La crueldad de los revolucionarios dejó mudo a uno que presenció su detención

El «padre Manzanico» fue martirizado el 1 de septiembre en Almería; uno de los que presenció su apresamiento quedó mudo y a cura lo mutilaron al arrastrarle

De las personas asesinadas el martes 1 de septiembre de 1936 han sido beatificadas 29: 12 hospitalarios de San Juan de Dios de Carabanchel Alto asesinados en Boadilla del Monte (Madrid); ocho sacerdotes diocesanos almeriensescinco lasalianos -los hermanos Hugo Bernabé y Leonci Joaquim en Vinyols i els Arcs; los hermanos Buenaventura Pío, Claudio José y Ángel Amado en Tortosa- y un operario diocesano en la provincia de Tarragona; y en la de Barcelona una dominica contemplativa y el párroco de Santa María de Mataró –Josep Samsó i Elías; además, otro sacerdote diocesano –Alfonso Sebastiá Viñals– en Paterna (Valencia).

De los ocho sacerdotes almerienses (en realidad, uno era murciano y otro malagueño; otro más trabajaba en la diócesis de Madrid-Alcalá), cinco eran de Zurgena y fueron ejecutados en el Pozo de la Lagarta (o de camino a él). Todos fueron beatificados el 25 de marzo de 2017 en Roquetas de Mar. Eran, de menor a mayor en edad:

Agustín Navarro Iniesta, almeriense de Zurgena y de 34 años, era coadjutor de Carabanchel Bajo (Madrid) y pronunció el responso sobre el cadáver de José Calvo Sotelo en el Cementerio de la Almudena.
Francisco de Haro Martínez, murciano de Mazarrón y de 49 años, era sochantre de la Catedral de Almería. La biografía diocesana recuerda que tuvo el valor de enfrentarse a los revolucionarios:

Íntimo amigo del siervo de Dios don Francisco Roda Rodríguez, el amigo de éste recuerda que: « era una persona íntegra y en defensa de la Religión, en varias ocasiones se enfrentó en el Paseo del Príncipe con los integrantes de la horda roja, manifestando que cuanto más persiguieran la sotana, más se honraría en llevarla. »

En julio de 1936, en el ardor de la Persecución Religiosa, fue detenido ante su madre en su propia casa. Don Manuel Román recuerda que: «Fue especialmente molestado en su cautiverio, en la prisión, hasta el martirio, que aceptó heroicamente. Su vida siempre fue de gran dignidad y ejemplaridad sacerdotal. Sencillo, con la austeridad como norma. Su cadáver apareció en el pozo de la Lagarta, presentaba huellas de serias torturas. »
El padre Antonio LorcaAntonio Lorca Muñoz, de Zurgena al igual que Agustín Navarro, pero 16 años mayor, era coadjutor de Albox desde 1920. Estaba casi ciego y era muy popular; los revolucionarios parecen haber intentado evitar asesinarle, y la reacción en su pueblo fue emotiva, según la biografía diocesana:

Don Diego Granados, un antiguo feligrés, decía que: « Era un hombre muy cariñoso, afable, caritativo, comunicativo. Los jóvenes anhelaban confesarse con él. Él se sentaba todos los días en el confesionario antes de la Misa. Daba catequesis, hacía apostolado y atraía la gente hacia Dios. »

Con gran llanto se trasladó a Zurgena, cuando arreció la Persecución Religiosa. El uno de septiembre de 1936, por estar muy enfermo, no fue detenido junto a los otros cuatro presbíteros de su pueblo. Regresaron por él más tarde y, a sus cincuenta años, murió mártir antes de llegar a los pozos.

Su sobrina narra que: « Cuando la gente se enteró de que lo habían matado vinieron a casa algunas familias humildes para devolver el dinero que mi tío les había prestado; mi abuela no consintió aceptar, les digo las gracias y les dijo que mi tío tampoco lo hubiera aceptado. »
El padre Pedro MecaPedro Meca Moreno, el tercer zurgenero, de 53 años, era párroco de Sierro, pero por una afección cardíaca vivía en su pueblo. La biografía diocesana presenta un testimonio de su intercesión:

Presbítero pacífico y amado por sus paisanos, en su casa acogió a sus hermanas solteras y a sus sobrinos. Consciente de los ataques laicistas, tras oficiar el funeral de un niño dijo: « Consolaros y ved que el Señor se lo lleva para quitarle de tanta desgracia como se avecina, pues vienen tiempos muy malos. »

Al ver como se quemaban las imágenes religiosas por la Persecución Religiosa dijo: « Detrás de ellos vamos nosotros. » Al Siervo de Dios don Andrés Iniesta le comentó: « Qué dicha más grande ser mártires de Cristo; eso son cinco minutos, no más, y la Gloria para siempre. » La mañana del uno de septiembre de 1936, fue detenido salvajemente en su hogar ante sus horrorizados sobrinos. Alcanzó la palma del martirio con cincuenta y tres años de edad, durante el trayecto hacia el pozo de la Lagarta donde arrojaron su cuerpo.

