La defensa de los conceptos está fuera de lugar

En la carta del Santo Padre a los católicos irlandeses a propósito de los casos de pederastia, una de las cosas que ha señalado e…

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En la carta del Santo Padre a los católicos irlandeses a propósito de los casos de pederastia, una de las cosas que ha señalado es que la defensa de la Iglesia estaba FUERA DE LUGAR, cuando por defender la imagen de la institución se tapaba el caso y, tapando el caso, se ocultaba la tragedia de la víctima y la barbarie del agresor. Ahora dice el Papa que se haga PÚBLICA penitencia. Como cuando siendo sacerdote decía que se podía optar por un mal menor a condición de hacer PÚBLICA manifestación del bien que se quiere. Lo de sacrificar a las personas en beneficio de las abstracciónes institucionales está, de siempre, a la orden del día en el plano religioso, político, empresarial, social… De actualidad está el hecho de que para no manchar la imagen de un partido político se usan paños calientes para no escarnecer a uno de los mayores corruptos que ha dado nuestra democracia. Y mira por donde ese partido es el que también encarna eso que usted llama bien LIBERALISMO RELATIVISTA. Curiosamente constituye también el lugar donde ponemos nuestras absurdas esperanzas de rescate de un partido socialista también impregnado de ese mismo liberalismo relativista. Pero a lo que iba: todo lo que no sea salir en defensa de cada persona concreta que sufre por culpa de haber elegido defender lo que parece más grande, la institución que hace de contexto, es anticristiano. Cristo vino a dar su sangre por cada uno. Toda la sangre por cada uno. Se preocupó de cada parsona no de grupos ni de instituciones. Y fundó la Iglesia como medio útil para ese trabajo de ocuparse de cada uno. La vida humana, cada vida humana, tiene un valor infinito, incomparable con ninguna institución. A Cristo le importa el ser humano concreto, no la idea de ser humano en abstracto. Por eso está fuera de lugar sacrificar seres humanos por el bien común. Eso hacían también los mayas y tantos otros. Esa actitud muestra estulticia y cobardía. Que los sacerdotes sean el grupo social que menores tasas de faltas y delitos sexuales y otros delitos graves, la verdad, no consuela. Si cuando hablamos del SIDA comparamos el uso del preservativo con la ruleta rusa, aquí pasa lo mismo. Yo no puedo confiar a mis hijos a los sacerdotes, ni confiarme yo mismo en ellos, si veo tibieza y tolerancia con los que actúan de la manera más miserable. No estoy dispuesto a jugar a la ruleta rusa con ellos ni aunque el tambor sea del calibre 22, que tiene más cámaras que el del calibre 38 y así, rebaja el porcentaje de riesgo. Esto quiere decir que el Papa ha pedido coraje para vestirse de saco y nosotros le respondemos con mensajes de ánimo que también están fuera de lugar ¡Ánimo, Santo Padre; ánimo, sacerdotes; estamos con vosotros! ¡Mentira!: menos mensajes de ánimo y más penitencia pública. Y como mi nombre va ahí, aquí va un testimonio personal: yo fuí, con diez años intentado de abuso por un religioso salesiano. Estabamos dos niños, pasando un fin de semana con ese religioso en una casa de campo. A la hora de la siesta, entre juegos, ese religioso, bastante mayor de edad, nos probó. Yo, más fuerte físicamente, con disimulo salí de la habitación, pero mi compañero, más débil de fuerza física se quedó con él un buen rato. Aquel hombre, que traicionó a nuestros padres, a nosotros, a su orden, a la Iglesia, a sus superiores, a la humanidad, a Cristo… ya murió, y de mi compañero, del que recuerdo el nombre no he sabido más. Y nunca he hablado de esto con nadie. Si se publica lo habré hablado con todos. Aquello lo tapé yo, que tenía 10 años. Ni mis hijos ni yo nos salimos del mundo, de un mundo que sabemos que tiene peligro. Lo que exigimos es tolerancia cero y no cobardía infinita. La sanción de estos actos debe ser tan enérgica como brutales fueron aquellos. Porque lo que no puede ser es acudir en busca de reparación y justicia a quien puede reparar y corregir y que te encuentres con que ese fulano deviene en protector del buen nombre de la institución y, para ello, proteje al agresor y sacrifica, por segunda vez, a la víctima. Y ojito con animarse el primero a tirar piedras.

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