La enfermedad de la mera acción y la de la mera oración

Aparte de que por ser Dios quien es a Él hemos de amar sobre todas las cosas, y en primer lugar, también sucede que sólo el amor …

Aparte de que por ser Dios quien es a Él hemos de amar sobre todas las cosas, y en primer lugar, también sucede que sólo el amor a Dios nos capacita para amar de verdad a nuestros hermanos. Y el amor a Dios se traduce en oración y escucha de su Palabra. Así nos dice el Papa: “Si los pulmones de la oración y la Palabra de Dios no alimentan la respiración de nuestra vida espiritual, corremos el peligro de asfixiarnos en medio de los mil afanes de cada día”.

Pongamos un símil: Por inmersos que estemos en la acción, siempre encontraremos tiempo para comer, ya que si no nos alimentáramos no tendríamos fuerzas para proseguir con nuestra actividad. Del mismo modo, si no alimentamos nuestro espíritu, si no oramos, no tendremos fuerzas espirituales para amar al prójimo de modo auténtico, vivo y eficaz. Sólo la cercanía del Señor hace brotar de nosotros un amor verdadero a nuestros hermanos.

El activismo (hacer exclusivamente muchas cosas por más que sean buenas) sin oración sería como un árbol con muchas hojas vistosas, pero sin fruto: mucha apariencia y poca fecundidad.

Prosigue el Santo Padre: “Sin la oración diaria vivida con fidelidad, nuestra actividad se vacía, pierde el alma profunda, se reduce a un simple activismo que, al final, deja insatisfechos”. Pero también es verdad que el amor a Dios para que sea verdadero se ha de traducir en amor al prójimo. Como dice San Juan: Si no amamos al prójimo que vemos, ¿cómo podemos decir que amamos a Dios a quien no vemos?

Así dice Benedicto XVI: “Los santos, por lo tanto, han experimentado una profunda unidad de vida entre oración y acción, entre el amor total a Dios y el amor a los hermanos”.

En ocasiones, tendremos incluso el deber de posponer una oración concreta para amar a Dios –que siempre ha de ser el primero– a través del amor a nuestros hermanos. Así, por ejemplo, si un familiar o un amigo están gravemente enfermos y necesitan de nuestro cuidado, tendremos, hasta en día festivo, que dejar de ir a Misa por cuidarlo.

Esto es tanto como dejar a Dios por Dios: A Dios a quien nos dirigimos directamente a través de la oración, por Dios a quien amamos indirectamente a través del amor al prójimo (Lo que hicisteis a éste más pequeño a Mí me lo hicisteis). Pero, aun en este caso, en que se nos impone algún tipo de acción buena, nuestra actividad debe estar empapada de oración. Nos dice el Papa: “La actividad a favor del prójimo debe estar penetrada interiormente por el espíritu de la contemplación” (unión de acción y contemplación, a propósito de “Marta y María”, en Lc 10, 41-42).

Hasta la acción social, que a veces se hace absorbente, tiene que tener el oxígeno de la presencia de Dios: Nos dice Benedicto XVI: “La caridad y la justicia no son únicamente acciones sociales, sino que son acciones espirituales realizadas a la luz del Espíritu Santo”. (Toma pie en el nombramiento de diáconos por los Apóstoles para atender a las viudas, Hch 6, 1-4).

Para concluir, aludamos a los dos polos que hemos de equilibrar: Si el santo Cura de Ars convirtió a tantos campesinos y personas importantes era porque regaba su acción con larga oración delante del sagrario. Y aprendamos de tantos religiosos ejemplares que, a pesar de ser asiduos en la oración, cuando en la más subida contemplación les ordenaban alguna actividad, sin tardanza abandonaban la oración y se ponían a trabajar u obrar: dejaban a Dios por Dios.

Hazte socio

También te puede gustar