La crisis de Egipto exige realismo

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Egipto no es Túnez. Lo que se está viviendo en ese país puede significar una transformación histórica de la magnitud de la Revolución Rusa de 1917, que dio lugar al Imperio soviético. Cuando aquella empezó no era pensable que después fuera el partido comunista el que acabaría tomando las riendas del poder. Primero las fracciones democráticas y liberales, después los grupos social demócratas, y finalmente los socialistas revolucionarios no seguidores de Lenin fueron sucesivamente desplazados del poder por aquellos que fueron capaces de organizarse mejor en la revuelta, y de ofrecer un proyecto cultural, sobre todo económico, más atractivo para las grandes masas desposeídas.

Porque Egipto, hay que recordarlo, es un país donde una gran parte de la población vive en condiciones de pobreza. El 40%, según los sistemas de medición internacional. También tiene unas clases medias y liberales empobrecidas y sin demasiadas perspectivas de futuro. Asimismo, es un país grande, más de 80 millones de habitantes, situado en un área estratégica, el Canal de Suez, que controla el flujo de mercancías y petróleo que viene de Oriente.

La Unión Europea (UE), los EEUU y los medios de comunicación occidentales no pueden simplificar la situación hasta el extremo de considerar que todo lo que venga de la revuelta es bueno, y todo lo que ha generado la dictadura de Mubarak es malo. Si se argumenta en relación con Irak que Saddam Hussein, que practicaba una represión terrible, era un factor de estabilidad para la zona que la invasión americana ha destruido, con mucha más razón se puede decir lo mismo del "Rais" egipcio. Cuando EEUU prácticamente dejó caer al "Sha" Reza Pahlevi, a pesar de su decisiva influencia sobre el ejército iraní, cometió un error de grandes proporciones que ha dado lugar al régimen fundamentalista radical de los Ayatolás que, además, intenta convertirse en un estado dotado del arma nuclear.

La UE, los EEUU y los medios de comunicación occidentales no pueden ser tan ingenuos como para creer que unas elecciones garantizan un sistema democrático. La experiencia nazi tendría que estar viva no sólo por el Holocausto, sino también por el hecho de que por medios democráticosse hizo con el poder una organización política dictatorial y terrible. Las elecciones sirven de poco si, al mismo tiempo, no se pueden garantizar para el día siguiente y los años sucesivos el respeto a los derechos humanos y las libertades básicas. Ésta es la cuestión de fondo y el criterio que debe predominar.

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