La economía es mucho más que el mercado

Tratar hoy de economía es referirse al mercado, referido sobre todo en el marco de la escuela neoclásica, la predominante, con toda su d…

Tratar hoy de economía es referirse al mercado, referido sobre todo en el marco de la escuela neoclásica, la predominante, con toda su diversidad de variaciones. El mercado como una red de relaciones de intercambio, en la que los individuos -concepto a subrayar- compran diversas cosas a muchas empresas y venden sus servicios laborales a una de ellas, mientras que las empresas compran y venden a muchos individuos y a otras empresas. A remarcar dos aspectos de la teoría que se traducen en malas políticas para las personas y sus comunidades. Solo existe el individuo en este marco, pero no la familia, que carece de toda función en el crecimiento económico, y tampoco dispone de una buena explicación en el marco neoclásico de porque económicamente existen empresas.

Pero esta idea del mercado como el “todo” económico sabemos que no es así. Para empezar, las actividades internas de la familia -el trabajo doméstico-, que según la OIT se encuentra “infravalorado, mal remunerado, desprotegido y mal reglamentado”, posee en todas las estimaciones un valor muy elevado en relación al PIB de cada país. En otro orden de cosas y como señala Ha–Joon Chang en ‘Cómo usar la Economía’ (El País, Suplemento económico, 6 julio 2014), en el marco de las empresas muchas actividades económicas se realizan mediante directivas internas, y el gobierno influye sobre amplios sectores económicos al margen del mercado. Todo el cooperativismo en sus relaciones internas -una persona un voto- funciona al margen del mercado; un euro un voto. Algo parecido sucede en el ámbito internacional, donde la OMC, por situar una sola referencia, establece límites a los mercados. Para resumirlo en una sola idea: el peso del mercado es en realidad minoritario. Puede ser tan poco como señala Herbert Simon, fundador de la escuela conductista, que establece que representa el 20% de las actividades económicas de Estados Unidos, u opinar que tal cifra subvalora la realidad, pero en cualquier caso el mercado no es que no sea “toda” la economía, es que solo abarca a una fracción importante pero minoritaria de la misma. Las tareas domésticas, el peso de las actividades reguladas, las cooperativas y empresariales en su función interna, el área pequeña pero creciente de economía solidaria, las actividades “no profit”.

De ahí que interpretar la economía y la política económica solo desde la perspectiva del mercado es un reduccionismo que conduce a errores. Uno de ellos, y grave, es el de la subvaloración de la familia y su papel en la constitución de un nuevo modelo económico, pero hay muchos más efectos, y son importantes. Así, la fijación en el mercado ha terminado por concebir a los individuos solo como consumidores, siendo este el principal factor de valoración, ¡incluso para los sindicatos!, quedando muy en un segundo plano la participación en la empresa y la calidad del trabajo, no solo en términos de retribución y seguridad, sino estrés, opresión, y alienación. También ha roto todo equilibrio entre la vida laboral y familiar a favor de la primera, algo que solo es posible concebirlo como normal si la única perspectiva de visión es el mercado. El resultado no es bueno. La frustración es generalizada, a pesar que el consumo es el más elevado de nuestra historia, y la larga crisis lo ha mellado poco en conjunto (otra cosa distinta es su distribución por grupos sociales). El corolario de todo ello es bien conocido pero poco practicado. No se puede construir una buena sociedad solo a partir del mercado.

Decidir que pertenece a su ámbito es una decisión exclusivamente política, algo que no debe sonar extraño porque la economía es en sí misma una cuestión política. Cuando se sitúa algo oficialmente en el marco del mercado, se le otorga un reconocimiento oficial; por ejemplo, pasa a formar parte del PIB. Es lo que ha hecho la UE con la prostitución y el tráfico de drogas. Naturalmente, en ambos casos existía un mercado previo, solo que ilegal. Una consecuencia de situar más elementos en el mercado es que cambia la correlación de fuerzas porque pasa a predominar la lógica de “un euro, un voto”, es decir aquello que se mercadea queda sujeto solo y sin otra, o poca, consideración al poder del dinero. Y a la inversa, cuando se saca del mercado un bien o un servicio, entonces el dinero sigue existiendo pero como un factor más y en muchos casos endógeno a la naturaleza de la cosa. Es lo que sucede con el trabajo infantil; se persigue excluirlo, no tanto en si mismo -siempre el menor ha ayudado a la familia en la granja o en tareas familiares-, sino que de donde se saca es exactamente del mercado. Y esa idea sobre el trabajo infantil, que en realidad se refiere al “trabajo de mercado”, debe estar en el trasfondo de toda consideración económica. Más mercado no significa axiomáticamente mejor; en muchos casos representa lo contrario. Su función es clara: es el mecanismo más sencillo para asignar recursos y establecer un coste. Negar tal cosa en una sociedad compleja, substituirlo totalmente, o casi, por, pongamos por caso, un instrumento de planificación central, fue una de las causas de la implosión de la URSS. Y es que la afirmación que “solo mercado” es lo mejor, al igual que la consignación que la economía es una cuestión política, no debe hacernos caer en lo irracional. No todo vale, depende de la situación concreta, y hay teorías, aplicaciones, reglas mejores que otras, algunas -pocas- deben además respetarse absolutamente, pero en ningún caso se puede conceder al mercado y a la economía un valor objetivo absoluto, porque en ultimo termino existe la pregunta clave: ¿A quién queremos beneficiar?

Está claro, por tanto, de que no se trata de negar la importancia de mercado como instrumento básico para regular la producción, ni de enmascarar las señales que emite. Venezuela es un buen ejemplo del caos que puede generar tal práctica arbitraria, pero sí se trata de situarlo en su ámbito instrumental delimitado, sin perder nunca de vista que el único fin es el bienestar razonable de las personas, sus familias y comunidades, y en este caso dos ejemplos distantes lo ilustran a la perfección. Uno, el que ha construido a la actual Austria y Alemania, la economía social de mercado; otro, el manejo que hace del mismo China.

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