La Biblia en su contexto: “La imagen del Padre amoroso hace retornar al Hijo” (Lc 15,1-3.11-32.)

El capítulo 15 de Lucas contiene tres parábolas estrechamente relacionadas: las de la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo perdido…

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El capítulo 15 de Lucas contiene tres parábolas estrechamente relacionadas: las de la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo perdido. La segunda y la tercera son exclusivas de Lucas. Por su parte Mateo 18,12–14 da un paralelo abreviado de la primera.

Las tres tienen un tema central, a saber: El amor anhelante del Padre por los perdidos. Ese es el tema sobre el cual se pone el énfasis en las tres parábolas. El pastor busca la oveja perdida. La mujer busca cuidadosamente hasta que ha encontrado la moneda perdida. El corazón del padre está afligido por su hijo perdido. Cuando lo ve, lo recibe de nuevo en su corazón y en su hogar. No necesitamos investigar diligentemente para encontrar el pensamiento principal único. Esta allí para que todos lo vean en vv. 7, 10, 20b–24, 32.

1. Los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharle. 2. Por esto los fariseos y los maestros de la Ley lo criticaban entre sí: «Este hombre da buena acogida a los pecadores y come con ellos.» Entonces Jesús les dijo esta parábola:

Grandes multitudes del pueblo acompañan a Jesús, pero también se le acercan todos los publícanos y pecadores.

Los publícanos se cuentan entre la gente más despreciable. Se enumeran juntos: el publicano y el ladrón; el publicano y el bandido; el publicano y el gentil; cambistas y publícanos; publícanos y meretrices; bandidos, engañadores, adúlteros y publícanos; asesinos, bandidos y publícanos. Son designados como pecadores todos aquellos cuya vida inmoral es notoria y los que ejercen una profesión nada honorable o que induce a faltar a la honradez, como los jugadores de dados, los usureros, los pastores, arrieros, buhoneros, curtidores. También pasa por pecador el que no conoce la interpretación farisea de la ley, pues si no conoce la interpretación de la ley, tampoco la observa.

Los fariseos y los escribas hablan despectivamente de Jesús: Este hombre. Lo observan en toda ocasión, pues se sienten responsables de la santidad del pueblo. Descontentos, murmuran: Tolera que se le acerquen los pecadores, los acoge y se sienta con ellos a la mesa (5,29). Con tal manera de proceder hace vano el empeño que tienen por la santidad del pueblo escogido.

Su lema es: «El hombre no debe mezclarse con los impíos.» Hay que aislar a los transgresores de la ley y a los pecadores. Hay que expulsarlos de la comunidad del santo de Dios. Así es como se ha de castigar el pecado, estigmatizar el vicio, proscribir al pecador, restaurar el orden y conservar la santidad. Lo que hace Jesús debe parecer necesariamente escandaloso. Además él se presenta como profeta que pretende obrar y hablar en nombre de Dios.

11. Jesús continuó: «Había un hombre que tenía dos hijos. 12. El menor dijo a su padre: "Dame la parte de la hacienda que me corresponde." Y el padre repartió sus bienes entre los dos. 13 El hijo menor juntó todos sus haberes, y unos días después, se fue a un país lejano. Allí malgastó su dinero llevando una vida desordenada.

Las dos parábolas relativas a la búsqueda de lo que se había perdido han puesto de manifiesto el proceder de Dios con los pecadores; la parábola del hijo pródigo mostrará también lo que pasa en el que se ha perdido. Antes se habían perdido una oveja y una moneda, aquí se ha perdido el hijo… Anteriormente se ha hablado de retorno, de conversión, pero sin decir lo que ésta significa. Ahora se descubre el sentido de esta palabra. En ambos casos se trata de defender Jesús el proceder misericordioso de Dios con los pecadores.

Según el derecho sucesorio judío, establecido en Dt 21,17, a la muerte del padre debía el primogénito, como heredero principal, recibir el doble de los bienes muebles que los demás hijos, mientras que los bienes inmuebles no podían, en principio, ser vendidos (cf. Lev 25,23ss). Si el padre, en cambio, quería ya durante su vida repartir él mismo su hacienda, no estaba sometido de manera estricta a tales disposiciones. Que este procedimiento de repartición de los bienes no era insólito, lo prueba Eclo 30,28ss. Pero también en este caso, el padre tenía, mientras vivía, el derecho al usufructo de la hacienda familiar inmueble, que era inalienable (cf. 21,31). Tras una breve dilación después de recibida la parte de sus bienes, el hijo menor lleva a la práctica la decisión, tomada ya largo tiempo atrás, de abandonar la casa paterna. Se marcha con su fortuna a una tierra extranjera, donde está libre de la vigilancia del padre y disipa allí su herencia en una vida desordenada. Su pecado consiste al mismo tiempo en la marcha de la casa paterna y en su vida de placeres, doble causa que le conduce rápidamente a la más profunda miseria, que por el hambre que se apodera entonces del país donde reside, amenaza en convertirse para él en verdadera catástrofe, ya que no encuentra allí a nadie que esté dispuesto a ayudarle.

