La corrupción (II)

Vuelvo a tocar el tema de la corrupción: el pasado mes de octubre el Papa recibió la Asociación Internacional de Derecho Penal y …

Vuelvo a tocar el tema de la corrupción: el pasado mes de octubre el Papa recibió la Asociación Internacional de Derecho Penal y les dirigió un discurso que convendría que todos leyéramos, ya que no son palabras exclusivas para juristas, sino para todos nosotros, para todo ciudadano que vive en este mundo de hoy, inmerso en el mundo de la corrupción, donde todo está entrelazado y donde todo el mundo se va enterando de lo que pasa.

Habló de muchas cosas: incitación a la venganza, populismo penal, sistemas penales fuera de control, sobre el primado de la vida y la dignidad de la persona humana, sobre la pena de muerte, de las condiciones de las cárceles, los presos sin condena, de los condenados sin juicio, sobre la tortura y otras medidas y penas crueles, inhumanas y degradantes, sobre la aplicación de las sanciones penales a niños, ancianos y otras personas especialmente vulnerables, sobre algunas formas de criminalidad que menoscaban gravemente la dignidad de la persona y el bien común, sobre el delito de la trata de personas y sobre el delito de corrupción.

Reproduzco exactamente lo que dijo Acerca del delito de corrupción

«La escandalosa concentración de la riqueza global es posible por la connivencia de responsables del ámbito público con los poderes fuertes. La corrupción es ella misma también un proceso de muerte: cuando la vida muere, hay corrupción.

«Hay pocas cosas más difíciles que abrir una brecha en un corazón corrupto: “Así es el que atesora para sí y no es rico ante Dios” (Lc12, 21). Cuando la situación personal del corrupto llega a ser complicada, él conoce todas las salidas para escapar de ello como hizo el administrador deshonesto del Evangelio (cf.Lc16, 1-8).

«El corrupto atraviesa la vida con los atajos del oportunismo, con el aire de quien dice: “No he sido yo”, llegando a interiorizar su máscara de hombre honesto. Es un proceso de interiorización. El corrupto no puede aceptar la crítica, descalifica a quien lo hace, trata de disminuir cualquier autoridad moral que pueda ponerlo en tela de juicio, no valora a los demás y ataca con el insulto a quien piensa de modo diverso. Si las relaciones de fuerza lo permiten, persigue a quien lo contradiga.

«La corrupción se expresa en una atmósfera de triunfalismo porque el corrupto se cree un vencedor. En ese ambiente se pavonea para rebajar a los demás. El corrupto no conoce la fraternidad o la amistad, sino la complicidad y la enemistad. El corrupto no percibe su corrupción. Se da en cierto sentido lo que sucede con el mal aliento: difícilmente quien lo tiene se da cuenta de ello; son los demás quienes se dan cuenta y se lo deben decir. Por tal motivo difícilmente el corrupto podrá salir de su estado por remordimiento interior de la conciencia.

«La corrupción es un mal más grande que el pecado. Más que perdonado, este mal debe ser curado. La corrupción se ha convertido en algo natural, hasta el punto de llegar a constituir un estado personal y social relacionado con la costumbre, una práctica habitual en las transacciones comerciales y financieras, en los contratos públicos, en toda negociación que implique agentes del Estado. Es la victoria de las apariencias sobre la realidad y de la desfachatez impúdica sobre la discreción respetable.

«Sin embargo, el Señor no se cansa de llamar a la puerta de los corruptos. La corrupción nada puede contra la esperanza.

«¿Qué puede hacer el derecho penal contra la corrupción? Son ya muchas las convenciones y los tratados internacionales en la materia y han proliferado las hipótesis de delito orientadas a proteger no tanto a los ciudadanos, que en definitiva son las víctimas últimas —en particular los más vulnerables—, sino a proteger los intereses de los agentes de los mercados económicos y financieros.

«La sanción penal es selectiva. Es como una red que captura sólo los peces pequeños, mientras que deja a los grandes libres en el mar. Las formas de corrupción que hay que perseguir con la mayor severidad son las que causan graves daños sociales, tanto en materia económica y social —como por ejemplo graves fraudes contra la administración pública o el ejercicio desleal de la administración— como en cualquier tipo de obstáculo interpuesto en el funcionamiento de la justicia con la intención de procurar la impunidad para las propias malas acciones o para las de terceros».

Y en el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz del día 1 de enero de 2015, que ya se ha publicado, vuelve a hablar de la corrupción, esta vez relacionada con la esclavitud. Dice:

«Entre las causas de la esclavitud hay que incluir también la corrupción de quienes están dispuestos a hacer cualquier cosa para enriquecerse. En efecto, la esclavitud y la trata de personas humanas requieren una complicidad que con mucha frecuencia pasa a través de la corrupción de los intermediarios, de algunos miembros de las fuerzas del orden o de otros agentes estatales, o de diferentes instituciones, civiles y militares.

«Esto sucede cuando al centro de un sistema económico está el dios dinero y no el hombre, la persona humana. Sí, en el centro de todo sistema social o económico, tiene que estar la persona, imagen de Dios, creada para que fuera el dominador del universo. Cuando la persona es desplazada y viene el dios dinero sucede esta trastocación de valores».

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