¡La alegría del Evangelio!

Queridos hermanos todos: Los que participasteis en la edición del año pasado de esta marcha a Aránzazu, recordaréis que el…

Queridos hermanos todos:

Los que participasteis en la edición del año pasado de esta marcha a Aránzazu, recordaréis que el tema que desarrollábamos en la homilía de esta liturgia era precisamente la acción de gracias por la elección del Papa Francisco. Pues bien, ya se ha cumplido el primer aniversario de su llegada a Roma; y en esta nueva edición de la marcha a Aránzazu, la Diócesis de San Sebastián ha sido convocada para orar, reflexionar y acoger la Exhortación Evangelii Gaudium, en la cual el Papa Francisco nos ha ofrecido sus intuiciones, presentándolas como una orientación programática de su pontificado.

Con este deseo, a lo largo de toda la subida a este Santuario nos hemos empapado con reflexiones de dicha Exhortación, como quien camina bajo un sirimiri que le va penetrando profundamente. Llegado este momento, ante la presencia de nuestra Amatxo de Aránzazu, nos disponemos a reafirmar nuestra determinación de emprender —mejor dicho, reemprender— la senda de la Nueva Evangelización. ¿Cuáles son las claves y los acentos principales de este “kairós” —¡momento de gracia!— en la vida de la Iglesia?

1.- En primer lugar, la identificación de la llamada a la Evangelización con la invitación a la Conversión. No son dos cosas distintas, sino dos dimensiones inseparables: la conversión personal y la conversión pastoral.

Como afirmaba el entonces Cardenal Bergoglio, en el contexto de los Ejercicios Espirituales que impartió a los obispos de la Conferencia Episcopal Española en el año 2.006: “La verdadera conversión siempre es apostólica. Se trata de dejar de mirar los propios intereses para mirar los de Cristo Jesús”. “La conversión de nuestros pecados apunta a estar disponibles para los demás”. Un buen ejemplo de ello lo encontramos en el primero de los papas, San Pedro. En efecto, con un notable sentido del humor, el Cardenal Bergoglio continuaba comentando en dichos Ejercicios Espirituales: “Pedro siempre se confesó ‘pecador’ al mismo tiempo que ‘pescador’. Sus pecados no le llevaron a renegar de la misión recibida. Como tampoco su misión le hizo enmascarar su pecado, como les sucedía a los fariseos”. Por lo tanto, podemos concluir que la vocación apostólica exige vivir en permanente estado de conversión.

2.- En segundo lugar, es necesario abrazar el camino de la humildad. No debemos buscar triunfalismos, halagos y autocomplacencias; porque el estilo evangélico nos enseña la necesidad de abrazar incomprensiones, oprobios y menosprecios, como parte del seguimiento a Jesucristo. Cito de nuevo algunas palabras de Jorge María Bergoglio en los referidos Ejercicios Espirituales: “En una tierra que no haya sido arada por la cruz, el fruto estará condenado a la inconsistencia”. He aquí la importancia del camino de humildad. Con mucha frecuencia, “para edificar la Ciudad de Dios, es necesario que se derrumbe la maqueta que hemos trazado en nuestra cabeza”. En definitiva, “el Señor nos quiere conceder la gracia de sentirnos mayordomos, pero no amos; humildes servidores, como nuestra Señora, pero no príncipes”.

El hecho de que queramos ser fecundos en nuestra tarea de evangelización “es un deseo legítimo, pero el Evangelio tiene sus propias leyes de legitimación. Es como si Jesús nos dijera: serás fecundo si guardas celosamente tu condición de operario; si armonizas ‘diligencia’ con la ‘conciencia de inutilidad’; si te convences de que debes entregarte el trabajo apostólico sabiendo que uno es el que siembra, otro el que riega, otro el que cosecha…” Es decir, humildad, humildad y humildad…

3.- Otro distintivo es la alegría y el buen humor. Alguien dijo que el rostro es el espejo del alma; y ciertamente, el rostro del humilde suele ser un rostro radiante de alegría, mientras que el rostro del soberbio suele ser de tristeza y amargura.

Tengamos en cuenta que la tristeza no es solo un estado psicológico, sino que encierra también la tentación. Satanás siembra en nuestro corazón la desconfianza en el amor de Dios, la falta de autoestima, los rencores y los celos…; en definitiva, Satanás es el padre de la desesperanza. Frente a esta tentación, la alegría —¡la alegría del Evangelio!— se presenta como el estado ‘permanente’ y ‘sostenible’ de quien confía en el Señor.

Alguien dijo que: “Reírse de los demás es sarcasmo. Reírse con los demás es amistad. Y reírse de uno mismo es signo de virtud consumada”. En efecto, la verdadera alegría es la que sabe relativizar nuestras preocupación, y hasta reírse de nuestros agobios… En definitiva, no hay verdadera humildad sin alegría.

4.- En cuarto lugar, el éxito de la Nueva Evangelización requiere de nosotros el reto de la unidad que nace de la comunión en Cristo. Como dice San Ignacio de Antioquía: “Debemos luchar por conservar la inmaculada unidad de la Iglesia”.

El desafío de la comunión exige de nosotros dejar en un segundo plano nuestras ideologías e incluso nuestras propias particularidades; subrayando más lo que nos une que lo que nos separa. Estamos llamados a fundar la comunión en la unidad de la fe. Pero, una vez más, esto exige de nosotros la virtud de la humildad. He aquí unas palabras interpelantes del Cardenal Bergoglio: “La vanagloria más común es el derrotismo; porque solemos preferir ser generales de los ejércitos derrotados, a ser un simple soldado de un escuadrón que, aunque diezmado, sigue luchando”. Es decir, la unidad de la Iglesia requiere nuestra disposición gozosa a ser soldados de Cristo, buscando los puestos más humildes de servicio, renunciando a la lógica del protagonismo y del poder.

5.- Y por último, subrayemos una de las intuiciones que ocupa un lugar central en Evangelii Gaudium: La llamada a la custodia de la fragilidad, la opción preferencial por los pobres, la valoración de la debilidad como el camino del Evangelio.

No se trata de palabras retóricas o poéticas, sino que es la lógica de la Encarnación y de la Redención. Dios ha elegido el camino de la debilidad y la pobreza como forma de manifestación de su gloria. Y, siguiendo el ejemplo de Cristo, la pobreza supone por nuestra parte despojamiento. En palabras del Papa Francisco, “la verdadera pobreza duele: no sería válido un despojo sin esta dimensión penitencial. Desconfío de la limosna que no cueste y no duela”.

Por ello, la opción por la pobreza no será posible si no estamos unidos a quien es nuestro tesoro y nuestra riqueza: ¡Jesucristo! En María se nos muestra el rostro de esta ‘pobreza de espíritu’ que su Hijo predicó en el Sermón de la Montaña: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava”.

Santa María de Aránzazu, madre de la Iglesia, madre del ‘dulce Cristo en la tierra’, madre de los pobres, madre de nuestra Diócesis, madre de todos y de cada uno de los aquí presentes… ¡¡Ruega por nosotros!!

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