La Edad Media: el letargo europeo

La Edad Media suele considerarse una mancha oscura en la cronología de la historia europea. Se representa como un momento de regresión y…

La Edad Media suele considerarse una mancha oscura en la cronología de la historia europea. Se representa como un momento de regresión y empobrecimiento tanto social como cultural, acotado por dos épocas tan supuestamente flamantes como el período clásico y el Renacimiento. Contemplamos el periodo medieval como si se tratase de una cultura primitiva que quería olvidar el esplendor de sus antepasados.

Este desprecio hacia todo cuanto fue hecho, pensado, construido o escrito durante esta larga era tiene su origen en el Renacimiento. Los humanistas bautizaron con los nombres peyorativos de “medium aevum” “media actas” o incluso “media tempestas” el gran período que abarca nada más y nada menos que diez siglos de tradición europea. De esta manera se creaba una unidad histórica sólida, a la que era fácil menospreciar por medio de la generalización, calificándola con los más despectivos adjetivos, y con ella toda su producción artística, cultural y filosófica.

La apatía hacia el Medievo provocó el abandono de su estudio hasta bien entrado el siglo XIX. Este olvido voluntario comportó multitud de acusaciones falsas e infundadas, pero a su vez, prácticamente imposibles de refutar dada la ignorancia cultural a la que estaba sumido este periodo. Por desgracia, la concepción que tenemos todavía hoy sobre esta larga época sigue basándose en tópicos y generalizaciones que camuflan un sordo desconocimiento de la materia que se critica.

Tomemos, por ejemplo, el arte arquitectónico para ilustrar la idea que se suele tener sobre la Edad Media. Sirvámonos de la imagen de una ermita románica, la primera que nos venga a la mente servirá. Es pequeña, oscura, seguramente algo tosca y tal vez tenga un cierto matiz de suciedad. Apenas entra luz por sus pequeños ventanales, despojados de ornamento e incluso de cristalería, como saeteras celestiales. La primera explicación de su razón de ser es muy simplista: se nos dice que construían de esa manera ya que no sabían hacerlo mejor, que las suntuosas técnicas de la arquitectura clásica habían caído en el olvido. Sus muros son amplios y pesados, sus techos menguan la altura de sus antecedentes notablemente. Nada brilla ni destaca en este espacio, más que su propia existencia.

Así suele verse hoy en día este periodo.

No olvidemos lo que comentábamos anteriormente, el desprecio hacia el Medievo nace de nuestra ignorancia, no de la nuestra particular, o al menos no únicamente, sino de la ignorancia general de la cultura occidental actual. Nadie calificaría el arte románico como un arte esplendoroso y fresco, y es que percibimos la realidad histórica con los ojos cegados por el velo de la contemporaneidad, lo sumimos en un injusto juicio basado en los criterios estéticos actuales. Pero demos un paso más, ¿es el arte pura estética?, en caso de serlo ¿qué criterio estético debemos aceptar como válido y universal?, puesto que cada persona tendrá el suyo propio. El encanto del arte románico reside en su razón de ser más que en su mera apariencia.

El pueblo de la edad Media, formado por una mayoría de campesinos pobres y analfabetos (se estima que tan solo el 15 % de la población sabía leer, y apenas un 5% era capaz de escribir) había vuelto a ocupar los campos después de la era de la ciudades y villas romanas. La cultura y el saber se encontraban en las bibliotecas de los monasterios, por tanto eran prácticamente inaccesibles para el basto pueblo laico. En este punto entra un elemento primordial a tener en cuenta a la hora de hablar sobre la cultura y el saber medieval, el cristianismo.

La doctrina católica debía ser conocida por sus fieles, que debido a su falta de educación no podían acceder a ella por sus propios medios. De esta manera el arte se puso a disposición de la religión una vez más en la historia, pero esta vez lo hizo en su totalidad. Una cultura teocéntrica como la medieval exige tanto el temor a Dios como una fe absoluta por parte de sus creyentes mediante el conocimiento del Mismo. Así que el arte fue la base de difusión del cristianismo entre las gentes medievales.

Volvamos con nuestra ermita románica, comprendámosla y jamás volveremos a verla como un sótano de la cultura europea. Entramos, está oscura, muy oscura, fijémonos en la pila bautismal que se encuentra a pocos pasos de la entrada. Avanzamos, recorremos la pequeña estancia hoy desnuda, despojada por el tiempo y por nosotros mismos de las coloridísimas pinturas que adornaron sus paredes con enseñanzas para el pueblo que la construyó. Observemos que, a cada paso que damos hacia el ábside, hacia el altar, las tinieblas que nos envolvían al entrar se desvanecen lentamente tras tres aperturas y finalmente llegamos al ábside central al altar, al lugar en el que está Jesucristo. Y sin saberlo nosotros acabamos de recorrer simbólicamente el camino de la vida.

En la edad Media se percibía la vida como una peregrinación, cuyo único fin era llegar a Dios. La luz era una teofanía divina, es decir, una representación del Altísimo a través de la cual se manifestaba. La oscuridad al entrar en la ermita representa nuestro nacimiento, de aquí que la pila bautismal se halle al comienzo de la estancia o incluso en su exterior. A medida que “caminamos” por la vida nos vamos acercando a Dios, a la Luz de la verdad y de la salvación, iluminados por la Santísima Trinidad, representada en las tres ventanas que iluminan nuestro camino, indicándonos su destino.

Si pudiéramos observar las pinturas que una vez engalanaron las que ahora son rudas paredes de piedra fría y desgastada, veríamos que también estas simbolizaban el camino, la vida del hombre en la tierra; veríamos un temible infierno nada más cruzar el umbral de la puerta, caminaríamos por el mundo tangible a lo largo de la estancia hasta llegar al ábside, dónde un solemne Pantocrátor, Cristo en Majestad, estaría listo para juzgarnos, rodeado de arcángeles y querubines. Cristo nos recuerda: “Ego sum lux mundi”, yo soy la luz del mundo, la luz de la verdad que tan bien supieron representar aquellos a quienes hoy despreciamos por su bajo nivel cultural.

El arte románico y prerrománico sufre un terrible rechazo hoy en día. Suele menospreciarse a causa de no ser tan armonioso como en otros períodos, pero el arte no se puede reducir tan solo a su estética, nos puede hablar sobre las personas, puede ser una invitación a conocer mejor a nuestros ancestros y sus costumbres. Qué mejor manera de conocer el pensamiento del pueblo medieval que adentrándonos a nuestra ermita una vez más, ahora sabiendo todo lo que ella puede llegar a representar. Atrevámonos a conocer, aprendamos a admirar a aquellos que retrataron la sociedad en que vivían en forma de pequeñas Iglesias y remotos santuarios. El Medievo solo es oscuro en los ojos de quien se niega a acercarse a la luz de su verdad, de aquel que, voluntariamente, participa de la ceguera del esplendor medieval.

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