14. Cuando ya había gastado todo, sobrevino en aquella región una escasez grande y comenzó a pasar necesidad. 15. Fue a buscar trabajo, y se puso al servicio de un habitante del lugar que lo envió a su campo a cuidar cerdos. 16. Hubiera deseado llenarse el estómago con la comida que daban a los cerdos, pero nadie le daba algo.

En períodos de hambre y de carestía lo pasa mal incluso quien posee capital. ¿Qué decir del que no tiene nada? ¿Qué haría el hijo que se lo había gastado todo y no le quedaba ya nada? Los doctores judíos de la ley dirían que debía andar hasta destrozarse los pies para llegar a la próxima comunidad judía e implorar allí ayuda y trabajo. ¿Qué hace, en cambio, el «hijo pródigo». Lo más insoportable para un judío piadoso. Se presenta a un ciudadano de aquel país pagano y se agarra a él como un pordiosero importuno. Quiere trabajar para poder vivir, quiere hacer todo lo posible para no perecer, quiere sacrificarlo todo para poder siquiera «ir tirando», y nada más. Se halla en una tierra pagana, en la que no existe el reposo sabático, no hay comidas rituales, no se observan leyes de pureza. Vive en medio de pecadores y de gentes sin ley. El trabajo que asume es intolerable para un judío piadoso: «Maldito el hombre que cría puercos.» Tiene que tratar constantemente con animales impuros (Lev 11,7), con lo cual reniega de su religión. El hijo pródigo se vuelve pecador, apóstata, impío. ¿Qué le queda ya?

En el hijo pródigo se demuestra la verdad del proverbio: «El bebedor y el comilón empobrecerán» (Prov 23,21). Se ve privado de todo lo que necesita el hombre para poder vivir como hombre. Pasa hambre. La comida que se le da es tan escasa, que suspira por el pienso de los puercos.

Ansiaba llenarse el estómago con las algarrobas a medio madurar que se daban a los puercos. Él vale menos que los animales; nadie le da de ese pienso; es un forastero. Tiene que vivir como bajo la maldición de Dios.

17. Finalmente recapacitó y se dijo: ¡Cuántos asalariados de mi padre tienen pan de sobra, mientras yo aquí me muero de hambre! 18. Tengo que hacer algo: volveré donde mi padre y le diré: «Padre, he pecado contra Dios y contra ti. 19. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo. Trátame como a uno de tus asalariados.» 20. Se levantó, pues, y se fue donde su padre. Estaba aún lejos, cuando su padre lo vio y sintió compasión; corrió a echarse a su cuello y lo besó. 21. Entonces el hijo le habló: «Padre, he pecado contra Dios y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo.» 22. Pero el padre dijo a sus servidores: «¡Rápido! Traigan el mejor vestido y pónganselo. Colóquenle un anillo en el dedo y traigan calzado para sus pies. 23 Traigan el ternero gordo y mátenlo; comamos y hagamos fiesta, 24. porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y lo hemos encontrado.» Y comenzaron la fiesta.

El hijo pródigo entra dentro de sí, se vuelve a su padre y va a acabar en Dios. Las palabras de su conversión están inspiradas en la Sagrada Escritura: «El faraón llamó en seguida a Moisés y Aarón, y dijo: He pecado contra Yahveh, vuestro Dios, y contra vosotros» (Éx 10,16). Y en los Salmos se hallan estas palabras: «Contra ti, sólo contra ti he pecado, he hecho lo malo a tus ojos para que sea reconocida la justicia de tus palabras y seas vencedor en el juicio» (Sal 51,6). El recuerdo de la casa paterna, de su abundancia, de su vida religiosa —y el recuerdo del que está por encima de todo, el padre — le hace acordarse de Dios, despierta en él la conciencia del pecado y le mueve a volverse a Dios.

La imagen del padre amoroso hace nacer en él la seguridad del perdón. De lo contrario, ¿cómo se resolvería a emprender la marcha hacia su padre? A través de la imagen de su padre se le ofrece la imagen de Dios. «Vuelve, apóstata Israel, palabra de Yahveh, que quiero dejar de mostrarte rostro airado, porque soy misericordioso…, que no es eterna mi cólera, siempre que reconozcas tu maldad al pecar contra Yahveh» (Jer 3,12s). El hijo pródigo se da cuenta de su culpa y reconoce que con su modo de vivir ha perdido sus derechos de hijo. Sólo quiere ser tratado como uno de los jornaleros.

