La Creación y “defectos” de la misma

Se dice por parte de algunos teólogos que las catástrofes naturales son eso: naturales, y que la Naturaleza sigue su curso y se producen…

Se dice por parte de algunos teólogos que las catástrofes naturales son eso: naturales, y que la Naturaleza sigue su curso y se producen fenómenos terribles para los hombres de los que Dios no sería “responsable”, pues sería la propia Naturaleza la que según leyes inexorables seguiría su proceso sin que nadie la pudiera detener.

Por supuesto, no hay que ver en esas catástrofes naturales nada de castigo divino. ¿Serían pues un premio? Es evidente que no.

Esta concepción se parece a la deísta: Dios, una vez puesto en marcha el reloj de la Naturaleza, de la Creación, sería indiferente a la suerte de sus criaturas y, una vez dada la cuerda con las leyes físicas al gran reloj del Universo, se echaría a dormir y dejaría que todo siguiera una senda inexorable por doloroso que resultara para los hombres. Sería pues un Dios sin piedad, o bien un Dios impotente ante su creación: la Naturaleza.

En cambio la Fe cristiana genuina nos explica que Dios tiene cuidado, mimo, de sus criaturas: “hasta vuestros cabellos están contados” y que no se mueve una hoja de un árbol sin que Dios lo quiera, o permita que lo haga una causa segunda. Así, es bueno y omnipotente de modo que nada sucede sin que Él lo quiera o lo permita.

Por otra parte, Dios se hace vulnerable a la necesidad y al ruego del hombre: Es un Dios con corazón que no vuelve la espalda al llanto de la persona humana por insignificante que sea a ojos del mundo, o por pecador que sea si se arrepiente sinceramente.

Y además de ser infinitamente misericordioso, es también infinitamente justo. Y puede y sabe castigar cuando la medida de los delitos de la humanidad rebasa ciertos límites.

Mas, aun en el castigo tiene siempre abierta la puerta de su misericordia: Así, el Buen Ladrón condenado a una muerte atroz oye tras el reconocimiento de sus crímenes y de la inocencia de Jesús: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Y su cruel castigo se trueca en un resonar de felicidad eterna: El castigo puede convertirse en última oportunidad de acogerse a la piedad de Dios, en medicina saludable.

¿Y qué decir a quienes tienen como inexorables y fatales las catástrofes naturales? En unas recientes apariciones, la Virgen decía estas esperanzadoras palabras: “Vuestra oración y sacrificio pueden evitar catástrofes naturales y guerras”.

La llave para ahorrarnos graves desgracias es nuestra conversión sincera, ya que todos los males hunden sus raíces en el pecado, en desconocer la vida espiritual que late en nuestro interior, en violentar el lazo de amor que nos une a nuestro Creador y a nuestros hermanos.

Así la Virgen en otras apariciones (La Salette, 1846) anunciaba que, dada la impiedad de la mayoría, las cosechas se perderían (como así sucedió). Pero nos dijo el remedio que impediría estos males: “Si los pecadores se convirtieran, las piedras y las rocas se transformarían en trigo y las patatas se encontrarían sembradas en la tierra” (La Salette, 19-9-1846).

Si nos convirtiéramos de veras, la Naturaleza sería mansa y benéfica para los hombres. Pero, ¿se trata en la Sagrada Escritura de este tema de las catástrofes naturales y de su sentido?

Desde el primer libro de la Biblia, Génesis, hasta el último, ya del Nuevo Testamento, Apocalipsis, se alude a fenómenos de la Naturaleza como castigos, en tiempos antiguos y futuros. Así en Génesis, 19 se narra la destrucción de Sodoma y Gomorra, por fuego venido del cielo. Y, por ejemplo, en Apocalipsis, 6, 12, se anuncia un gran terremoto.

Además el libro de la Sabiduría comenta la soberanía de Dios sobre la Naturaleza, la creación, y en qué sentido ésta se puede tornar terrible, o también dulce y benéfica. Dice así: “Pues la creación, sirviéndote a Ti, que la hiciste, despliega su energía para atormentar a los malos, y la mitiga para hacer bien a los que en Ti confían.” (Sabiduría, 16, 24)

Y dos observaciones finales:

Sería precipitado y erróneo concluir que los que han padecido catástrofes naturales, por ejemplo tsunamis o terremotos, son más culpables que nosotros. A esta apresurada conclusión responde Jesús en el Evangelio cuando comenta un crimen que costó la vida a varios galileos, y dice a sus oyentes que tales galileos no eran más pecadores que el resto de Israel, y que “si no hacéis penitencia, todos pereceréis”.

Y otra observación, en el caso de catástrofes naturales, que se pueda pensar que constituyen un castigo, también pueden ser sus víctimas personas inocentes, que en este caso sufren para lograr del Señor, con su padecer, gracia para los culpables. Así, no pocos santos han muerto aquejados de terribles epidemias cuando trataban precisamente de ayudar a los contagiados: Así sucedió con santos ya canonizados que atendían a enfermos de la mortífera peste en tiempos pretéritos.

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