La derrota socialista y los problemas de CiU

Es una paradoja de la democracia que el líder del partido que ha sufrido una estrepitosa derrota, perdiendo cerca del 25% de los votos, acabe siendo e…

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Es una paradoja de la democracia que el líder del partido que ha sufrido una estrepitosa derrota, perdiendo cerca del 25% de los votos, acabe siendo el Presidente de la Generalitat.
 
Es legítimo, pero sin duda daña la credibilidad de la democracia y cuestiona otro de los aspectos de nuestro sistema electoral como es que el presidente de las comunidades autónomas deba ser elegido por el Parlamento.
 
Es numéricamente legítimo que una alianza de partidos mayoritariamente perdedores, si tienen conjuntamente mayoría en la Cámara, elijan al presidente autonómico. Pero también hay que decir que esta mayoría se ha obtenido en base a unas dosis no menores de manipulación.
 
La razón es muy concreta: Ninguno de los dos partidos mayores de la coalición, socialistas y republicanos, se presentaron a las elecciones con la propuesta de reeditar el tripartito. Solo IC hizo de esta propuesta el eje de su campaña y consiguió 12 diputados de un total de 135. Este es en términos honestos el voto del tripartito.
Todo lo dicho no excluye, situándonos bajo el principio de realidad, la difícil situación de CiU. Ha ganado claramente en todas las circunscripciones pero sólo ha visto crecer por dos sus diputados, y ha perdido 90.000 votos en relación a los anteriores comicios.
 
CiU tiene dos problemas de fondo: Primer problema, los partidos del tripartito han descubierto de la mano socialista, el huevo de colón que se aplicará sistemáticamente en todas las comunidades autónomas. Consiste en formar alianzas con quien sea para superar en votos al adversario (la siguiente operación va a ser en Navarra donde el PSN se va a aliar incluso con el señor de Cuenca que pasaba por ahí, para desbancar a UPN).
 
Hundimiento electoral incluido, el tripartito siempre superará con claridad el millón cien mil votos, en Cataluña y, en buenas condiciones puede llegar al millón y medio.
 
CiU, ya está visto, con penas y fatigas puede situarse cerca del millón y, con un derroche de acierto y suerte, en 1,1 millones de votos. Conclusión: está condenada bajo la actual estrategia a no gobernar.
 
Pero CiU todavía tiene una segunda dificultad. Su modelo se ha ido agotando, tanto que por declive generacional, los electores mayores que mueren no son suplidos en número suficiente por los nuevos que consiguen. Irá perdiendo fuerza.
 
CiU necesita con urgencia replantear cual es su papel real en la sociedad catalana, porque sus argumentos históricos, no es que no sirvan, pero quedan ya muy desdibujados, como también lo está su alianza social, aquello que le permite tener detrás una mayoría de votantes.
El problema de fondo de CiU (en parte –en menor medida- también le sucede al PP) es la debilidad de su cultura política como consecuencia de que al margen del aspecto económico no tiene modelo de sociedad, carece de un sistema de valores de referencia que fijen dicho modelo y, por consiguiente, no sabe cuales son sus raíces y fundamentos. La consecuencia es clara.
 
Hace años que CiU sufre una colonización de cultura política a cargo de la post-izquierda, y en este sentido, CiU va perdiendo nitidez como alternativa.
 
Evidentemente Mas imprimía en razón de carácter y preparación un perfil muy diferenciado de Montilla, y sus propuestas contenían elementos de interés desde el punto de vista de la libertad de elección de los padres y de los ciudadanos en relación al sistema educativo y la sanidad, pero esto no tenía un entronque consistente con una cosmovisión social explícita.
 
No se puede promover el derecho de los padres y las madres y, al mismo tiempo, asumir la perspectiva de género. Es incoherente, la cultura política no garantiza, obviamente, la victoria en cada contienda electoral, pero es la condición que la hace posible.

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