La crisis de nunca acabar

Una de las manifestaciones de la “Secular Stagnation” es la temida deflación Una de las manifestaciones de la “Secular Stagnation” es la temida deflación

No hemos salido de los efectos destructivos de la duradera crisis económica y ya entramos en un nuevo régimen de oscilaciones e incertezas globales, que por efecto contagio, como bolas de billar golpeándose, acaban por impactar sobre nuestra realidad económica, que es lo mismo que decir sobre la vida de las personas, de la mayoría de ellas. Sin recuperarnos del paro grande y crónico, cayendo por la pendiente de la desigualdad, las noticias económicas no son alentadoras y, si añadiéramos las políticas los más sensibles, podrían deprimirse. Por una parte, se alza el parón del gigante Chino, que si bien pilla lejos en distancia, su aliento económico es mucho más cercano. Hoy el frenado de la economía de aquel país, algo a lo que no estamos acostumbrados en las últimas décadas, significa como mínimo dos cosas: La primera, que también se para el motor que empujaba la prosperidad de los países productores de materias primas, a nuestros efectos América Latina sobre todo, y esto ya nos pilla más próximos; y también, segundo efecto, que se restringirá su capacidad de financiar e invertir en medio mundo.

Uno de sus efectos más potentes, aunque no sea la única causa, es la crisis Latinoamérica, que lastra poderosamente a Brasil y Argentina. Solo México entre los grandes es una excepción aunque su ir para arriba no sea para tirar cohetes; y no digamos ya de Chile y el cobre; Bolivia y Ecuador y sus recursos energéticos, y así la mayoría de países, en un grado variable de afectación. De Venezuela mejor no hablar, ya se convirtió en un agujero negro económico antes de la crisis.

Todo esto sopla hacia Europa y de una manera especial hacia España. Una Unión Europea, y sobre todo una Eurozona, lastradas por el triple problema de un gran endeudamiento, un crecimiento mínimo de la economía, y unas medidas de ajuste y devaluación interior que están dejando exhausta a media Unión. Solo Irlanda parece salir con bien, pero a un coste social altísimo que seguramente le costará la cabeza al actual Gobierno. No ha sido posible combinar una política económica que redujera deuda y favoreciera el crecimiento económico y la ocupación.

Pero, en realidad, la gran amenaza tiene un nombre distinto al de crisis. Se llama estancamiento secular, “Secular Stagnation y una de sus manifestaciones, que no la única, es la temida deflación. La teoría la ha puesto de moda -en realidad se remonta a los años treinta del siglo pasado- el economista Larry Summers. Bastó una muy breve intervención en Washington, a finales de 2013, a l presentar la hipótesis de lo que llamaba “Secular Stagnation”. Su análisis se centraba en la economía de Estados Unidos, pero es aplicable a otros países avanzados. Hablaba de que tal vez la economía de Estados Unidos haya llegado a un punto en el que su potencial de crecimiento sea demasiado bajo como para poder sostener crecimientos del PIB per cápita sin políticas monetarias permanentemente expansivas, creando por consiguiente burbujas. Y, aun así, que ese nivel de crecimiento no sería demasiado elevado. Esta hipótesis conecta bien con otras como la del historiador Robert Gordon, según la cual será mucho más difícil que los países avanzados crezcan vigorosamente en el futuro porque los avances tecnológicos actuales son menos significativos (en términos de aumento de la productividad) que los que tuvieron lugar durante la segunda revolución industrial de finales del siglo XIX, que son los que habrían servido para impulsar el crecimiento económico durante casi 100 años, y que ahora se estarían agotando. Y las ideas de declive demográfico de los países ricos, más serio en Japón y en Europa que en Estados Unidos, servirían también para apoyar esta idea.

Este planteamiento nos conduce a la pregunta clave, las causas del estancamiento secular.

Existe consenso en considerar las siguientes:

  1. La ralentización del crecimiento demográfico.
  2. El déficit comercial, que apareció en los años ochenta y que, con oscilaciones, se ha hecho crónico.
  3. El ahorro privado no consigue la rentabilidad necesaria para financiar la inversión privada.
  4. Las nuevas tecnologías de la información y la digitalización no aumentan la productividad total de los factores de producción (PTF) “tanto como lo hicieron las nuevas tecnologías manufactureras del siglo XX (combustión interna, electricidad, automoción, aviación, telefonía, televisión, laser, internet y telefonía móvil)”.
  5. Tras un endeudamiento masivo por parte de las empresas y familias, ahora tienen tendencia a no endeudarse y ahorrar lo cual mantiene débil el consumo lo que también explicaría las bajas tasas de inversión.

Todo esto está sometido a discusión, y ciertamente muchos economistas discrepan sobre que el actual cambio tecnológico no acabe generando mucha más productividad y más empleo que el que destruye. Su problema es que nada se mueve ahora en este sentido, y también porque los aumentos de productividad futura -por ejemplo los vehículos auto guiados- destruirán mucho empleo, mejoraran la productividad, pero no procuraran más empleo que el que destruyen. Los defensores del todo irá bien solo pueden basarse en la observación del pasado, es decir en la repetición de la historia, y en la fe que cambio tecnológico, productividad y crecimiento de la ocupación van de la mano; pero, claro, si la economía ya es una ciencia frágil en sus predicciones numéricas, cuando se aborda en estos términos, por acreditados que sean los nombres que las sustentan, hay que reparar en la desnudez del rey, y afirmar que es poesía. Puede ser cierto pero poco puede asegurarse.

Sin embargo, la cuestión es otra. Llámese estancamiento secular o como se quiera, lo importante es considerar las causas que apuntan a la existencia de un fenómeno que castiga a Japón a primero -y no será por falta de tecnología- y a Europa ahora.

Adentrarnos en las causas nos servirá para constatar como en lo que desde un orden sobrenatural y natural afirma la Iglesia, sobre los óptimos humanos, radica la respuesta a los riesgos a los que se enfrenta el mundo desarrollado, y que, por qué no decirlo, tiene un trasfondo de ley natural. Lo veremos en el próximo editorial.

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