El padre restituye al hijo pródigo sus derechos de hijo. El vestido más rico lo constituye en huésped de honor, el anillo lo capacita de nuevo para proceder como hijo. Las sandalias lo declaran hombre libre; es otra vez hijo libre de un labrador libre, no uno de los jornaleros que van con los pies descalzos. Sacrificando el becerro cebado se inicia una fiesta de alegría; el hijo es admitido de nuevo en la comunidad de mesa de la casa paterna.

La alegría festiva en el corazón del padre no puede contenerse y llena toda la casa. La alegría de la fiesta desborda de las palabras: «Este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado.» Este júbilo festivo es el júbilo del tiempo de salvación. El Evangelio de la misericordia es el Evangelio de la alegría. Jesús salva de la perdición y de la muerte, puesto que vino para «iluminar a los que yacen en tinieblas y sombra de muerte» (1,79). Las palabras cierran como un estribillo la primera y la segunda parte de la parábola, a saber: la narración de la magnanimidad amorosa del padre y la narración de la severidad sin piedad y de la estrechez de espíritu del hijo mayor. Dios es como el primero, el fariseo como el segundo. «Sed misericordiosos, como misericordioso es vuestro Padre» (6,36).

25. El hijo mayor estaba en el campo. Al volver, cuando se acercaba a la casa, oyó la orquesta y el baile. 26. Llamó a uno de los muchachos y le preguntó qué significaba todo aquello. 27. El le respondió: «Tu hermano ha regresado a casa, y tu padre mandó matar el ternero gordo por haberlo recobrado sano y salvo.» 28. El hijo mayor se enojó y no quiso entrar. Su padre salió a suplicarle. 29. Pero él le contestó: «Hace tantos años que te sirvo sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y a mí nunca me has dado un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos. 30. Pero ahora que vuelve ese hijo tuyo, que se ha gastado tu dinero con prostitutas, haces matar para él el ternero gordo.»31. El padre le dijo: «Hijo, tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo. 32. Pero había que hacer fiesta y alegrarse, puesto que tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado.»

El hijo mayor es fiel en el servicio, día tras día. Ahora vuelve a casa del trabajo del campo. El banquete ha terminado, y ha comenzado la alegre danza. Desde fuera se oye la música y el zapateo de la danza. El hijo que se dedica al cumplimiento escrupuloso del deber se ve envuelto en el júbilo festivo y en la algazara. El criado que le explica la razón del júbilo, ve sólo lo exterior: el regreso del hermano, el sacrificio del becerro cebado, la salud del que ha vuelto a casa. Pero ¿cómo podía ver también lo que había sucedido en el interior del padre y del hijo vuelto a él. Lo que siente el hijo mayor tiene también lugar en los fariseos. Su imagen es la imagen de los piadosos de Israel. Enfadado se revela contra el proceder de su padre, protesta contra el peligro en que se pone el orden moral, murmura contra esta increíble misericordia.

El padre se justifica. ¿Ha considerado el mayor lo que tiene recibido de su padre? Es para él un hijo querido — «hijito» se dice en el texto original—, ha gozado siempre del amor del padre, ha vivido en comunión con él. Él no pierde nada de la parte que le corresponde, se le ratifica la propiedad de lo que era de su padre. ¿Se le hace acaso injusticia porque el padre sea bondadoso con el otro hijo? (Mt 20,15) ¿Pierde él acaso algo con esta bondad? Por los tres bienes que enumera el padre se deja entrever la alianza de Dios con su pueblo: hijo mío, pueblo mío; yo contigo, tú conmigo; comunidad de bienes. La nueva economía de la salud que trae Jesús vuelve a restaurar la primera, ahondándola y perfeccionándola. Su sangre establece la nueva alianza (22,20) que confiere el perdón de los pecados: «Les perdonaré sus maldades, de las que no me acordaré más» (Jer 31,34).

La voluntad de Dios exige que se celebre la fiesta con júbilo. Se trata del hermano. El mayor sólo se preocupa por la ley, pero carece de amor fraterno. Ahora bien, según el mensaje de Jesús, este amor es el núcleo de la ley y de la voluntad de Dios. Una vez más vuelve a emerger lo que habían descubierto ya los conflictos sabáticos (14,5). Los fariseos guardan el reposo sabático, pero descuidan el amor fraterno. Dios, en cambio se glorifica con las obras de misericordia y de amor.

En las palabras de Jesús se muestran dos poderes de orden: la conversión y el amor fraterno. El hijo pródigo efectúa la conversión, el retorno al padre; el hijo mayor es conducido al amor fraterno. En la conversión y en el amor fraterno se revela el comienzo del reino de Dios y del tiempo de la salud. La predicación de los apóstoles, bajo el impulso del Espíritu Santo, lleva a la conversión e incorpora a la comunidad de los que están congregados en el nombre de Jesús y forman un solo corazón y una sola alma (cf. Hch 2,37-47). La conversión a Dios y el amor fraterno son las fuerzas fundamentales del orden moral.

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