La avalancha que no cesa. La Iglesia debe hacer mucho más

Iglesia

La concesión de los premios de la moda de Estados Unidos, en principio, una celebración entre el glamur de las élites y la promoción de la industria, ha tenido un fuerte contenido político marcado por un personaje terrible, Cecil Richards presidenta de Planned Parenthood. Y ¿cuál es la relación entre esta organización que promueve el aborto en todo el mundo y la moda? La política es la respuesta. La entrega ha estado al servicio de dos ideas estrechamente entrelazadas por esa avalancha que no cesa. Reivindicación del poder femenino y aborto. Lo primero no nos alegra, porque no nos satisface ningún poder que se reclame para sí mismo porque por definición es peligroso. Solo el poder para servir a los demás sirve. Lo segundo es doblemente maligno. Lo es la propagación del aborto como enseña de libertad, como solución a algo, y todavía lo es más cuando se une inexorablemente a la idea de la mujer realizada. La mujer realizada ha de ser poderosa y abortar. Ese es el mensaje en nombre del “control de sus propios cuerpos”, como si el engendrar fuera la invasión de los aliens. Es una mentalidad que cabalga sobre el hedonismo individualista más descarnado y la destrucción de la vida humana. ¿Se quiere un mensaje más anticristiano? ¿Se quiere una aceptación más pasiva por parte de la sociedad y una sensación de impotencia mayor por parte de la Iglesia en Occidente?

Pero este mensaje es enviado continuamente, masivamente, por los grandes medios de comunicación y entretenimiento. También, ahora mismo, es exactamente lo que declaraba la actriz Scarlett Johansson, enemiga del matrimonio, favorable a la promiscuidad y cantora reiterada del poder femenino, que también liga al aborto.

La nueva oleada de este tipo de feminismo se reivindica por la vía del entrenamiento. Es el caso de la campaña de promoción de la película sobre un cómic famoso que tiene como superheroína a una mujer, Wonder Woman. Todo el montaje ha estado orientado a mostrar esta idea del feminismo fuerte, poderoso, que barre a los hombres. Tanto es así que incluso se han presentado proyecciones solo para mujeres. Es de locos, pero está ahí y prospera. De momento la película no funciona mal pero está lejos de ser un superéxito. En el arranque de taquilla de todas las producciones de films de superhéroes por parte de Hollywood, ocupa el lugar 15º, o sea, muy atrás, pero eso no quita para que sus promotores tengan claros sus fines que tienen poco a ver con un inocente entretenimiento: la igualdad de sexos entendida como ejercicio del poder y la fuerza. Si esa es la visión ¿cuál es el cambio que este feminismo aporta a la sociedad? es simplemente el negativo del machismo más testoesterónico, pero además tomado en serio, a lo trascedente.

En España, el país que inventó el concepto jurídico del “empapelar”, prácticamente intraducible (es cuando la ley se usa simplemente para perjudicar, para dañar) la actual ministra de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad está impulsando una reforma del Código Penal brutal e injusta: pretende que en los casos de violencia de género, la autoinculpación del delincuente no sea considerada como un atenuante . La pregunta es ¿por qué el hombre, a quien la ley contra la violencia de género ya castiga con mucha mayor gravedad que a la mujer por un mismo delito, ha de recibir además un trato discriminatorio adicional? ¿A qué viene este ensañamiento que, lógicamente, debe ser compartido?, porque esto no se lleva a cabo si el gobierno, si su presidente Mariano Rajoy y la poderosa vicepresidenta, no quieren. ¿Por qué esta medida solo para este tipo de delitos? ¿Por qué se excluyen los asesinos, los violadores de menores, los terroristas, por ejemplo? Para Dolors Montserrat estos son delitos de segundo orden. Lo único que para ella cuenta es la violencia de género. Estos son signos de la avalancha que no cesa. Y la Iglesia corre el riesgo de quedar sumergida por ella y quedar desfigurada, si no es capaz de abordar desde el vértice a la base un proyecto cultural alternativo y conducirlo a través de la creación de la opinión pública.

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