Su sobrina doña Eulalia cuenta que: «Al terminar la guerra enfermé de tuberculosis y estuve muy mal, en ambos pulmones. El médico, cuando al poco tiempo vio que mejoraba, asombrado me dijo: “Tú tienes que tener un Santo en el Cielo que está rogando por ti”. »
El padre Andrés IniestaAndrés Iniesta Egea, zurgenero de 59 años, era párroco de Fuencaliente (pedanía de Serón, Almería). La biografía diocesana menciona su desprendimiento en pro de los pobres y su valentía frente a los revolucionarios, que trataron de respetarlo:

Presbítero muy piadoso y enamorado de la Madre de Dios, nunca acopió bienes materiales: « Lo que tengo es para los pobres. » Cuando solían advertirle que se mostrara más prudente ante los laicistas, solía responder: « Es usted un cobarde; no tendría yo tal dicha de morir mártir. »

Como recuerda doña Dolores Membrive, al estallar la Persecución Religiosa, el siervo de Dios: « No consistió quitarse la sotana ni renunció a salir a la calle, continuó realizando sus visitas a los enfermos y ancianos y celebrando la Misa cada día. Los mismos revolucionarios del pueblo lo respetaban y le decían que no temiera nada de ellos, que era buena persona y que no le harían daño. »

Asustados, sus familiares se lo llevaron el veintisiete de julio de 1936 a Zurgena. Antes de llegar, se detuvo para confesarse en Alcóntar y dijo: « Una vida tengo y ésta la quiero para Dios. Si en esta persecución Dios me llama a su seno, bendito sea. »
El padre Juan J. EgeaJuan José Egea Rodríguez, también de 59 años y de Zurgena, donde fue coadjutor durante un cuarto de siglo. Una sobrina suya prestó testimonio sobre su generosidad y entrega sacerdotal:

Su sobrina Juana decía que: «De mi tío guardo un recuerdo muy bueno, pues con nosotros se portó como un padre; yo me crié junto con mis hermanos con él. Mis padres murieron dejándonos muy jóvenes, sobre todo a mí. Cuando iban los pobres a pedirle aceite, harina, patatas… de lo que tuviera, se iban siempre con el capazo lleno. Era muy cariñoso con todos. Los domingos decía Misa en Palacés; iba en una borrica pequeñita que tenía, y aunque cayeran chuzos de punta no dejaba de ir. »

Quisieron prohibirle ejercer su ministerio con la Persecución Religiosa, pero contestó: «Sí alguien viene a bautizar a su hijo, o vienen a casarse porque quieren, mi obligación es atenderles, porque soy sacerdote. » Fue detenido en las primeras horas del uno de septiembre de 1936, a sus cincuenta y nueve años, y preso en La Alfoquía.

Liberado a las pocas horas, su sobrina recordaba que: «Al llegar a casa nos dijo: “De esta nos hemos librado, veremos que sucede la próxima vez”. Por la tarde, a las cinco más o menos, fueron a buscarlo nuevamente a casa y ya no volvió. Lo llevaron, junto con otros cuatro sacerdotes, a los pozos de Tabernas. Según contaron a mi cuñado unos vecinos de Tabernas, todos murieron gritando: ¡Viva Cristo Rey!” »
El padre Francisco ManzanoFrancisco Manzano Cruz , de 55 años y natural de Adra, donde era coadjutor, fue asesinado en la Rambla de Albuñol (La Rábita, Granada). Apodado padre Manzanico, rechazó el dinero que le daban para huir e incluso quitarse la sotana. La crueldad de los revolucionarios volvió mudo a uno de los que presenciaron su detención:

Al inicio de la Persecución Religiosa, la sierva de Dios doña Carmen Godoy y su tía le enviaron un giro postal para que pudiera refugiarse en Madrid. Devolvió el dinero y les respondió: « Mi puesto está en Adra y en la iglesia. » También se negó a quitarse la sotana. A las doce de la noche del uno de septiembre de 1936, su vecina doña Ángeles Martínez refería que: « Lo apresaron en su misma casa sin que pusiera resistencia. El marido de su sobrina que estaba allí, de la impresión e impotencia ante la injusticia que estaban cometiendo, perdió el habla y quedó así hasta que murió. »

En unión con el siervo de Dios don José Peris Ramos, los llevaron a la rambla de Albuñol. Ataron sus manos y arrastraron sus cuerpos por el suelo hasta mutilarlos, fusilándolos después.
El padre José PerisJosé Peris Ramos, malagueño de Vélez Málaga, era también coadjutor de Adra (y fue fusilado junto con Francisco Manzano). Antes le habían obligado a enterrar al mártir argentino Gregorio Martos y a otros asesinados, según la biografía diocesana:

Presbítero íntegro de carácter fuerte, don Antonio Martín recordaba que: « No se acobardaba de dar la cara para defender la fe y la Iglesia. En cierta ocasión un grupo de mozalbetes se mofaba de un grupo de señoras que acudían al templo para orí Misa y el siervo de Dios acercándose al grupo, con buenos modales, les llamó la atención y les pidió respeto para esas señoras. »

Desde el inicio de la Persecución Religiosa fue maltratado. Aunque ya contaba con sesenta y siete años, como era un hombre fuerte, lo obligaron a cavar las fosas en la Albufera para sepultar a los fusilados por los milicianos. De este modo, el diecinueve de agosto enterró el cuerpo del siervo de Dios don Gregorio Martos Muñoz.

