La conciencia

Todos tenemos un sentido interior, íntimo, que nos advierte de si algo es bueno o malo. Toda persona que no tenga perturbadas sus facultades mo…

Todos tenemos un sentido interior, íntimo, que nos advierte de si algo es bueno o malo. Toda persona que no tenga perturbadas sus facultades morales aplaudirá que se ayude a un niño huérfano y retrocederá espantado ante la posibilidad de dañar a un inocente.

Sin embargo, pueden algunas personas llegar a una ceguera moral, a sofocar la voz de su conciencia, como alguien que a fuerza de mirar desafiantemente al sol se quedara físicamente ciego. Así, ellos se vuelven moral o espiritualmente invidentes, a base de hacer oídos sordos a la voz que en nuestra intimidad nos avisa de que algo está bien o está mal. Luego tratarán de justificar su posición amoral o antimoral con sofisticados argumentos: pero, ¿cuántos raciocinios se precisan para hacer bueno un crimen? Y esos razonamientos despiadados, del tenor de “el fin justifica los medios”, no son sino la voz del mal, la voz del príncipe de las tinieblas.

Porque la voz de la conciencia no es sino la voz de Dios, de un Dios bueno y justo, tal como nos ilustra el beato Newman: “He aquí, pues, la conciencia; su sola existencia dirige por naturaleza nuestra mente hacia Alguien que es exterior -¿de dónde, si no, procedería?- y a la vez superior a nosotros -¿de dónde, si no, su misteriosa e inquietante autoridad?. Sin entrar en la cuestión de “qué dice” la conciencia, lo que afirmo es que su existencia nos hace salir de nosotros mismos a buscar, en la altura y en la profundidad, a Aquél a quien pertenece esta voz” (Beato John Henry Newman, “Sermons preached in various occasions”, 65).

Si la voz de la conciencia es la voz de Dios en nuestra intimidad, es natural, como afirmará el beato Newman, que la hayamos de seguir incluso más que a la propia autoridad, según lo que se nos dice en los Hechos de los Apóstoles: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”: Así, los mártires desobedecían a quienes les exigían un culto idolátrico al emperador. O, respecto a la obediencia al superior por parte de los religiosos, Sto. Tomás de Aquino nos advierte de que si el superior mandara cometer un pecado mortal el religioso tiene la obligación de desobedecerle.

Pensemos, por ejemplo, que a la puerta del convento que atiende una monja llama una persona que está literalmente muriendo de hambre, y, en cambio, la superiora hubiera prohibido atender a los pobres. En ese caso la religiosa tendrá obligación de darle de comer, si puede, puesto que, si no, lo estaría matando, por omisión.

Sin embargo, hay que entender bien que Newman se refiere a la conciencia bien formada, aunque puedan darse casos en que la conciencia, sin culpa, nos guíe erradamente y la persona que la siga, aunque objetivamente se equivoque, no peque al seguirla. Pero, en otros casos, la conciencia puede ser errónea por una culpable falta de consejo o formación, y entonces el comportamiento errado que se siguiera del error de la conciencia sería culpable por omisión.

Así leemos en una obra de Newman: “La Revelación consiste en la manifestación del poder divino invisible, en la sustitución de la voz de la conciencia por la voz del que ha creado la ley. La supremacía de la conciencia es la esencia de la religión natural, mientras que la supremacía del Apóstol, del Papa, de la Iglesia o del obispo, es la esencia de la religión revelada” (Beato John Henry Newman, “An essay on the development of Christian doctrine”, 86).

Aquí Newman se refiere a que, para la formación de nuestra conciencia de modo recto, hemos de recurrir (una vez tenemos fe) a la Palabra de Dios y a la autoridad que en materia de fe y moral tienen las autoridades legítimas de la Iglesia. Y, aunque para un pagano la voz de la conciencia sería por sí sola regla suprema, el creyente católico debe iluminar la propia conciencia con la luz de la Palabra de Dios, interpretada por la autoridad legítima de la Iglesia.

Si el creyente católico no tratara de conocer la voluntad de Dios (que cree que se ha manifestado) a través de los Evangelios y del consejo de pastores autorizados, sería culpable, por omisión, de los comportamientos equivocados a que una conciencia errónea le podría conducir. En suma, si, en cambio, tratamos de formar rectamente nuestra conciencia, tenemos luego que seguirla por encima de todo, pues será para nosotros la voz del bien, la voz de Dios.

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