La cosecha‘: la plaga del terror pseudorreligioso

Sí, podía haber sido peor. Terror absurdo, sin guión, de portazo y sobresalto. Y lo es. Pero al final resulta que hay una explicación. O algo así. Val…

Sí, podía haber sido peor. Terror absurdo, sin guión, de portazo y sobresalto. Y lo es. Pero al final resulta que hay una explicación. O algo así. Vale la pena -algo- no abandonar la sala a la mitad.

La historia empieza con una profesora universitaria especializada en “desmontar” milagros. Fue misionera laica en Sudán, colaborando con un sacerdote. Allí mataron a su hija y esposo y culpa de ello a Dios. A Dios, que se supone no existe. Va por el mundo demostrando que tal o cual hecho asombroso se explica científicamente, a menudo por la maldad de los hombres (timadores, vertidos químicos… )

Invitan a la protagonista a acudir a Haven (en inglés, “refugio”), un remoto y tranquilo pueblo de los pantanos de Louisiana, porque allí el agua del río se ha convertido en sangre. Y luego se van sucediendo otros fenómenos: caen ranas del cielo, muere el ganado, epidemias de mosquitos y piojos.

“Asistimos a fenómenos bíblicos”, dice el ayudante de nuestra investigadora, un negro grande y fuerte que estuvo en asuntos de drogas y bandas y testimonia que Dios le rescató de aquello.

Las autoridades y ciudadanos de Haven piden a la doctora que investigue, pero insisten en que la causa está en una niña maligna, endemoniada, que mató a su hermano, no se sabe cómo.

Hasta aquí la película es como un CSI: una técnica recogiendo muestras y enviándolas a laboratorio. Como al inicio de El Exorcista, van sucediendo fenómenos y la ciencia –y el público- aún pueden atribuirlos a causas naturales.

Nuestra heroína explicará racionalmente las 10 plagas de Egipto bíblicas en un sola parrafada llena de fervor indignado… aunque no como lo explica El Éxodo Descifrado, el documental de James Cameron y Simcha Jacobici que nos pasó Cuatro esta Semana Santa. (Para ella, los primogénitos mueren por comer más alimentos infectados que sus hermanos, regados por el río contaminado; para Jacobici los primogénitos morían por un gas que les afectó por dormir a ras de suelo, mientras sus hermanos menores dormían en tejados y sitios elevados. Todo muy científico).

A partir de cierto momento, la película pierde ritmo y tensión intelectual. Empiezan a sucederse momentos oníricos, sueños confusos, portazos, la niña que aparece y se va corriendo, la científica que no sabe si está dormida o despierta. El guión se pierde. Muchos espectadores desistirán de buscar una explicación lógica (sea natural o sobrenatural) y se dispondrán a desactivar medio cerebro para ver sólo sustos y sobresaltos más o menos absurdos.

Pero en los últimos 15 minutos se recupera cierta lógica. Aparece un libro misterioso con unas profecías que pueden aclararlo todo (excepto por qué muere el cura), quién es el bueno y el malo, quién sirve a Dios y quién al Demonio. La historia empieza a dirigirse a ambientaciones tipo La sombra sobre Insmouth de H.P. Lovecraft y el género “pueblo maldito”.

La niña sobrenatural –que tiene la regla, como la Carrie de Stephen King- con su plaga de langostas recuerda la segunda película de El Exorcista, dirigida por John Boorman, cuando ya el pensamiento científico no aporta nada.

Con una gran traca final, en llamas y explosiones, se hará justicia de una vez por todas y el honor de Dios quedará a salvo. Para ser una película teológicamente floja y sin ninguna pretensión intelectual o espiritual, al menos se puede decir que cumple aquella frase: “de Dios nadie se ríe”.

No sería mal final, pero deciden los guionistas añadirle una coda “sorprendente”, al estilo de las películas de Shlyamalan, que amenaza con un posible “continuará”. Si es así, será otra película del género “niños malditos” y “niños benditos”, un subgénero dentro del terror más o menos religioso.

Es por lo tanto una película que utiliza la religión cristiana como excusa, sin profundidad ninguna, mezclando tópicos del terror, sin una mirada verdaderamente simpática hacia los que sufren (Sudán es relleno). Centrada en el lucimiento de la protagonista (que tampoco es para echar cohetes) quien destaca es la preciosa niña maldita, a quien vemos también estos días protagonizando Un Puente a Terabinthia, muy correcta en su papel enigmático-angélico.

A favor de La Cosecha podemos insistir en que el argumento no es directamente absurdo, que más o menos tiene explicación. También que se respeta la fe, a los creyentes y que Dios participa con fuerza y poder (es decir, sin sutileza ninguna). Es un film de entretenimiento, muy lejos del pensamiento inteligente de El Exorcismo de Emily Rose (su guionista decía que el género de horror es muy apropiado para expresar ideas serias del cristianismo; no ha sido este el caso de La Cosecha).

Quizá La Cosecha pretendía aprovechar el mini-boom de cine religioso o pseudo-religioso tras La Pasión, de Mel Gibson, (y la ola apocalíptica que triunfa en EEUU con Left Behind) pero en realidad está mucho más cerca del reciente remake de la serie La Profecía que se estrenó el pasado 6 del 6 del 6 sin pena ni gloria.

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