La desafección de los jóvenes

En uno de los últimos informes de la Fundación Santa María se constata que el 81 % de los jóvenes no pertenece a ninguna o…

En uno de los últimos informes de la Fundación Santa María se constata que el 81 % de los jóvenes no pertenece a ninguna organización ni de carácter político, ni social, ni religiosa. Este dato pone de manifiesto una profunda desconfianza hacia el conjunto de las organizaciones e instituciones sociales, y se traduce en una escasa valoración de las normas emanadas de esas instituciones y en una ausencia de vínculos o ataduras, de sentimientos de filiación social.

Salvo una reducida minoría que, generalmente, se implican en más de una organización, la gran mayoría pasa de largo. El mismo porcentaje se da también entre las personas adultas. Esta desafección es consecuencia de un individualismo militante y de una pérdida del sentido de pertenencia. En el individualismo el yo es sacralizado y convertido en un fin en sí mismo, por lo cual la vinculación sólo tiene sentido si a través de ella, el yo crece de proporciones.
Frente a tal panorama, uno cae en la cuenta que uno de los retos más urgentes de la educación es suscitar el sentido de pertenencia, de comunidad, transmitir la experiencia de la vinculación; lo que exige combatir las distintas formas de individualismo para llegar a mostrar que sólo podemos sobrevivir si nos ayudamos mutuamente. Resulta esencial proyectar una filosofía del don, en la que quede manifiesto que la libertad consiste en dar lo que uno es a los otros.
El sentimiento de desafección va unido de un fuerte debilitamiento de las tradiciones comunes que, en otro tiempo, ofrecían la posibilidad de identificarse con unos valores compartidos por una comunidad. Al desaparecer esa tradición común, como referencia también común de los valores, resulta muy difícil encontrar una nueva base sobre la que construir la convivencia en la sociedad.
Como consecuencia de ello, la vida individual discurre en tierra de nadie, en el desamparo, en la desprotección. La ciudad se concibe como una suma de partículas buscándose la vida. La provisionalidad se ha convertido en categoría estable con la que hemos de contar en el presente y en el futuro.
Para nuestros jóvenes y no tan jóvenes son pocas las certidumbres y los asideros firmes sobre los que puedan apoyarse. No hemos encontrado todavía el modo adecuado de transmitir a las jóvenes generaciones los valores que han conformado y orientado nuestra vida personal, las claves de interpretación de nuestra existencia.
En las sociedades tradicionales, las transmisiones efectuadas por las estructuras de acogida, familia, escuela e iglesia, resultaban más eficientes y sobre todo menos problemáticaspor la predeterminación consolidada de la posición del hombre en el cosmos, por utilizar la expresión de Max Scheler, y también por el carácter más estático que tenía el conjunto de las instituciones de entonces.
En nuestro tiempo, sin embargo, la contingencia se ha convertido en una categoría fundamental para dar razón de la nueva situación del ciudadano. Esta situación de primacía de la contingencia produce desasosiego, si es que no angustia y desconcierto.

En este contexto, la familia desempeña, todavía, en medio de la contingencia y de la incertidumbre, un papel insustituible: ser una estructura de acogida, el lugar privilegiado para la experiencia moral.

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