En la noche del uno de septiembre los milicianos irrumpieron en su casa junto al siervo de Dios don Francisco Manzano Cruz, detenido con anterioridad.

Pensó que estaría seguro en su pueblo, pero al reconocerle lo detuvieron
José Prats Sanjuán, de 62 años y castellonense de Catí, era miembro de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos y había trabajado en los seminarios de Astorga, Zaragoza, Barcelona y Cuenca, y en el Colegio de San José de Tortosa, del que fue alumno y donde se encontraba al estallar la guerra. Huyó a las montañas vecinas con un sobrino suyo. Al fin se decidió a trasladarse a su pueblo, pensando que allí estaría más seguro. Pero en el mismo autobús que lo llevaba lo reconocieron, conduciéndolo a la cárcel en el ayuntamiento. Le preguntaron si era sacerdote y respondió que sí. Lo mataron junto a los tres lasalianos de Tortosa, dándole ocho balazos en la cabeza.

Doce horas de interrogatorio y una noche de torturas hasta desfigurarle el rostro
Buenaventura (Josefina) Sauleda Paulís, de 51 años y barcelonesa de Sant Pol de Mar, ingresó -según la biografía escrita por Catalina Febrero Grimalt- en 1905, con 19 años, en el Monasterio de Dominicas Contemplativas del Monte Sión, de Barcelona. En 1909 emitió sus votos solemnes. Elegida priora en 1929 y reelegida en 1932, fue maestra de novicias en 1935. A las cinco de la mañana del 19 de julio una «descarga de metralla» sorprendió a la comunidad que terminaba el rezo de maitines y laudes. Abrieron la iglesia para la misa dominical, pero no asistió nadie. Por la noche, los vecinos les animaron a irse, y lo hicieron, llevándose el Santísimo, por un pasadizo de madera en las azoteas. El lunes 20 volvieron al monasterio y el capellán les celebró misa, pero luego les ordenó irse. El día 21 a mediodía el monasterio fue asaltado, destruido e incendiado. La priora y otras monjas lo vieron desde un apartamento cercano, en Rambla de Catalunya 119, primer piso. El capellán esquivó un primer registro, haciéndose pasar por propietario. La madre Josefina quedó a cargo de la comunidad, pues convencieron a la priora, anciana, para que se fuera a su pueblo.

El lunes 31 de agosto, acompañada de sor Carmen Carretero, Josefina salió de un nuevo refugio que había conseguido, para recoger algunas pertenencias en el anterior. Las dos religiosas pasaron por delante de su monasterio y no pudieron contener una mirada de lástima y una lágrima sutil. Alguien sospechó que eran monjas y se lo comunicó al comité instalado en el monasterio. Mientras recogían sus pertenencias, entraron ocho milicianos armados al edificio a hacer una requisa. La madre Josefina ni se dio cuenta, y ya se iba, cuando llamó para despedirse de su benefactora, la señora Ballester, momento en que los milicianos dijeron: «Que entre, es a ella a la que buscamos». Eran las ocho de la mañana. Empezó un interrogatorio ininterrumpido de doce horas. Buscaban un supuesto tesoro, al capellán del monasterio y al resto de monjas. No consiguieron sonsacarle nada. Los milicianos decían: «Qué terca; pero ya la pagará». Hacia las ocho de la noche, desesperados, la obligaron a que los siguiera. Bajaron las escaleras. Al llegar a la puerta y ver el coche, les dijo: «Si habéis de matarme, ¿por qué no lo hacéis aquí mismo?». Los milicianos la obligaron a subir al coche. Cerraron las puertas y emprendieron la marcha. Nada más se supo. Al día siguiente, su cadáver apareció en el Hipódromo con un cartel que decía: «Esta es la priora de las Dominicas de Monte Sión y su apellido es Sauleda». En el Clínico el portero y sacristán del monasterio, que días más tarde sería asesinado, reconoció el cadáver. Su tío Antonio declaró: «Lo más desfigurado de ella era el rostro, las facciones de la cara estaban completamente masacradas; era un montón de carne». En la posguerra, uno de sus asesinos confesó que no podía sacarse de la memoria aquella noche en la cual lenta y cruelmente la madre Josefina fue torturada, mientras rezaba por España y por sus verdugos. El que había dirigido las torturas se arrepintió de sus crímenes y pidió sinceramente perdón a Dios y a los hombres antes de morir ejecutado.
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