La conmemoración del centenario de Joan Maragall

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Este año que está a punto de terminar se conmemora el centenario de la muerte de Joan Maragall así como el 150 aniversario del nacimiento del poeta. Joan Maragall fue una voz de especial relieve en la Cataluña y España de finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Su calidad poética es incuestionable y sobrepasa las fronteras de la lengua en la que escribió, el catalán. Pero así mismo es un prosista de extraordinaria calidad con una voz que ilumina los tiempos revueltos de aquel periodo, una voz cristiana que aporta como tal una visión singular que resulta incómoda en muchas ocasiones.

Debo decir que este centenario no ha tenido la resonancia que se merecía. No sólo por la calidad de su obra, sino también por su significación y lo mucho que puede aprovecharnos hoy en día. Joan Maragall abrió lo que fue el precedente del diálogo intelectual entre Cataluña y Castilla, y su correspondencia con Unamuno ha merecido una atención particular porque de ella se pueden extraer consideraciones cuyo interés sigue siendo absolutamente vigente. Jon Juaristi se quejaba de la poca resonancia que había tenido este centenario en el ámbito español, y algo parecido hacía el periodista José Antonio Zarzalejos. Es cierto, exceptuando una exposición en la Biblioteca Nacional, ‘Joan Maragall, la palabra iluminada’, llevada a cabo por la Agencia Cultural Española en colaboración con la Institució de les Lletres Catalanes, nada más se ha producido, a excepción de una iniciativa realizada en Madrid pero a cargo de la Generalitat de Cataluña. Muy poca cosa. Y sobre todo muy poca cosa desde el punto de vista de haber utilizado este año para restablecer el diálogo intelectual entre castellanos y catalanes. La última ocasión en que se celebró algo parecido fue hace ya un montón de años, en los primeros años del Gobierno de Jordi Pujol en la Generalitat de Cataluña, en plena Transición.

En España, en la cultura española, sigue habiendo una sordera excesiva para todas aquellas voces que no surjan de la lengua castellana, a pesar de que personas tan importantes para la cultura de este país como el propio Maragall, como Salvador Espriu, como Carles Riba, como Josep Pla, y tantos otros lo engrandezcan.

Hay que decir también que la celebración en Cataluña, evidentemente dotada de mucha más fuerza, no ha estado a la altura de lo que se merecía un personaje de su relevancia histórica. Ha tenido de hecho más resonancia popular que institucional. En este sentido, el Gobierno de Convergència i Unió, quizás excesivamente atrapado por el problema financiero, ha prestado poca atención a una de las figuras emblemáticas de Cataluña. Valga en su descargo que la programación básicamente venía heredada, es decir, había sido prevista como es lógico en el año anterior e incluso un poco antes por el gobierno Tripartito, a quien la figura de Maragall ciertamente no le resultaba cómoda. Ni para Esquerra Republicana, ni para Iniciativa, ni tan siquiera para un sector del Partido Socialista el autor de La ciutat del perdó resultaba un símbolo que se integrara con facilidad con su tan particular y sectaria visión de la memoria histórica.

Josep Miró i Ardèvol, presidente de E-Cristians y miembro del Consejo Pontificio para los Laicos

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