La eutanasia y el asesino en serie

El caso del celador de una residencia de ancianos de la ciudad de Olot va en camino de convertirse en uno de los sucesos más espectaculares de …

Forum Libertas

El caso del celador de una residencia de ancianos de la ciudad de Olot va en camino de convertirse en uno de los sucesos más espectaculares de la delincuencia de los asesinos en serie que se haya producido en España. De momento, Joan Vila ha confesado ante el juez once crímenes, y es posible que aún puedan añadirse alguno más. En todo caso, un resultado de una gravedad extraordinaria, porque además esas muertes se han producido a lo largo de más de un año. Más allá de los argumentos de la defensa sobre la personalidad de su defendido y su posible estado mental, lo que sí queda claro es que los mecanismos de control, tanto de la residencia como de la administración, en el proceso de certificar una defunción han quedado en evidencia de una forma palmaria.

Lo que ha sucedido incide sobre una realidad trágica bien conocida y, a pesar de ello, desatendida. Es la de la indefensión en que se encuentran los ancianos, sobre todo aquellos que no pueden valerse por sí mismos. Indefensión muchas veces ante el maltrato que le ocasiona la propia familia y en otras ocasiones por cómo actúan las residencias que los acogen. No se trata de levantar una sombra de sospecha sobre este tipo de servicio, pero sí de señalar que son demasiado frecuentes los casos conocidos, la punta del iceberg, que revela este estado de cosas.
Contrasta la desatención masiva sobre la situación de los mayores dependientes con el foco y los resucesos que se aplican contra la violencia de género. No se trata de desnudar a un santo para vestir al otro, sino de subrayar la discriminación que un grupo de población muy débil experimenta.

Asimismo, este suceso debe abrir una reflexión profunda y serena encabezada por la siguiente cuestión: si estando absolutamente prohibido por el código penal el dar muerte a una persona, aún contando con la voluntad de la misma, si teóricamente existen todos unos procedimientos que permiten determinar si una muerte ha sido natural, ¿qué sucedería si una legislación favorable a una eutanasia light cubriera de zonas de sombra, facilitara áreas de impunidad a actos que tuvieran como finalidad matar a una persona, porque se considera que sufre demasiado o que ya no tiene ningún papel en este mundo? En una sociedad como la nuestra, donde el valor de la vida humana es juzgado en términos relativos, que está cada vez más acostumbrada a pensar que una persona que presenta deficiencias es mejor que no nazca, tiene el camino expedito a procurar la muerte de aquellos adultos que se encuentran instalados en esta situación, con un hecho añadido: su muerte generalmente reporta ventajas de algún tipo porque antes han sido ya vistos como un estorbo.

Todo esto nos conduce a la nueva ley que prepara el Gobierno. Partamos del principio de que nos creemos lo que dice cuando afirma que no tiene nada que ver con la eutanasia y el suicidio asistido, sino solamente con las practicas de sedación terminal y la posibilidad de negarse a recibir un tratamiento. En este caso, cuesta entender cómo se puede legislar todavía más dado lo que establece la Ley General de Sanidad de 1996 y la de Autonomía del Paciente del 2002, que garantizan ampliamente ambas cuestiones. Sería un error que no podría ser aceptado, y menos después de hechos como los de Olot, que el nuevo marco legal abriera resquicios para introducir prácticas que nada tuvieran que ver con la atención terminal y sí con la eutanasia.
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