La batalla cultural: el sentido de la vida

La parábola del sembrador (Mc 4,1-8) nos ayuda a comprender la importancia de la "batalla" cultural, la propuesta de un proyecto cult…

La parábola del sembrador (Mc 4,1-8) nos ayuda a comprender la importancia de la "batalla" cultural, la propuesta de un proyecto cultural, por tanto antropológico, del sentido de la vida a toda la sociedad. Es la tierra fértil de la parábola en la que finalmente prende la simiente y da diez, veinte, cien por uno de la siembra. Esta tierra puede entenderse también como el trasfondo cultural que nos dotamos, el marco de referencia de ideas dentro del cual pensamos, elaboramos juicios y adoptamos decisiones, y que caracteriza a nuestra sociedad.

Hoy este marco referencial en buena parte de Europa, y claramente en España, es refractario a la palabra de Dios. La batalla cultural tiene por objeto transformar esta realidad, lo que exige una mayor capacidad y mejor estrategia de la Iglesia española. Entendámonos, no se trata de que las instancias católicas no produzcan cultura, pero lo hacen sobre todo para el consumo interno, y aun de manera limitada. Se trata de dar razones, comprensión, de un proyecto de vida para todos que es mejor, no porque se califique de católico, sino porque pueda ser reconocido como tal.

Un par de ejemplos pueden ilustrar la cuestión. Uno es el de los contenidos, que según un grupo de profesores de filosofía deberían configurar su estudio en la Secundaria. Al situar las referencias de lecturas citan a Platón con Apología; Descartes y el Discurso del Método; La Caverna de Saramago; el Discurso sobre el origen de la Desigualdad de los hombres de Rousseau; Los cuentos Filosóficos de Casati i Varzi; La Filosofía de Irwin i Jacobi; El Manifiesto del Partido Comunista de Marx, y El Existencialismo es un humanismo de Sartre. De la simple citación de las obras se evidencian dos características negativas. Por una parte, la desaparición de los grandes clásicos del pensamiento occidental, con las excepciones de Platón, Descartes y Marx. La otra, estrechamente relacionada con aquella, la negación de toda influencia del cristianismo en el pensar occidental. La batalla cultural consiste precisamente, continuando con el mismo ejemplo, en propiciar la educación en filosofía con mejores y más completos cánones de autores y obras, porque seguro que, si son mejores que el citado, tendrán necesariamente una fuerte -que no única- presencia de la implicación cristiana en el hacer filosófico.

El segundo ejemplo tiene que ver con algo mucho mas publico y notorio: el debate sobre el aborto hay que utilizarlo para conducir a la reflexión sobre lo fundamental, merced a que el aborto lo aborda en muchos planos distintos, como los derechos del ser humano dependiente, la protección de la vida y su relación con la dignidad de la mujer. O, desde otra perspectiva, desarrollar la evidencia silenciada de que cuando debatimos sobre el aborto lo hacemos sobre la libertad sexual y sus limites; y también sobre por qué debe prevalecer la realización del deseo (sexual) sobre la vida. Abre el capítulo de la responsabilidad del acto humano, del papel de la sociedad y por consiguiente de las instituciones publicas en todo ello, y aun para citar otra perspectiva más en el ámbito de los fundamentos, los límites a los comportamientos privados a causa de sus consecuencias sociales y económicas. En esta ultima dimensión el debate ya no es cualitativo, sino puramente cuantitativo. Algo que hecho por unos pocos resulta tolerable para el bien común deja de serlo cuando alcanza una determinada dimensión. Cuando se aprobó la ley del 1985 y posteriormente fue declarada constitucional, todo el discurso sobre el aborto quedo en manos de sus forofos. Ahora es necesario que no dejemos pasar la ocasión para recuperar el tiempo perdido y procurar el hacer pensar porque solo ya esto constituye un acto liberador. Todo esto y mucho mas es la batalla, el proyecto cultural.

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