La desconsideración o el gran pecado de la posmodernidad

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Es muy posible que el título de este artículo sorprenda por su aparente inocencia. ¿Cómo va a ser la desconsideración el gran pecado de la posmodernidad, habiendo como hay tragedias tan espantosas provocadas por el hombre? ¿Acaso la violencia, las guerras, la pobreza extrema, el hambre por injusticia, el tráfico de órganos, la trata de blancas, la prostitución infantil, el aborto, el negocio de las drogas y otras muchas salvajadas no son los verdaderos grandes pecados de la humanidad posmoderna? Pues sí, lo son, pero todos son hijos de otros pecados, mejor aún, de otro pecado: la desconsideración. Si quiero seguir por este camino argumental, tendré que abordar ya la tarea de definir qué entiendo por “desconsideración”.

Dicho término sería un sinónimo de egoísmo si no fuese de tan baja ralea. La desconsideración es el egoísmo barato, descamisado, pobre de solemnidad, un egoísmo ramplón y rastrero que poco y malo dice del ego de quién lo ejerce. El hombre posmoderno, a base de tanto centrar la existencia y el mundo sobre sí mismo, hace tiempo se ha salido del antropocentrismo filosófico iniciado en el Renacimiento, entronizado por el Iluminismo francés y vulgarizado a lo largo de toda la modernidad. Tanto mirarse el ombligo le ha creado una deformidad, una cifosis moral cada vez más acusada que le ha acostumbrado a una suerte de antropocentrismo práctico desde el cual el otro, el prójimo, llega a pasar totalmente desapercibido.

Es el pecado de Caín, pero no el de haber matado a su hermano Abel, sino aquel terrible desdén que se expresa en labios del asesino cuando contesta a Dios con la más espantosa frase jamás pronunciada por un ser humano: “¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?”. Es decir: ¿A mí que me importa dónde está, cómo está o qué le pasa a mi prójimo? No es problema mío el sufrimiento del otro. Mi problema es mi propia vidilla, mi propio bienestar, no me fastidies con preocupaciones por el otro, que ese es su problema, no el mío. Es la destrucción de la empatía, del alegrarse o padecer con el otro, el desmantelamiento de las líneas de fuerza que sostienen el tejido social, el remate de lo poco que quedaba de amor en este mundo que mató al Amor.

Como decía, es una forma de egoísmo rastrero, devenido en deprimentes conductas de desapego y desentendimiento del bienestar ajeno. Se advierte tanto en aquel que es capaz de secuestrar a un niño y sacarle los órganos en vivo para venderlos al mejor postor, como en aquel que escoge materiales baratos para construir un puente con menor coste del presupuestado, como en aquel que rompe una botella de cerveza y deja los vidrios esparcidos por la arena de la playa donde juegan los niños. Es un pecado común al asesino consciente y al que lo es por negligencia, porque le importan un pito sus semejantes. Se visibiliza en grandes tragedias y en pequeños hechos cotidianos, como el de ese conductor que aparca ocupando dos o tres plazas a la vez.

Citaré algunos otros ejemplos de este egoísmo de poca monta que he llamado desconsideración. Es el pecado del que adultera los alimentos que fabrica o vende con sustancias de dudosa calidad sanitaria, el de aquel que corre a cerrar la puerta del ascensor y sube él solo sin esperar a otros vecinos que se acercan, el de aquel que pasea con su perro suelto dejando que se encarame y lama a los viandantes y encima los insulta si alguno protesta, el de aquel que arroja la basura de un picnic en medio del campo, el monte o la playa, riéndose de los que la arrojan al contenedor, el de aquel que se cuela tranquilamente en una cola en la que todos llevan horas esperando, el de aquel que, cuando usa un váter público, lo deja inutilizable para los demás…

A veces, estas conductas parecen ser sólo una falta de educación, de urbanidad. De eso nada. Es una total ausencia de pensar en el otro, en su malestar o bienestar. Es vivir como una apisonadora, ocupada la mente sólo en despejar el propio camino de obstáculos, sean personas, animales o cosas. Es una versión chatarrera del vivir para uno mismo, pasando olímpicamente de todo lo que no sea yo, yo y yo. Es el fracaso final del amor, de la solidaridad, de la fraternidad. Es el último escalón hacia el oscuro pozo de la soledad ontológica: el otro no cuenta, el otro no vale, el otro no existe, “que le den” al otro… Sólo existo yo y nada más que yo. Es el triunfo del solipsismo, todos somos mónadas aisladas e incomunicadas. Es el infierno en la Tierra.

La desconsideración generalizada está en el origen de la crisis económica y global que padecemos, así como en el de todas las catástrofes humanitarias que amenazan con asolar a la Humanidad. La salida a este callejón pasa por un cambio total de dirección, por una metanoia radical, por una conversión global, que permita al hombre darse la vuelta desde sí mismo hacia del otro, volver a alzar la mirada hacia el otro, salir de sí mismo y caminar hacia el otro, volver a considerarse “guardián del otro”, custodio del otro, próximo al otro, hermano del otro. La materia educativa más importante en este siglo recién estrenado es, sin ninguna duda, la “consideración” hacia los demás. Es la única base que puede llevarnos algún día a la solidaridad y al amor.

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