La desafección política

Recientemente se habla mucho de la desafección política. Y se encargan estudios sesudos por parte de aquellos que instalados en el poder…

Recientemente se habla mucho de la desafección política. Y se encargan estudios sesudos por parte de aquellos que instalados en el poder han convertido la política en una lucha por la destrucción del adversario, y un apoltronamiento siempre que los actuales amigos sumen los suficientes escaños, aunque las ideas que se sostienen sean bien diferentes. Me refiero al tripartito que gobierna en Cataluña, cuya última manifestación de incoherencia es la posición ante la futura ley de educación que promueve el conseller Ernest Maragall.

No acabo de comprender para qué se quiere estudiar la distancia entre los políticos y la sociedad cuando se parte de la premisa de que no hace falta ganar las elecciones para ocupar cargos de dirección ni para mantenerse en el poder. Quizás debería estudiarse cómo ha sido posible llegar hasta aquí, por medio de la práctica de la desfachatez aplicada a la política.
A mi juicio, es preciso revitalizar la política desde dos premisas básicas. La primera: ha de responder a principios éticos y no ser sólo un juego de estrategias. La segunda: se debe volver de alguna manera a la comunidad. La política debería ser un ámbito de la vida donde se escenificara el bien y las relaciones atentas entre personas y grupos, a partir de una idea previa de país. Sin embargo, hoy el márqueting ha substituido a la ética, o aun peor, domina el uso de grandes palabras vacías de contenido y de ejemplaridad (el progreso, el cambio, la sostenibilidad, etc.).

También haría falta superar la crisis de las ideologías, para poder pedir a las diferentes opciones qué ideas de fondo sostienen, y especialmente qué valores explicitan sobre la persona y sus referencias comunitarias. Todo para poder llevar a cabo realmente un debate racional.

Si la política volviese a tener en cuenta a la comunidad, la sociedad, el país, se podría llegar a acuerdos sobre el bien común, que recordemos no es la suma de los intereses particulares sino los generales o comunitarios, generándose un necesario consenso básico para poder convivir en libertad. Hoy el individualismo y el materialismo reinantes se han apropiado de la política, propiciando un discurso deshumanizador, sin ideales, sólo para gestionar recursos económicos o imponer concepciones sin el necesario debate social. Se hace preciso recuperar conceptos como las virtudes humanas, el bien y el mal en contra del relativismo ético, o el establecimiento de límites a la tolerancia.
En este contexto, el sistema de listas cerradas y bloqueadas no ayuda para nada a acercar la política a la comunidad. Por eso como se defiende desde la plataforma cívica “Acción por la Democracia” hay que abrir de alguna manera las listas electorales, para que los electores podamos elegir de verdad a nuestros representantes. Tenemos encima la espada de Damocles del aumento constante del voto en blanco y de la abstención, igual de alarmantes que las negociaciones en los despachos con nocturnidad y alevosía.
En todo caso, de la experiencia reciente podemos observar que la capacidad para realizarpactos postelectorales es ilimitada, hasta el punto de desconcertar a una parte muy importante de la población, y que hay partidos que aumentan su poder institucional hasta límites casi intolerables porque dominan todas o casi todas las instituciones. ¿Dónde está la división de poderes en Cataluña, por ejemplo?
La democracia es frágil y necesita personas efectivamente demócratas que la vivan como algo propio. Sólo así, a mi juicio, la democracia podrá funcionar más allá de un sistema de legitimación formal de los políticos de turno, aumentándose el respeto debido a la comunidad de la que surge y de la todos formamos parte, lo queramos o no.
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