La Biblia en su contexto: “María, sin haber visto, hace visible lo que cree” (Lc 1,39,45)

Contexto: Mediante María, que se hizo obediencia a la Palabra, Dios visita a su pueblo y su pueblo lo reconoce. Este reconocimiento es el t&ea…

Contexto:

Mediante María, que se hizo obediencia a la Palabra, Dios visita a su pueblo y su pueblo lo reconoce. Este reconocimiento es el término de su plan, el fin de su fatiga (cf. 19,44;13,34), cumplimiento de la historia de la salvación (cf. Rm 11,25-36).

“En aquellos días, se puso en camino María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel” (Lc 1, 39-40). María va con prontitud a visitar a Isabel. Ciertamente, no lo hace movida por la ansiedad y la incertidumbre, sino por la alegría y el anhelo de servir. No va por mera curiosidad ni para comprobar y cerciorarse; cree lo que se le ha dicho acerca de su prima. Va por un impulso de amistad. María entra en la casa de Isabel y la saluda “shalom”, es el saludo hebreo que significa paz. María augura, promete y lleva la paz a la casa. Además del saludo, el que es acogido “bendice” al que lo acoge.

“En cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, Isabel quedó llena del Espíritu Santo y exclamó a gritos: Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno” (Lc 1,41-42). En la presencia de María, se estremecen las entrañas de Isabel. ¡Los dos niños se reconocen antes de las propias madres que, sin embargo, se conocían muy bien!

Isabel bendice a María, la mujer prefigurada en Yael y en Judith (cf. Jc 5,24ss; Jdt 13,18) que había aniquilado y vencido al enemigo. María es el arca de la alianza. Ella es la portadora del fruto de la descendencia de Eva que aplasta la cabeza de la serpiente (Gen 3,15).

Isabel por su parte se siente asombrada por “venir a verme la madre de mí Señor” (Lc 1,43). Se siente indigna y le da el titulo a María de “Madre de mi Señor”.

“Porque apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno” (Lc 1,44). El salto que permite el reconocimiento se narra dos veces: primero como hecho (v.41) y luego como conocimiento de hecho. No basta que venga la vista de Señor. Es necesario que el que es visitado la reconozca.

La visita de Dios es siempre, en su amor desmedido nos viene al encuentro continuamente, aunque no nos demos cuenta. Él nos visita en las entrañas de nuestra profundidad, en ese punto que Él ha reservado para sí mismo.

“¡Feliz la que ha creído que se cumplirán las cosas que le fueron dichas de parte del Señor” (Lc 1,45). Isabel finalmente llama a María declarándola dichosa porque ha creído en el cumplimiento de la Palabra del Señor. Si María, que no había visto, no hubiera creído, no existiría aquel a quien los Apóstoles han visto y, por consiguiente, han creído. Su fe, sin haber visto, hace visible lo que cree.

Actualización:

Nosotros también deberíamos ser como María. Deberíamos ser espejos que, sin hablar, muestren todo lo bueno que nos trae Dios en estos días que se acercan. Deberíamos ser, con una imagen quizás más gráfica como los botijos llenos de agua. Con sólo verlos es fácil adivinar si tienen agua por dentro o no, porque cuando tienen agua rezuman por fuera humedad.

Que nosotros seamos como ese botijo o mejor aún como ese espejo de Dios. Que cuando las personas nos miren vean en nosotros la paz de Dios; que cuando las personas nos miren vean en nosotros el amor de Dios; que cuando las personas se encuentren con nosotros puedan adivinar la comprensión, el gozo, la alegría y la vida nueva que viene de Dios.

Vivir en adviento será por tanto limpiar nuestra vida, limpiar nuestro "espejo", para que no esté sucio y refleje a aquel que quiere nacer en cada uno de nosotros.

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