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La buena valoración de la Iglesia católica

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El último Barómetro del CIS presenta la valoración sobre las instituciones y, en este capítulo, los medios de comunicación se han centrado sobre un punto: la pérdida absoluta de posiciones de la monarquía, que ha bajado del segundo al cuarto lugar con una caída muy importante, no ya en términos relativos sino también de la puntuación que recibe. Pero han pasado más desapercibidos dos hechos. Uno, que vale la pena subrayar, es la característica que comparten las instituciones que ocupan los primeros lugares. Y, después, la posición de la Iglesia.

No deja de ser una paradoja o un mal síntoma, como se quiera, que la Guardia Civil, el Ejército y la Policía Nacional ocupen los primeros lugares del ranking de confianza. Estas tres instituciones, que presentan una característica de fuerza, tienen en realidad una circunstancia común: las tres se rigen por unas normas que son distintas a las del resto de la sociedad. Se trata básicamente de normas de razón objetiva. Hay una serie de cuestiones muy importantes en las que no rige la preferencia de sus miembros sino la existencia de unos criterios externos a ellos que resultan intraspasables. El Ejército, la Guardia Civil, también la Policía Nacional en menor medida, tienen un relato colectivo, dan un sentido a los miembros que forman parte que articula el papel que cada uno tiene. Hacen algo que ha desaparecido en nuestra sociedad, donde rige solo la preferencia individualista y los acuerdos son meramente procedimentales, no importa cuál sea su signo siempre y cuando el procedimiento sea más o menos correcto; esto es la práctica democrática que rige.

No es una reflexión baladí que en tiempos de crisis y de desconciertos sea quien se rige por una norma objetiva quien ocupe los primeros lugares (esto y su enorme dedicación a los que necesitan ayuda). Esto explica el porqué de la rápida mejora de la valoración que tiene la Iglesia. Normalmente su papel estaba en la banda baja: sobre 12 instituciones valoradas en la anterior oleada de encuestas, la Iglesia ocupaba el noveno lugar. Solo estaban por debajo de ella los grupos políticos, es decir el Parlamento, el Gobierno y los partidos. Pues bien, en este caso, ha ascendido hasta el quinto lugar y con una valoración casi igual a la descendida monarquía.

Es un dato extraordinariamente positivo y significativo. Pensamos que el esfuerzo extraordinario que hace la Iglesia para afrontar las heridas de la crisis tiene mucho que ver con esta situación, pero también creemos que lo es su capacidad para dar una respuesta al sentido de la vida de las personas. La Iglesia es la propuesta para el conjunto de la sociedad de la existencia de una razón objetiva, donde hay temas para debatir, aprobar, modificar o rechazar, pero hay otros como el de la vida que deben permanecer intocados. Señalan que la crisis puede estar facilitando la recuperación de un sistema social de valores y virtudes absolutamente necesario para el bienestar, la prosperidad y sobre todo la felicidad. Atención, no estamos echando las campanas al vuelo, no estamos anunciando un nuevo día. Simplemente apuntamos una tendencia bien visible e intentamos interpretar las razones de la misma.

En todo caso, esa tendencia está en consonancia con lo que venimos insistiendo desde hace tiempo: la necesidad de que la Iglesia aproveche, en el buen sentido de la palabra, esta crisis para impulsar una posición de liderazgo en la sociedad. La insistencia del Papa Francisco en una Iglesia que se abra a la periferia, que salga de sí misma, que no practique el ‘clientelismo’, es decir que no se limite a esperar a que los feligreses acudan a ella, es una indicación absolutamente acertada y necesaria. Ahora, de lo que se trata es de aumentar la capacidad para ponerla en práctica. Los resultados señalan que el camino que ha venido realizándose es bueno y no solo hay que mantenerlo sino que también se ha de mejorar. La Evangelización necesita de una buena valoración previa de quien evangeliza, necesita de credibilidad y confianza, y eso es lo que hay que aportar a una sociedad que se encuentra inerme y sin respuestas ante unos problemas que considera que ella no ha creado.

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