisco dice que Teresa nos marca los caminos de la alegría, de la oración, de la fraternidad y del propio tiempo. Añade que tenía una alegría que “no es instantánea, superficial, bullanguera”, “una alegría que no es egoísta ni autorreferencial”.

El mensaje de Teresa trasciende el tiempo y sigue siendo válido para el mundo de hoy. Cautivan su gran vida interior, su fuerza humana. Una mujer que no se acobardó ante las dificultades y las afrontó con fuerza y alegría. Recordaba la bondad de Dios, tenía un trato muy directo con Él, muy personal, no de anonimato.

Aunque pueda parecer contraproducente en una gran santa, una de las vivencias que más me cautiva, por su espontaneidad, por su relación directa con Cristo y por los ánimos que nos da, es la que le ocurriera en una de sus andanzas. Sus quejas al Señor por las enfermedades, problemas, arideces, eran siempre invocaciones. En uno de sus viajes para nuevas fundaciones iba en un carruaje que se quedó colgado o volcado en una torrentera. Ella saltó del carro, cayó en el agua hasta las rodillas y se lastimó. Se lamentó:

Señor, entre tantos daños y me viene esto

Teresa, así trato yo a mis amigos, le respondió Dios

Y ella, que no se cortaba, le dijo: Por eso tienes tan pocos.

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